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Calipso y Penélope · Assela Alamillo

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Dos figuras femeninas que dominan a un varón, al héroe Ulises, la una lo posee en el cuerpo, la otra en su mente y de nada le valen a él ante las dos mujeres sus argucias, su ingenio, su valentía y su resistencia. Ellas prevalecen, poseen, rigen y están por encima, empoderadas ante la personalidad del héroe.

Calipso es una ninfa hija de Helios y de su padre hereda el brillo, el resplandor, la belleza, el misterio y la calidez que la personalizan. Habita rodeada de otras ninfas de menor rango en una isla alejada de Grecia, en el extremo occidental del Mediterráneo, donde ha encontrado su paraíso particular. En ella se suceden las lujosas estancias horadadas bajo la roca que alternan con bellos y feraces jardines. Un bosque sagrado rodea la gruta y por muchos lugares corre la fresca agua de manantiales. Lleva una vida rutinaria y tranquila pues los trabajos propios de la mujer, como tejer e hilar, no le producen ningún aliciente ni tampoco rechazo.

Todo va a cambiar, sin embargo, en su monótono día a día cuando una mañana le avisan de que un náufrago, agarrado al mástil de una nave, ha llegado en muy malas condiciones físicas a la playa, donde ha quedado exhausto y desorientado. Calipso acude presurosa con la emoción contenida ante semejante novedad. Ordena trasladar al varón a su palacio, atenderle y darle los cuidados obligados al que, desde el momento que lo vio, va a considerar su huésped. Recibe un cálido baño y masajean su reseca piel con oloroso y reconfortante bálsamo para, finalmente, vestirlo con apropiado ropaje que realza su físico.

Cuando Ulises, que no es otro el anónimo náufrago, se muestra ante Calipso en su nueva apariencia, esta no puede impedir que un nuevo e intenso sentimiento la embargue. ¿Es amor, es deseo? No importa definirlo, lo tiene al alcance de su mano en las mejores condiciones para hacerlo realidad y nada le impide mostrarle sus sentimientos, dominarlo, llevar la iniciativa en la seducción y obtener de él, además de la compañía, el placer que ansía.

Los tapices y labores van a quedar en manos de sus compañeras porque la dedicación plena de Calipso va a ser la atención, cortejo y entrega a Ulises a lo largo de días, meses y años y este consiente, accede a sus ruegos y deseos sin una queja ni un reproche. Calipso es la dueña de su cuerpo, de su actividad rutinaria, de sus veladas en tan bellos escenarios pero se da cuenta que no lo es de su mente, de su espíritu. Ulises le anuncia que quiere pasear hasta la orilla del mar en soledad y ella consiente, siempre defraudada por no conocer los pensamientos más íntimos de su amante.

Y en verdad Ulises se los guarda para sí. Sentado sobre una roca de la costa, fija la mirada en el mar azul hasta que se pierde en el horizonte por donde el sol hace su aparición cada día, su pensamiento le lleva más allá de donde le alcanza la vista, lo traslada junto a Penélope, su esposa, a la que dejó en el palacio de la isla de Ítaca cuando partió para la guerra de Troya, y se le representa su bello rostro y su figura ante el telar, y cree escuchar su voz por encima del cadencioso rumor que las olas producen al romperse en la orilla pedregosa de la playa. Es como si un hilo invisible los uniera en la distancia e intuyera la fidelidad que le guarda Penélope a pesar de las circunstancias difíciles por las que está pasando y le ayuda a superar la larga y penosa separación. Y así pasa un tiempo sin horas hasta ser reclamado de nuevo por las compañeras de Calipso.

Penélope, hija de Icario, vivía en Esparta hasta que siguió a su marido a Ítaca. Ella es ejemplo de amor conyugal, una mujer virtuosa y fuerte en la adversidad que ganó el corazón de Ulises y le dio un hijo, creando un apacible ambiente familiar, en buena armonía con los padres de su esposo, tan favorable que logró alejar de Ulises el deseo de acudir a la guerra, algo propio de aquellos héroes épicos, hasta el punto de que recurrió a la estratagema de hacerse pasar por loco para evitarlo. No le dio el resultado que buscaba y tuvo que enrolarse con sus hombres en el ejército aqueo camino de Troya pero llevando en su mente y en su espíritu el recuerdo de Penélope y el deseo de volver a encontrarla.

Solo el designio autoritario e inaplazable de Zeus, señor de dioses y hombres, a petición de la diosa Atenea, hará que Calipso permita que Ulises se aparte de su lado y emprenda el largo y accidentado viaje de vuelta que le llevará de nuevo junto a Penélope.

———

Fuente: Odisea

2 commentarios

  1. Matilde Tricarico dice:

    Gran experta en Mitología,bravo Assela.

  2. Ana Orozco Pardo dice:

    Dos mujeres tan distintas como los espacios en que viven. Un hombre errante, en el mar…y Zeus fuera o por encima de todo?

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