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Agua y aceite · Clementine Lips

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Debo, lo primero, daros las gracias. Nunca me habían dado la posibilidad de explicarme. No, nada de reverencias; la Diosa de la Justicia ha de dar las gracias a quién las merece, es mera obligación. Pero a pesar del poder que se me atribuye, vengo a contar una historia donde ni siquiera yo pude restaurar el orden. Se oye hablar tanto de los Dioses del Olimpo que olvidamos que antes de nosotros ya había otros, y que Momo, Dios de la Ironía, siempre estaba listo para ridiculizar hasta a la más regia de las diosas.

Intervenir a favor de Medusa hubiese significado una guerra entre los dioses. No hubiese sido una decisión inteligente –una guerra nunca lo es– y probablemente hubiese perdido mi puesto en el Olimpo. Las implicaciones habrían sido nefastas. Sin embargo, me consuela pensar que lo que movía a Poseidón era la rabia de su derrota en el pasado: haber perdido Atenas era la espina clavada en su garganta. Jamás me la podría arrebatar. El agua salada no podía competir con el aceite de oliva.

Las historias que se cuentan de mí suelen enfatizar mi castidad, pero, ¿quién cree en una diosa que siente todas las emociones humanas menos el deseo? Simplemente, el amor entre mujeres era tan ignorado como lo es ahora. Los hombres llevan mal no ser el centro de nuestras vidas, ¿verdad? Ninguna de nosotras se quejó de nuestra invisibilización porque nos iba mejor; podíamos llevar nuestras aventuras en secreto, sin todos los líos de celos típicos del Olimpo.

Pero las rivalidades entre dioses no conocen límites y mi intimidad se evaporó bajo la atenta mirada de Poseidón. Luego, claro, me echaron a mí la culpa del castigo de Medusa, y plasmaron la versión de mi tío en un libro para que perdurase en la historia. En su momento no le di importancia; la Diosa de la Sabiduría pensó que el respeto que inspiraba su propia presencia sería suficiente para preservar su imagen. Ahí estaba Momo de nuevo.

Medusa era una mujer bellísima, inteligente y resiliente. Visitaba mi templo cada semana; no había muchas otras diosas con las que se pudiese sentir tan identificada… especialmente por su supuesto voto de castidad, ya me entendéis. Un día, decidí aparecerme ante ella como recompensa por su devoción. Mi idea había sido sencillamente hablar con ella, pero al hacerme cuerpo, mi deseo de ayudarla se mezcló con… otros sentimientos. Mantuve el control durante un tiempo, pero no podía evitar perderme en su rostro, en sus ojos azules que parecían una entrada al océano, en los labios carnosos que me invitaban a zambullirme en su cueva. Lograba romper el hechizo apartando la mirada, hasta que un día Medusa entró al Partenón desnuda.

No me hice de rogar, no lo intenté parar. Quizá debería haberlo hecho, puesto que las historias entre dioses y humanas nunca acaban bien. Sin embargo, pensé que siendo consciente del peligro, nada malo pasaría.

Aquella noche fue explosiva. La tensión que había estado bullendo durante meses emergió. Nada ni nadie podría habernos parado. Creo que ni siquiera si hubiésemos sabido lo que ocurriría después, hubiéramos sido capaces de controlarnos; habríamos desestimado las advertencias, las profecías. Eso tampoco suele acabar bien.

Poseidón debería haber sabido que el agua salada no les serviría a los atenienses. Pero su arrogancia le impedía admitir su error… así que debía herirme para demostrar que él seguía estando por encima. Daba igual que tuviese el control del océano y las costas, para él nunca fue suficiente.

Me espiaba, así que no le fue difícil enterarse de que tenía una aventura con una de mis adoradoras. Al ser consciente de que Medusa jamás cedería ante sus halagos, la venganza tomó forma.

Normalmente ella llegaba al templo y me esperaba ahí. Sus plegarias me llamaban, y yo dejaba lo que estuviese haciendo para ir a su encuentro. Aquel día tardé demasiado. De repente sus plegarias se interrumpieron. No le di mayor importancia, creí que se habría distraído con algún otro creyente que visitaba mi templo. Entonces sus rezos volvieron, más urgentes, con un matiz de pánico que me hizo volar a su encuentro. Pero fue demasiado tarde.

Poseidón había optado por una violación y, para cubrirse las espaldas y hacer que nadie nos creyera, convirtió a Medusa en uno de los monstruos más horrendos y odiados de la historia. ¿Por qué iba a querer un dios violar a semejante adefesio? Yo os respondo: por lo de siempre. Por poder. Pero los humanos aún creéis que la violación trata de deseo.

El escándalo caló hondo entre dioses y humanos. La “cruel” Atenea, Diosa de la Justicia, había castigado a la mujer violada y no al violador. Mi supuesto error ha manchado mi nombre y el de la justicia desde entonces. Como si alguna vez hubiese habido pretensión de justicia cuando el criminal es un Dios, como si mi sentencia fuese más aborrecible que el hecho de que Poseidón violase a una mujer en mi templo. Se habla más de mí que de él.

Medusa se retiró a su isla porque no quería que nadie la viese; ni siquiera yo, ni siquiera ella misma. ¿Aquello de que transformaba a los hombres en piedra…? Mentira. ¿Cómo iba Poseidón a darle ese poder a una de sus víctimas, enamorada además de su archienemiga? Pero la gente se queda con la historia que mejor se ajuste a sus prejuicios. La justicia solo se da junto a la sabiduría, pero rara vez se las ve de la mano.

Momo entró en escena una última vez: fue mi escudo el que ayudó a Perseo a blandir su espada en un corte certero que le rebanó el cuello a Medusa. El adorado héroe, haciendo alarde de su cobardía, no tuvo la decencia de mirar jamás a su víctima a los ojos. Lo único que me queda es ver cada noche a Pegaso, fruto del sufrimiento de mi amada, perdido en la inmensidad de Nyx.

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