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Yo, Penélope · María Villa Cámara Gómez

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Escucho la voz de Telemaco
entre vuelo de gaviotas,
sobrevivo a este incendio
que sangra estéril
sobre la escarcha.
Escucho la mar sobre el vacío
de rueca que engendra alfileres,
a Ulises y el minotauro,
hidra que traga salitre.
Apenas queda madeja
con la que tejer heridas
entre los juncos.
La savia como músculo estéril
sobrevivir a doce criadas
entre esta simiente
que crece en la orilla.
Y la aguja tiembla
fugazmente en el telar,
y resuena entre veleros:
Yo, Penélope.

Yo, Medusa · Montse Soria

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Queridas hermanas górgonas:

Abandono la idea lógica de sucumbir ante tal hecatombe hacia mi persona. La fuerza del océano es imparable y aún con ella hay pescadores que se echan a la mar. No puedo deciros que me sienta perdida después de muerta o que haya asumido que mis designios sean estos y yo deba ser lo que soy.

Tampoco voy a esperar a que la gracia mundana reconozca como reprobable lo que ayer fue honorable y justo. No me quedaré llorando mi triste destino ni esperando del cielo un para qué.

No hay más tiempo para mí así. Se acabó la falsa esperanza de una redención promovida desde el exterior. Seré yo quien haga sonar las trompetas, quien deje caer en esos cuerpos ateridos la experiencia de la iluminación. Dejaré que la tierra se ocupe de devorar el horror del descubrimiento. No proporcionaré bálsamo ni distracción.

Vosotras, que tanto me habéis llorado, hallaréis descanso en este equilibrio. No habrá sangre impuesta por una furia que me atormenta. Estoy en calma. Será la lucidez de las conciencias quien obre en cada quien y lo que un día estuviera desbordado o fuera escaso encuentre con ello su justa medida.

Quienes sobre mí impusieron abuso alcanzarán de inmediato una inevitable clarividencia que les obligará a mirar a los hechos de frente y sin remedio.

Al dios Poseidón, que me violó. A las diosas Atenea y Afrodita, que me castigaron por ser violada. A Perseo que me decapitó. A quienes, callados, participaron de exenciones y privilegios. Para todos ellos se impondrá una restitución y un orden.

No penéis más, hermanas. El momento de un nuevo equilibrio está cerca.

Mientras sigas a Artemisa · Violeta F. Sánchez Osuna

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Calisto, la del bello rostro, regresa a Pelasgia. Apenas era niña cuando había huido de la brutalidad del rey Licaón, su padre, cuyo fanatismo era tan exacerbado que ni los de su propia sangre estaban a salvo. Había buscado refugio entre las doncellas cazadoras, compañeras de Febe Artemisa, donde encontró la paz y la libertad que ansiaba. Solo una cosa les era requerida: como sirvientas de la diosa virgen, debían permanecer castas.

Artemisa es dulce con quienes la veneran, pero temible con quienes la ofenden. Para dejar su hermandad, las doncellas, antes de que la pasión las consuma, deben ofrecerle sus cabellos y sus túnicas virginales y abandonar la vida silvana. Invertir el orden pueden ser fatal. Artemisa es bondadosa, pero también la más vengativa de entre los olímpicos.

Mientras las muchachas de su cortejo la sigan, nadie les hará daño. La resplandeciente las protegerá de sátiros y centauros. Si no incumplen sus votos, la de ojos de corza les tenderá la mano. Mientras sigas a Artemisa, ningún mortal puede herirte.

Pero aquella, la de aquella noche, no había sido Artemisa.

Calisto no tuvo miedo cuando la despertó una mano sobre su hombro.

—Ven conmigo— susurró la divina cazadora.

Y Calisto la siguió hasta lo más profundo de la floresta. Dicen que mientras sigas a Artemisa, ningún mortal puede lastimarte. Pero la de aquella noche no había sido Artemisa. Tampoco un mortal.

Antes de que pudiera reaccionar, y demasiado lejos del campamento como para que eso sirviese de algo, la ninfa se encontró con el rostro barbudo de un hombre, pero tan parecido en rasgos y complexión a su amiga que no podía tratarse de otro que su padre: Zeus, el soberano de todos. Calisto sintió un terror mayor que cuando se encontraba con Licaón.

Durante semanas que se convirtieron en meses, la del bello rostro intentó ocultar a sus compañeras lo que había ocurrido, pero un vientre cada vez más abultado comenzaba a delatarla. Temía abandonar el grupo, pues quedaría a merced de la cólera de Hera, esposa de Zeus. Si la reina descubría (que lo haría, siempre lo hacía) de quién era el vástago que crecía en su interior, Calisto estaría perdida. Pero quedarse suponía exponerse a la ira de Artemisa, que podía ser más temible.

—Recuerda el castigo a Acteón por descubrirla en el baño —había dicho Opis—. Hizo que sus propios perros lo devorasen. ¡O el de Ctesila, muerta en el parto por incumplir un juramento!

Morir en el parto. Artemisa era también la protectora de los embarazos y los niños. ¿Y si era así como la castiga, condenando a su criatura a la muerte con ella?

—¡Ruégale perdón! —recomendó Aretusa.

¿Perdón? ¿Qué había hecho ella? No fue Calisto quien quebrantó su voto, se lo rompieron. Ella se defendió contra quien ni Febe tiene posibilidades.

—Es tu castigo por seductora —Aura siempre hacía gala de su superioridad y falta de sensibilidad.

Eso era imposible. Jamás lo había visto hasta aquella noche. ¿Cómo seducir a quien jamás has dedicado una palaba, un gesto, una sonrisa?

Debía huir. Esconderse de Artemisa y de Hera, ocultarse. Quizás volver a casa fuese una solución. Quizás el sangriento fervor religioso de su padre aplacase a las deidades rencorosas…

El sol ya se había ocultado, no podía avanzar. Haría noche junto a un manantial, estaba agotada y sedienta. La fuente le recordaba mucho a aquellas donde Artemisa disfrutaba bañándose. Calisto juntó las manos y se llevó un poco de agua fresca a la boca. Sobre la superficie de ese remanso cristalino se reflejaba una luna creciente, casi llena.

Algo se movió de entre los arbustos. Calisto se puso rápidamente de pie, alarmada. Está sola. Nadie podía protegerla. Una cierva joven saltó de entre las matas y se plantó frente a ella. Una cierva plateada.

“Te cacé”.

La del bello rostro sintió que el estómago se le volvió del revés. Vomitó el agua que había aliviado su sed, quedando el amargor de la hiel. El cuerpo entero le hervía, sus miembros se dislocaban, aumentaban de tamaño, en volumen. El pelo rubio y esponjoso se le encrespaba y endurecía, cada vez más oscuro, cubriéndole todo el cuerpo. El perfil se le alargaba, los dientes se afilaban. Gritó, pero solo un rugido acudió a su garganta. Cayó al suelo, agotada, a cuatro patas. Ya no era humana y nunca más lo sería.

Estaba perdida en su agonía, no comprendía el castigo. Sabía que Artemisa la encontraría, pero no esperaba ese fin: transformada en una monstruosa osa.

—Querida mía, mi amiga, mi hermana de caza— la olímpica, dejando su forma cervina, pasó sus firmes brazos en torno al cuello de la bestia, hundiendo amorosamente el rostro en el denso pelaje. —Sé lo que pasó. No puedes seguir con nosotras, pero no te voy a abandonar a la merced de Hera. Mi madre también sufrió en sus propias carnes su ira, tan solo contó con la ayuda de su hermana. Tu hermana de caza no va a abandonarte a ti tampoco. No tengo poder sobre la soberana del Olimpo, pero mientras tu hijo dependa de ti, estás bajo mi protección, la de la diosa de los embarazos y los niños. Después, dependerás de ti misma. Adiós, querida amiga. Que Tique siempre te sonría.

No era una maldición. Era una bendición. No tenía que volver con Licaón. Ahora era la criatura más poderosa del bosque, ni hombre ni fiera podrían hacerle frente. Estaba, de momento, también protegida también del odio divino. Bajo esa apariencia, Hera no podría reconocerla…

La luna creciente, casi llena, se reflejaba en la fuente. La luna creciente de las doncellas. La luna llena de las madres. Mientras sigas a Artemisa, no hay nada que temer.

¡No lo abras! · Cris Nogal

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Personajes
P.: Padre.
H.: Humana/ Heroína
D.: Diosa

P. -¡No lo abras! (dijo el Padre, escondiendo su semblante autoritario bajo el espesor de sus cejas grisáceas y la canosa barba)

H. -Es mío; he tardado años en conseguirlo. Quiero saber qué contiene. (Se aferra al objeto, tan prieto contra su pecho y cubierto por las telas de su ropaje que no se aprecia, si quiera, su forma)

P. -Te digo que no lo hagas; su contenido deberá quedar oculto por siempre. Terribles temores serán liberados si permitimos que lo que guarda campe libremente por el cielo de los dioses y el suelo de los hombres. El mundo se tambaleará, abocado al desastre, y no hallaremos remedio alguno que permita su recuperación.

H. -Conoces, entonces, su contenido; estás relacionado con él. Veo en tus ojos un destello, el reconocimiento de aquello que quisiste ocultar. He vagado por yermas tierras y navegado extensos mares, me he enfrentado a los monstruos más terribles; el destino que marcaste para mí se me queda pequeño. No condenaré esta vida al silencio ni al olvido, ni vaciaré mi experiencia de motivo y de sentido. La abriré.

P. -En contra de tu destino estarás actuando, si así obras. No fueron hechos para ti los saberes que contiene. Vuelve a casa con aquél que te desposó.

H. –No lo haré. Confíame lo que guarda en su interior. Si no lo haces, a ciegas me entregaré al deseo de saber, como lo sabios que nos mostraron los dones de la naturaleza y los secretos de los cielos. No permitiré que el conocimiento que oculta se silencie para siempre. Descubriré el saber que esconde, pues será mi recompensa a tan largo viaje y tantas penalidades.

P. -Tu expedición fue un error. Conozco bien los desafíos que te asediaron, pues yo fui responsable de todos ellos. Debías retroceder, apartarte del camino al que te encomendaste ciegamente. Tu obligación es la obediencia, el sustento y la compañía, pues no existe en ti la capacidad de la que te piensas poseedora.

H. -No me importan tus motivos, ya no más. Quiso mi sino que todo fuera diferente, y sabía de tu segura oposición. Así como logré salir del laberinto, en el que me encontraba constantemente con un reflejo propio del que sólo deseo huir, valiéndome de mi valentía y mi capacidad lograré hallar la manera de acceder a lo oculto. Tus impedimentos no harán más que encender en mí la llama del deseo.

P. -Pura fortuna, seguro, fue la causa de tu victoria en tales pruebas. Alguna divinidad se situó, sin duda, de tu parte.

H. -¿También cuando, enfrentándome al ímpetu de mi poseedor, utilicé mi astucia para vencer su brutalidad?; no es poca afrenta la fuerza de sus puños y la monstruosidad de su intención. Logré escapar, condenándole a una búsqueda eterna a través de su piel de piedra.

(Aparte) Estoy cansada de la constante humillación, de la intención eterna de doblegarme bajo el yugo cual juguete otorgado por los dioses, sin deseo ni voluntad.

(Dirigiéndose, de nuevo, al Padre) Tus palabras están vacías de mandatos para mí. Ya no recorreré el sendero que me indicaste como óptimo, con la excusa de ser el más adecuado a mi debilidad innata. Me he demostrado tener más fuerza de la que tú y el resto pensasteis; mucha más de la que nunca quisisteis que descubriera. He tomado mi decisión: quiero acceder a estos saberes encerrados.

P. -Los cielos te harán pagar tu pena si lo haces. Recuerda que sus designios siempre son certeros. Así como el pelida cumplió con su destino, y la más fiel de todas cosió y descosió sin descanso, lo que lo oculto entraña se muestra deseoso de ser liberado, tal es su mal genio y su despreocupado deseo.

H. -¿Pero qué hay de mí? No soy, pues, el pelida, pues no hallarás en mí la arrogancia de un guerrero ni el deseo de la fama eterna; tampoco soy la dócil esposa, pues la rueca y el hogar sólo me proporcionan hastío. ¿Quién soy, pues? Quizá dentro encuentre mi respuesta, quizá su contenido me muestre el camino que tanto ansío.

P. -No existe tal camino, pues así fue establecido al inicio de todo. Te condenaré a la pena eterna si me desobedeces. Como el Bienhechor, tu suplicio no cesará y mi intención nunca encontrará satisfacción.

H. -Ya no me importa, pues cualquier condena dotada de verdad es preferible al yugo eterno de la ignorancia, la sumisión y la impotencia. Me he decepcionado demasiadas veces como para que me importe lo que tú puedas hacer.

P. -Ábrelo entonces, y serás maldita para siempre.

H. -Podrás llamarme así, entonces, a partir de ahora. No renunciaré a la libertad de la decisión.

Lo abre, y todas sus expectativas se vieron superadas por lo que vio. Entendió, por fin, la verdad que había estado oculta, la que el Padre tanto luchó por esconder. Y entendió el porqué.

Al momento, unas cadenas brotaron del suelo, como enredaderas metálicas que apresaron su corporidad. El dolor en sus muñecas era soportable, pues, por primera vez, su espíritu era libre. Su mente conocía la verdad. Y todo su cuerpo, toda su esencia, aunque maldita, fue libre.

Aparece la Diosa en un carro alado, y con su ímpetu destruye las cadenas recién forjadas y libera a la injustamente presa.

D. –Tu curiosidad nunca debió ser castigada, sino tu deseo de libertad recompensado. No puedo eliminar la marca de la infame condena que ha sido infligida a tu cuerpo, pero sí animar a tu espíritu a la continuación de su empresa. Que los peligros que has vencido hasta ahora no caigan en el olvido, que no se haga la noche sobre tu ansia de libertad; que el yugo no sea un collar maldito anclado eterno a tu cuello. Te libero, como tú misma hiciste antes que yo.

La Diosa se aleja en su carro alado. El Padre se retira, airado. Ella avanza hasta salir de escena.

La curiosidad de Pandora · María Eugenia Bertone

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La historia cuenta que Zeus, estaba deseoso de vengarse de Prometeo por haber robado el fuego y dárselo a los humanos. Por eso presentó al hermano de este, Epimeteo una mujer llamada Pandora para que se case.

El dios modeló una imagen con arcilla y creó una figura de una hermosa doncella, semejante a las diosas inmortales. Afrodita le imprimió el don de la belleza, Hermes le dio astucia, Atenea le enseñó diversas artes y Hera le hizo el regalo que cambiaría la historia de los hombres por siempre: la curiosidad.

Como regalo de bodas, Pandora recibió de Zeus un misterioso pithos —una tinaja ovalada,— con instrucciones de no abrirlo bajo ningún concepto. Ella no olvidaba nunca el recipiente prohibido. Todos los días pensaba en lo que podía haber adentro. Anhelaba abrirlo, pero siempre por temor volvía a atar los cordones dorados y lo devolvía a su estante.

Pero una tarde cualquiera decidió tomar coraje y romper la tinaja para ver qué había dentro. Fue allí cuando de golpe escaparon de su interior las cuatro virtudes clásicas: la prudencia, la justicia, la templanza y el coraje. Cuando volvió a mirar, también quedaba en el fondo el espíritu de la esperanza.

Para su asombro había guardados bienes y no males. Los dioses habían desoído la indicación de Zeus y en vez de calamidades había puesto ayuda para los humanos. Gracias a Pandora y su curiosidad tenemos esas bondades.

Medea, ¿loca o producto cultural? · Cris Nogal

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De todas las mujeres representadas en la mitología griega, quizá la más enigmática y cuestionada de todas haya sido Medea. Indómita, poderosa, cruel, esta figura encierra poderosos mensajes en su representación que no resultan evidentes a simple vista.

Medea era hija de Eetes, rey de la Cólquide, y nieta del Sol; su línea materna la sitúa como hija de Idía, una de las Oceánides, o bien de Hécate, patrona de las magas. Quizá sea su posición como descendiente de Helio lo que la sitúa entre las figuras más apasionadas de la mitología clásica. El fuego, la irreverencia, la sangre de un linaje tan poderoso quizá sea la causa mayor de que Medea se vea representada con una fuerza y una pasión que no muchos humanos de la mitología poseen.

Personaje imprescindible en la expedición de los Argonautas, Medea es quien logra la victoria de Jasón en sus cometidos mediante ungüentos y embrujos, incluso con el asesinato de su propio hermano. Tras el viaje, Jasón debía desposarse con Medea, pues ésa fue su promesa a cambio de la ayuda de la hechicera. Así se hizo hasta que, años más tarde, Jasón la abandonaría para casarse con Creúsa, princesa de Corinto. La historia, a pesar de la existencia de diversas variantes, es ampliamente conocida: Medea mata a la princesa y al rey a través de unos regalos enviados mediante sus dos hijos; después, asesina a éstos también, como castigo a Jasón por la traición cometida.

En el imaginario colectivo, Medea ha quedado como la representación de la imagen de la locura, de la esposa traicionada y loca de amor que ha llevado su venganza hasta los límites más crueles, antinaturales incluso, cometiendo el acto más atroz que se le podría atribuir a una madre.

¿Cómo pasa una mujer de ser la salvadora, la que conoce todas las artimañas, a ser la parricida por antonomasia, el arquetipo de mujer despechada y perturbada hasta límites inimaginables?

En la tragedia de Euripides, Medea representa lo bárbaro, lo ajeno. El personaje es una muestra de lo que en la sociedad griega se entendía por extranjero: costumbres extrañas, artes sospechosas y comportamientos execrables. Aun así, esta poderosa mujer ha despertado el interés de muchas mentes a lo largo de la historia, pues su fuerza y su poder resultan altamente atrayentes, como demuestran las numerosas versiones y obras artísticas inspiradas en su figura.

¿Es Medea una representación del todo rechazable? ¿El es arquetipo de mujer loca y capaz de todo por conseguir vengarse o, por el contrario, es precisamente un modelo que representa los atributos más alejados de lo que debería ser una mujer ideal, según las construcciones culturales? Su entrega y su devoción no resultan llamativas cuando tienen como fin la ayuda al héroe, no se la ensalza como un personaje generoso y entregado; en cambio, su figura se convierte en central para narrar su declive, cuando su marido la abandona y su comportamiento se vuelve incontrolable. Ésa es la imagen que nos ha quedado de la hechicera: lo reprochable, lo censurable de su conducta. Pero Medea es algo más.

¿Es su actitud reflejo de lo que se considera culturalmente una mujer indeseable, una que no encaja en la sociedad por no aceptar los designios de su marido, que se niega a verse rechazada y relegada cuando sus cualidades ya no son de utilidad? Si nos alejamos de las acciones concretas y nos mantenemos en el simbolismo de lo que la tragedia de Medea refleja, encontramos a un personaje abandonado, roto de dolor por la traición del varón, que se beneficia de lo que ella puede ofrecerle hasta que encuentra a otra mujer que le reportará, como Medea en su día, grandes beneficios. La actitud de Medea es insumisa, rebelde, inconformista y con iniciativa. Habiéndolo dejado todo por amor es rechazada cuando no resulta útil, precioso simbolismo de lo que la sociedad espera de las mujeres: entrega total, belleza y sumisión; y cuando la edad es imposible de ocultar tras los ungüentos y los embrujos de las sociedades modernas, se verán reemplazadas por otras, más jóvenes y bellas. Más “útiles”.

Veo en Medea un estereotipo de mujer que pretende transmitir una enseñanza: la de la obligada obediencia a los designios del destino, a lo socialmente aceptable, a su posición inferior en una colectividad que se mueve en una dicotomía de la que ella no huye, sino que se sitúa en contra. Para ella, las opciones son sometimiento o furia, y Medea elige la furia.

Aunque sus acciones son, obviamente, atroces, el trasfondo de su comportamiento la posiciona como una aguerrida personificación del inconformismo, de la insumisión a un mundo que no le deja opciones y en el que ella misma, con su rabia y poder, se encarga de demostrar lo peligroso que resultan unos marcos tan limitados, abandonada a su suerte cuando ya no tiene nada que ofrecer. Ella ocupa los espacios que le han permitido ocupar, pero no de la forma en que esperaban que lo hiciera.

En definitiva, Medea se aleja de la conducta asociada culturalmente a las mujeres al encontrarse relegada a un mundo que no le satisface, que limita sus opciones y obvia sus capacidades por no resultar ya de utilidad. Tras tantos sometimientos, ninguneos y rechazos, muestra lo peligroso de una estructura en la que las opciones que se le permiten son, tanto para ella como para quienes la rodean, injustas, crueles e insuficientes.

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¹ A lo largo del texto utilizo la palabra “loca” con el fin de transmitir la idea de que ese estigma ha acompañado a Medea en la mayoría de sus representaciones, así como para referirme al estereotipo de “mujer loca”, “histérica”, etc.

² Presentada en el 431 a.C., año en el que dio comienzo la guerra del Peloponeso, en la que Corinto era la ciudad culpable del conflicto a ojos helenos.

Las ondinas se piran · Iulia Olmeda Alguacil

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Las náyades en la mitología grecolatina eran ninfas asociadas a cuerpos de agua dulce; es decir a fuentes, pozos, manantiales, arroyos y riachuelos.¹ Como ninfas, las náyades eran seres femeninos dotados de gran longevidad, pero mortales y la esencia de una náyade estaba enlazada a su masa de agua con lo que, si se secaba esta, la ninfa moría.

Sin embargo, aunque el agua es fuente de vida, en la literatura son retratadas como criaturas peligrosas. En algunos relatos, bañarse en sus aguas es considerado sacrilegio y las náyades toman represalias contra el ofensor. O en otras ocasiones, el mero hecho de verlas también podía ser motivo de castigo: normalmente conllevaba la locura del desafortunado testigo. Pero las náyades también son conocidas por sus celos. Teócrito relata la historia de una náyade a la que el pastor Dafnis, amante de Nomia, le era infiel. La náyade, a modo de venganza, lo cegó para siempre.² Estos relatos suelen representar un miedo o prejuicio masculino: las mujeres son las culpables, aunque el responsable original que desencadena la acción es un hombre.

La idea de una ninfa asociada con una determinada fuente de agua pasó a ser conocida por toda Europa e incluso en lugares sin relación directa con Grecia. Sobrevivió por ejemplo en los pozos celtas del noroeste de Europa que más tarde serían dedicados a los santos y asociados también a la Melusina medieval. En este cuento popular francés sobre una náyade o un espíritu acuático, su protagonista femenina Melusina se casa con un caballero bajo la condición de que este nunca entrara en su dormitorio los sábados, cuando recuperaba su forma original. Como se puede esperar, el caballero no respeta este deseo y descubre que su esposa en realidad es mitad humana, mitad serpiente o en otras versiones adopta la forma de una sirena.³

Menciono estos antecedentes porque ahora me centraré en el motivo de las Waserfrauen (literalmente “mujeres del agua” en alemán) que suelen aparecer en relatos que describen la seducción de un hombre por una mujer fantástica. La más famosa de ellas aparece en Loreley, un poema de Heine que inspira distintas versiones. Brentano utiliza el tema y Eichendorff se inspirará también. Estas sucesivas versiones sufren distintas variantes en cuanto a su final, pero el tema común continúa siendo el de cómo la perfidia de las mujeres lleva a los hombres a la perdición.

Este es un tema que gozará de bastante popularidad entre los románticos alemanes. Uno de ellos es Friedrich de la Motte Fouqué que en 1811 publica Undine o Ondina, como me referiré a ella. El resumen de esta novelette es el siguiente: Ondina, un espíritu del agua, se desposa con un caballero llamado Huldbrand para conseguir un alma inmortal.⁴  Una vez más se repite en este relato el tema del casamiento entre un hombre con un ser femenino sobrenatural cuya auténtica naturaleza desconoce. En esta versión, en el momento en el que el amor es correspondido y Ondina obtiene un alma inmortal Huldbrand pierde el interés por ella y recurre al adulterio. Además, Ondina es “domesticada” en este relato. En la época romántica es frecuente que las figuras femeninas encarnen un ideal tanto de sensualidad como de lo que se supone que debe ser una mujer burguesa. Esto es lo que le pasa a Ondina en el relato de Fouqué: pierde el poder de seducción a cambio de entrar en el mundo burgués. En Ondina se compaginan conceptos aparentemente opuestos como la dama virginal que ha sido sometida (femme fragile) pero que a la vez sigue siendo una dama demoníaca porque es una criatura sobrenatural (femme fatale).

Quiero centrarme por último en la reinterpretación que realiza de esta figura Ingeborg Bachmann en el relato Undine geht (Ondine se va). Este título hace referencia a la tradición anterior sobre una historia que tantas adaptaciones e interpretaciones ha tenido, pero Bachmann se sirve de la tradición literaria para crear algo nuevo. Lleva un tema manido a un sitio distinto al que había estado antes. En la versión de Bachmann, Ondina entiende a los hombres, pero no sus costumbres y esto es algo que los lectores pueden ver directamente porque Bachmann le da la voz narradora a la propia Ondina. Bachmann es consciente de su propia modernidad ya que fue una autora de posguerra consciente de qué formas estaban ya agotadas en la literatura y tenía presente que esta misma literatura formaba parte de un discurso más amplio. De ahí que en Undine geht el lenguaje va más allá del uso habitual. El lenguaje se usa como falsedad. El lenguaje se tiene que depurar del mal uso que se le ha dado con el nacionalsocialismo pero además de toda esta tradición de representar a las mujeres como seres pérfidos y utilizarse para describirse a una misma.

En conclusión, si bien las náyades y ondinas son un elemento que ha perdurado desde la antigüedad clásica hasta la actualidad es de destacar que en esencia es un mito que se puede adoptar desde una perspectiva feminista como bien hizo Bachmann. Esto no significa que el mito original sea malo, sino que, como he desarrollado, las diversas interpretaciones reflejan los valores del momento. Precisamente lo que quiere decir que algo es clásico es que es imitable y tal como demuestra Bachmann no hay que renegar de la tradición literaria, sino reconocer que esta interpretación en concreto existió, señalar qué hay de problemático en ella, mantener los elementos que interesan del mito original y realizar una actualización acorde a los tiempos actuales.

—–

¹ Bane (2013), p. 333
² Escolio sobre Teócrito, VIII, 93
³ Sax (1998), p. 129
⁴ Fass (1972), p.9

 

Bibliografía

Bachmann, Ingeborg: Das dreißigste Jahr. (recopilación de historias, 1961). Tr.: A los treinta años, Seix-BArral, (1963)

Fass, Barbara F. (1972). “The Little Mermaid and the Artist’s Quest for a Soul”. Comparative Literature Studies. 9 (3): 291–302. JSTOR 40246020

Sax, Boria. The Serpent and the Swan: Animal Brides in Literature and Folklore. Knoxville, TN: University of Tennessee Press/ McDonald & Woodward, 1998.

Teócrito. Idilio VIII, 93 (traducido por J.M. Edmonds) Theocritus Idylls 5- 11. https://www.theoi.com/Text/TheocritusIdylls2.html#8 (consultado el 14 de junio de 2021)

El grito de las silenciadas · Virginia Villaplana

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Intenso, dulce y amargo a la vez.
Hoy es flora, aunque ayer fue humana
la melena de cuyo aroma emana
el eterno castigo de mujer.

Culpable al no dejar su corazón
a la merced de un conquistador macho,
no asombrada por el largo penacho
del dios de la belleza y perfección.

Culpable por no entregar su atractivo
al sordo y vetusto instinto animal
del mal llamado apolíneo y moral
que retumba en el patriarcado vivo.

Culpable por invocar con su huida
la ira viril, que busca un trofeo
en la consumación de su deseo
a expensas de una voluntad cohibida.

Al fraterno aullido la diosa Gea
acudió a enterrar el terror en su seno.
Mas no siendo las raíces un freno,
Apolo se coronó con su rea.

El Laurus nobilis está callado.
Pero… ¡ay, hojas de laurel divinas,
remedio natural antitoxinas!
¿Qué hombre imaginó vuestro calado?

Intensa, dulce y amarga a la vez.
Mi lengua destila la verde lágrima
que Dafne escondió por siglos en su ánima
y hoy aviva nuestro grito soez.

El grito de las silenciadas.

CÉNIDE Y IO · Rosa Estefanía Díez

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Anochece sobre Asia Menor.

Selene juega con Gea, ilumina los almendros y la tierra le devuelve su fulgor. Nada teme la una de la otra, han encontrado su sitio en el Universo. La alfalfa crecida oculta los restos del combate. Recorro los campos buscando a mi amiga Cénide. Escudos, corazas, miembros amputados. La sangre empapa mis sandalias. La batalla ha sido cruenta, pero ella es valerosa. Con Selene en lo alto, espero su vuelta en el abrazo de una encina. Mordisqueo una bellota y su amargor me recuerda la angustia de cada noche, hasta que la veo emerger entre los cuerpos que se recomponen de camino a la Laguna Estigia. Es tan diestra y tiene la piel tan dura que nada le daña.

Mientras se despoja de sus ropas de varón, me besa y se burla de mi zozobra. Nadie recuerda a Cénide oculta bajo los ropajes de Ceneo. Solo Poseidón comparte su secreto. A veces se acerca a visitarla. No me incomoda que disfrute de sus atributos, ni los gritos de placer en el silencio de la noche. Me desasosiegan los amaneceres, sus alientos mezclándose en los sueños plácidos. No temo a sus cuerpos, me duele la proximidad de sus almas.

Cénide se burla de mis celos, pero soy hija de Inaco, he crecido en la proximidad de sus orillas, en el arrullo de sus aguas calmadas y desconfío de los inmensos océanos, donde la tierra desaparece y las olas se convierten en remolinos mortales. Dudo de la honradez de Poseidón.

Sigo a Cénide allá donde vaya en busca de ejércitos a los que enfrentarse. No entiendo este afán por la lucha, por vencer cuerpos fibrosos llenos de ira, pero mi amiga no puede vivir sin la cercana presencia de la muerte y yo no puedo vivir sin ella, por eso recorro el mundo tras sus pasos.

Nadie entiende estos viajes alocados, y Zeus menos que nadie. Para eludir su ira, hemos hecho correr la voz de que un tábano me persigue y huyo para evitar su martirio, a veces disfrazada de vaca, a veces escondida tras la luna. Hermes ha ayudado difundiendo el bulo y Hera, que aprovecha cualquier ocasión para burlarse de su esposo, también está en el secreto.

Viajamos mucho. En todas partes hay humanos deseosos de darse muerte. Hemos alcanzado la cumbre del Monte Hemo, las orillas del Danubio y las llanuras de Etiopia. Contemplamos los limos del Nilo crecido y vimos pigmeos enfrentarse a grullas, altivas como lapitas. El Bósforo nos abrió sus brazos y nos sentimos como en casa. Si de verdad me persiguiera un tábano ya se habría vuelto loco.

La mañana del último día, mientras Helios transforma en oro las espigas, yo dejo marchar a Cénide sin un último beso. Poseidón acaba de abandonar su lecho y le vuelvo la cara, enrabietada, cuando busca mis labios.

Cuando oscurece, como cada noche, recorro los campos de alfalfa. Pregunto y nadie contesta. La sangre, mas viscosa que nunca, se mezcla con el barro e impide el avance de mis sandalias. Limo espeso como el del Nilo, lodo del Danubio. Con Selene en lo alto, emergen, entre las hierbas, lívidos guerreros. Una fila interminable de espectros de camino al Hades. Imploro a Hera, pero me temo que Zeus ha terminado por dar con nosotras. Fantasmas de ropas desgarradas pasan a mi lado, sin verme. En último lugar, Cénide, nunca más Ceneo, se dirige con paso cansado en busca de Caronte.

La nieve de un almendro me protege de la llovizna.

Siento en el cuello el picotazo de un tábano.

Pentesilea, la que trae el dolor · Amanda Bautista Fernández

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No ha existido a lo largo de la historia ninguna mujer comparable a Pentesilea, reina de las amazonas de Temiscira. Ellas habitaban regiones costeras, zonas ricas en hierro, lo que les permitía obtener ese ingrediente clave en la fabricación de sus propias armas. Además, la llegada de embarcaciones a su territorio, con aventureros y gentes del mar, posibilitaba un truque sexual libre de lazos permanentes. De esta forma, a los descendientes que tenían con estos hombres se les enseñaba que no debían hacer un uso excesivo de su fuerza con las mujeres. Por otro lado, las hijas eran educadas con un particular cuidado, especialmente en todo lo relacionado con las artes militares. Así, las amazonas se describían como antineirai, es decir, iguales a los hombres.

A pesar de que existen sociedades matriarcales en épocas anteriores a las amazonas, Pentesilea y sus súbditas son unos de los primeros referentes en lo que se refiere a fuentes escritas de mujeres libres y dueñas de su propio hado, sin la implicación de los hombres en su gobierno, pero con un reforzado carácter de igualdad, incluso superioridad, frente a los varones.

La primera aparición de esta amazona en los mitos griegos tiene lugar poco antes de la batalla de Troya, y su nombre sembraría el terror en los corazones de los griegos que asediaron esta ciudad: Pentesilea, «la que trae el dolor».

Y es que, según nos narra la Ilíada, los griegos estuvieron sitiando Troya durante casi diez años. En una de estas trifulcas, el campeón Aquiles acabó con la última esperanza de ganar la guerra de los troyanos, el príncipe Héctor, hijo de Príamo. Por tanto, la supervivencia de la ciudad de Troya permanecía ahora bajo el control de las aliadas de Príamo, las amazonas. La Ilíada, de hecho, termina con los funerales de Héctor, preludiando la aparición de Pentesilea.

Así, a pesar de la poca información histórica que se conserva sobre ella, sabemos que Pentesilea fue hija de Ares, dios de la guerra, y Otrera, una de las primeras reinas de las Amazonas. Hermana de Antíope e Hipólita, Pentesilea gobernó «tras el reinado de Oritía y las noticias de su coraje han llegado hasta nosotros».

Sin embargo, Pentesilea presentaba un oscuro pasado: y es que, la joven reina había matado accidentalmente a un familiar. Parece ser que se encontraba un día de caza con su hermana Hipólita cuando, lanzando una jabalina contra un ciervo, alcanzó accidentalmente a su hermana y la mató en el acto. Por tanto, para huir de la angustia y de las críticas de las otras amazonas, se personó ante Príamo buscando su redención y prometió a cambio matar a Aquiles y conceder la victoria a los troyanos, o morir en el intento. En esta curva narrativo, Pentesilea se asemeja a muchos otros héroes griegos que se marcharon de sus hogares al destierro y ayudaron a diversos reyes insignes, con el objetivo de sacrificarse a sí mismos honorablemente en batalla o de llevar a cabo diversas y arriesgadas hazañas para apaciguar a los dioses.

No obstante, Pentesilea no acudió sola a la guerra, sino que la acompañaron doce amazonas del Ponto, personificando la leal escolta de una fulgurante diosa. Los griegos, dando la batalla por finalizada, se asombraron al observar como los troyanos cargaban hacia el campo de batalla. Ambos ejércitos colisionaron, y comenzó de nuevo la guerra. Pentesilea, mostrando sus grandes habilidades en batalla, acababa con la vida de todo aquel que osara enfrentarse a ella.

El estallido de la batalla no tardó en atraer la atención de los héroes Ayax y Aquiles, que no tardaron en unirse rápidamente a la reyerta. Pentesilea, atenta, pudo distinguirlos a través del campo bañado en sangre, y arrojó su lanza contra Aquiles, quien la esquivó con su escudo. Ofendido, Aquiles respondió a su ataque proyectando, de nuevo, su lanza contra ella. Este ataque tuvo más suerte, y dio de pleno en el pecho de la amazona, perforándolo y acabando con su vida. Pentesilea, de esta forma, había conseguido redimirse del asesinato de su hermana y obtenido la memorable muerte anhelada por los grandes héroes.

Gracias a la profunda admiración que profesaban por la valerosa amazona, Aquiles y sus compatriotas decidieron conceder su cuerpo a los troyanos, quienes lloraron su caída como si fuese la de una hija o hermana. El rey Príamo mandó construir una gran pira funeraria, dejando que el fuego consumiera a la joven Pentesilea y su caballo. Los troyanos reunieron con sumo respeto los huesos quemados y los acomodaron en una urna, imitando exactamente los ritos que se detallan para los funerales heroicos de Patroclo y Héctor en la Ilíada. Cabe destacar que los restos de Pentesilea se depositaron en un emplazamiento honorífico, la torre de las Puertas Esceas, lugar donde se encontraban las cenizas del rey Laomedonte, el padre de Príamo.

Como vemos en esta historia, Pentesilea representa la esencia de las amazonas: una aguerrida guerrera, valiente y hábil en combate, que no le temía a nada y que estaba dispuesta a dar su vida a cambio de sus creencias. Es un personaje único en la mitología griega. Y como vemos en su historia, se ganó los honores tanto de sus aliados como de sus enemigos.

 

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