TONY – Arancha Sanz

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Te obligas a ponerte la falda de cuero que solo te abrocha si contienes la respiración, la blusa semitransparente sobre el sujetador negro, el pintalabios granate que añade volumen a tus labios finos. Te ha costado mucho quitarte el pijama, pero no puedes seguir obsesionada con Tony, tiene que haber mundo más allá de él. Esta noche, en el speed dating, vas a conocer a alguien que te lleve más allá del Barrio del Pilar, que no te monte un numerito cada vez que sales de casa, que se emborrache y baile y folle contigo hasta el amanecer. Aunque ahora mismo eches de menos el tacto de la franela.

Pides un bourbon con mucho hielo, le pegas un par de tragos fuertes y acaramelados antes de que suene la campana. Todos a sus puestos, todas a sus puestos. Delante de ti, una hilera de mesas de madera desgastada numeradas del 1 al 20. Ahora solo somos eso, números. No te olvides tu copa. Cuando aparezca el tío ideal sorbe despacio y mírale a los ojos para que sepa que es el elegido.

Te toca la mesa 7. Nada más sentarte, la falda se te encoge hasta las bragas, los muslos se te pegan a la silla, pronto empezarán a sudar. Un arquitecto tan alto como sus edificios toma asiento enfrente de ti. Acostumbrada a hablar solo con Tony, al principio te cuesta un poco romper el hielo. Menos mal que él se encarga de hacerlo por ti. Apasionante, el tardomodernismo y el estilo high tech. Mario tiene unas enormes manos que juguetean torpemente con su coca cola mientras te mira las tetas de reojo. No necesita alcohol para reconocer que busca a alguien para matrimonio, probablemente por segunda vez. Eso indican las bolsas que se le forman debajo de sus ojos cansados. Piensas en los ojos negro brillante de Tony, te dicen que no necesitas el cuero y el carmín para ser hermosa, que no eres el segundo plato de nadie.

¡Siguiente! Aprovechas el cambio para colocarte la falda. Tienes el entremuslo empapado y te empieza a escocer. Te encuentras con unos ojos muy distintos a los del arquitecto y a los de Tony. Los de Hugo son verdes como hojas de geranio y se iluminan como gotas de rocío cuando pasan de tu teta izquierda a tu teta derecha. Las dos siguen bien enfundadas en el sujetador negro que las aprieta como una máquina de compresión.

Hugo se rapa la cabeza porque su frente es demasiado ancha y, aunque disfruta de tradiciones como la Feria de Abril, se considera un tipo moderno. ¿Crees en las relaciones abiertas?, pregunta. Le dices que ahora mismo tienes una que es demasiado cerrada. Se echa a reír con una carcajada sonora. Se piensa que es broma… Él podría enseñarte lo que es divertirse y tú, a cambio, solo tendrías que pasar la noche en su finca. Puede valer para un finde loco, aunque no será fácil cambiar la melena sedosa de Tony por una cabeza pelada sin donde agarrar. Ahora podríais estar compartiendo un bol de palomitas humeantes…

La campana suena de nuevo. ¡Esta no te la esperabas! Una rubia platino con mitones de rejilla y sombra de ojos fuxia se presenta como Jade, pero te confiesa que en realidad se llama Inmaculada. Su madre, que es muy religiosa. Acaba de romper con su novio y está buscando cosas nuevas. Será por eso que no aparta la vista del sujetador negro. ¿Cuánto tiempo hace que no follas? Ya ni te acuerdas.

Inmaculada lleva un tatuaje en la muñeca que no ha terminado de cicatrizar, memento mori en letras góticas. Te flipa su pelo y siempre has querido hacerte un tatoo, pero te preguntas si sus besos te harían tantas cosquillas como los de Tony. Empieza por las mejillas, sigue por la nariz y sube hasta la frente hasta recorrer toda tu cara. Inmaculada te apunta su teléfono en una servilleta. Por si acaso.

Solo una cita más para decidir a quién te llevas a casa. A ver cómo reacciona Tony cuando te vea entrar en casa con una persona desconocida.

Meas los dos bourbon que te has bebido y pides un tercero. Llegas tarde al siguiente encuentro, tarde y con la falda arrugada en el culo otra vez. Pero Carlos ni se fija en eso, hace dos minutos que te conoce y ya te está regañando por llegar tarde a vuestro encuentro. Estáis todas muy malacostumbradas a que sea el hombre el que vaya detrás. ¿De qué, si no, te vas a dar el lujo de llegar tarde? Y alarga la mano, el muy cabrón, como si tus tetas tuvieran que deshacer el agravio.

La campana suena por última vez. ¡Justo a tiempo! Todos en fila. Todas en fila. Tienes que escribir en una ficha los nombres de las personas con las que tendrías una cita de verdad. La gente deposita ceremoniosamente su voto en la caja del amor. Tu ficha sigue en blanco. Escribes «Hugo», lo tachas. Luego «Jade». Vuelves a tachar y coges otra ficha.

Entonces, te colocas la blusa semitransparente y descubres una maraña de pelitos negros clavados en ella. Quizá era eso lo que miraban todos o quizá no, pero Tony ha estado aquí todo este tiempo, acompañándote. Y ya lleva demasiadas horas solo. Seguro que te espera impaciente, que moverá su rabito ensortijado en cuanto entres por la puerta y te pedirá que le des un largo paseo nocturno.

Escribes cuatro letras mayúsculas en tu ficha y la depositas en la caja del amor sin pararte a comprobar si Mario, Hugo, Jade Inmaculada o Carlos dejaron caer tu nombre dentro. Sales del bar y te arremangas la falda hasta las axilas para salir corriendo calle abajo. ¿Qué tal está el carlino más guapo del mundo?, le preguntas en cuanto llegas a casa. Tony te contesta con un ladrido de bienvenida.

MIEDO ESCÉNICO – Nela Escudero

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—¡Ay, tía! Ahí está Diego. Uff, me lo comía con ropa y todo.

—Vamos a pedir una copa y nos ponemos a su lado.

—Espera. —Ana saca un pintalabios rojo del bolso y se lo pasa con suavidad por los labios mirándose en el espejo de la pared de la discoteca—. Ya está, vamos.

Mientras se acercan a la barra los ojos de Ana y Diego se encuentran. Ella le sonríe y Diego la saluda con un movimiento de cabeza mientras recoge su copa y le da un trago.

Cuando llegan, Ana se hace hueco a su lado. Lucía la sigue y para hacer también hueco, de forma poco sutil, la empuja contra él.

Diego aguanta el tipo mientras nota como las caderas de Ana rozan y aprietan su entrepierna.

Después de dos copas más, miradas, baile, charla y flirteo bastante descarado acaban besándose y metiéndose mano en la puerta de la discoteca. Con la excusa de que no hay nada más abierto a esas horas, Diego le propone a Ana tomar la última en casa de él, que está a solo dos manzanas de allí.

Los dos saben que no habrá otra copa, lo que habrá será otra cosa.

Llegan a casa besándose en cada portal. Una vez dentro, Ana le desabrocha la camisa mientras nota la erección de él presionando su pelvis. Él mete la mano por debajo de la camiseta para tocar sus pechos. Van hasta el sofá a trompicones. Ana se sienta y Diego se desabrocha los vaqueros.

De pronto, Ana piensa que esto va muy deprisa y empieza a ponerse nerviosa.

¿Qué ropa interior lleva puesta? ¿Cómo estará el tema por ahí abajo después de la sudada en la discoteca?

Tiene que ir al baño. Se disculpa. Diego le indica dónde es y le pide que no tarde.

En el baño, la cosa se pone peor. Entre los nervios, las copas y el frio que hacía en la calle se le mueven las tripas y no puede evitar tener que sentarse en el váter. Sus tripas gruñen y se mueven, intenta no hacer ruido, pero miles de gases quieren salir a la vez, o los suelta o tiene la impresión de que reventará. Se resigna. Enciende un cigarro y se relaja mientras parte de sus tripas van retrete abajo.

Cuando es capaz de levantarse del váter, se lava como puede porque Diego no tiene bidé y sale de nuevo al salón, con paso inseguro, pero intentando sonreír.

Llevaba meses esperando que esto pasara, lo deseaba desde la primera vez que lo vio, pero él no parecía interesado. Ahora ahí estaba, en su casa.

Él la espera con la camisa abierta, el torso descubierto, el pantalón desabrochado y una enorme erección. La mira con deseo. Es guapo el condenado, piensa Ana…

De nuevo, un dolor de tripas horrible amenaza con hacerle correr de nuevo hasta el baño. Intenta ignorarlo, pero se mueven con tanta furia que cree que hasta Diego desde el sofá podrá oírlas.

Da un paso hacia él. Sus tripas vuelven a rugir y a agitarse. Gira sobre sus talones y regresa al cuarto de baño.

Se sienta otra vez en el váter y pasa un buen rato hasta que es capaz de levantarse. Es imposible, pero ¿cuánto puede cagar una persona?

Cuando regresa al salón, Diego la mira desconcertado, no hay rastro de la erección, se ha abrochado la camisa y el pantalón y se está bebiendo una cerveza.

Ana lo mira, sus tripas vuelven a rugir.

Sin ni siquiera despedirse, camina hasta la puerta, la abre y se va.

FESTIVAL – Laura López Gómez

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Nos besamos en la primera fila de aquel concierto de los Vaccines, sumergidos en una piscina de sudor, polvo y hormonas. Nuestros cráneos vibrando. Las luces de neón reflejándose en nuestra piel joven. Había perdido a mis amigas, estaba borracha y colocada y que me vieras me pareció parte de la experiencia. Me dijiste algo que no oí, no sé si tu boca buscó la mía o fue al revés, pero sí recuerdo que tus manos no tardaron en deslizarse debajo de mi ropa. Me pareció divertido. Eras de esos tipos que parece que piensan que besar consiste en introducir la lengua en la boca de la otra persona. Eras de esos tipos que, cuando les dices que tienes dieciocho años, se hacen los sorprendidos y bromean sobre la pedofilia.

Terminó el concierto y seguías ahí. Recuerdo que te llamabas Pablo, que trabajabas haciendo música infantil, que solo habías venido dos días al festival y estabas durmiendo en la furgoneta de unos amigos. Yo estaba durmiendo sola, en una tienda de campaña para tres personas, alejada de las de mis amigas porque ellas habían llegado antes. Se me ocurrió invitarte. Se me ocurrió como una forma de compensar el hecho de haber pasado estos cuatro días teniendo que dormir en una parcela separada. Se me ocurrió como algo a tachar de mi lista mental de cosas que hacer en un festival.

Terminé de cerrar la cremallera antes de que me quitases la última prenda. Presionaste mi cabeza contra tu polla. Me ordenaste las posturas en las que tenía que ponerme para complacerte. Mientras me azotabas y embestías con tu enorme pene yo pensaba si debía decirte algo. ¿Qué iba a decirte? ¿Que me estabas haciendo daño? ¿Acaso no era obvio? ¿Que dejases de imponer tus fantasías pornográficas sobre mi cuerpo porque yo también era un sujeto deseante exactamente igual de válido que tú?  ¿Acaso no era obvio?

Al irte a correr, dos neuronas chisporrotearon dentro de tu cabeza y tuviste la brillante idea de rociar tu semen sobre mi vientre. Sin servilletas, ni papel higiénico, ni ducha a menos de doscientos metros. Sin que pudiera comprobar que no se hubiera roto el condón. No daba crédito. Todavía hoy, tres años después, no logro entender qué te llevó a hacer eso, ¿es que te daba morbo observar tu propio esperma? ¿No lo tienes ya muy visto? ¿Era otra forma de erotizar la dominación? ¿De verdad era necesario? Te pedí que sacaras un brazo fue a de la tienda y alcanzaras la toalla que estaba colgada cerca. Al principio remoloneaste, me llegaste a decir que lo hiciera yo. Tuve que ponerme seria, la ansiedad me estaba poniendo violenta. Te volví a ordenar, esta vez en imperativo, que cogieras la puta toalla y no te quedó otra que hacerme caso.

Por suerte el festival estaba acabando y por suerte en Benicassim hace tanto calor que el agua se evapora enseguida. La toalla quedó abandonada en aquella parcela separada de la de mis amigas. Nos vamos alejando y todo se va haciendo chiquitito. La toalla enterrada en la arena fina que se nos pegaba a la piel en esa parcela alejada se difumina. Tu saliva, la temperatura del líquido blanco y pegajoso. Ya estamos fuera, yo estoy fuera, espero que estés bien.

MALEABLE – Elena Carrasco

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Soy blanda y mullida. No se hagan ilusiones, no por eso pueden desacreditarme tildándome de condescendiente. Acostumbrada a acoger el cuerpo cansado y el alma extenuada, creí que mi destino guardaría para mí noches valientes y siestas tempestuosas. Tuve mala suerte.

La pareja que me compró para refugiar su desamor entre sábanas era joven, preparaban la boda y con ella una vida de calvario.

Cada noche se acostaban sobre mi acolchada superficie, esperando ella un poco de ternura, resoplando él una obligación que le venía grande. El tipo necesitaba estar acompañado y nada más. Hay personas que se venden por no dormir solos, de esa clase era el marido de Irene. Vago hasta para dar los buenos días.

Ella hizo un pacto con el diablo, se autoconvenció de que colgarse a un hombre del brazo como si fuera un buen bolso debía ser el único proyecto de su vida, hasta que conoció a Marina.

Sincera, irreverente, chula y palabrotera. Se escondían en el dormitorio para hacerse confidencias para mi deleite y espabile de la dueña de la casa.

Nunca había tenido un orgasmo. Marina puso el grito en el cielo, «eso hay que arreglarlo ahora mismo, no pretenderás depender de cualquier gilipollas para pasarlo bien». Desconocía la amiga las cabalgadas breves y patéticas de los tortolitos, una eyaculación precoz o desidia del macho, la aceptación victimista de ella, con lagrimitas en silencio que me dejaban húmeda y cabreada.

Las siestas prometían, varios cacharros eléctricos recorrían el cuerpo de Irene, se oía el jadeo que nunca llegaba a nada más que a un ejercicio físico extenuante.

La frustración desapareció un día de septiembre, a las cuatro y veinte de la tarde. El calor pegajoso todavía, adhirió su cuerpo a la tela que me cubría, la abarqué con toda mi complicidad. La chica balanceaba la pelvis, fija la mirada en unas imágenes pornográficas en el móvil. Desnuda, la protagonista de la pantalla, se masturbaba delante de un hombre que la miraba sin tocarla. Se fundió con las imágenes, el sexo entre las manos, los dedos sabios buscaron la ocasión y ahora sí, un suspiro hondo la salvó dentro de su propio naufragio.

Desde entonces el entretenimiento no me ha faltado, mujeres y hombres a los que no conozco visitan mi superficie flexible, dúctiles la voluntad, el ansia, las lenguas y la voz. La piel guarda memoria del placer, la práctica acrecienta un mundo al que ella tiene derecho, la experiencia es una maestra privada portentosa. Irene no ha vuelto a llorar.

COSAS SILVESTRES – Juana Castro

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En el fondo del bosque adormilaba una bellota, cuando una hormiguita en minifalda pasó por ahí. Todos los sentidos de la bellota se pusieron en alerta y de un solo movimiento se enderezó sobre el pedúnculo. La hormiguita sin enterarse siguió su camino contoneándose.

—¿Adónde te llevan tus pasos bella hormiguita? —preguntó la bellota.

—Pues voy a visitar mi amigo el espárrago —contestó.

—Súbete sobre mí, hermosa amiga —respondió la bellota—, que juntas rodaremos por los caminos y más rápido llegarás donde tu amigo.

Agradecida la hormiguita se subió la falda y se encaramó en la parte más alta abriendo bien las patas para agarrarse mejor.

Empezó a rodar la bellota, con sus movimientos de avance y recula que es la forma de desplazarse de las bellotas en tierra, la hormiguita entonces sintió como el cliclí se le despertaba y sensaciones agradables inundaron todo su cuerpo.

—¡Ay! pero si qué bien ruedas, querida amiga —le dijo.

—Y tú qué bien cabalgas linda amazona —respondió la bellota—, tratando de saltar con cada piedra en busca de nuevas sensaciones.

—¿Qué te parece si nos vamos por ese camino de sombreados recovecos? —propuso la bellota.

—Como tú quieras mi agraciada montura —respondió la hormiguita entre suspiros y jadeos.

Y así iban bajo la aromática fronda, saltarina la una, cantarina la otra.

El espárrago, mientras tanto, envarado como una escoba consultaba y consultaba su reloj.

HABLADURÍAS – María K.

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En la urbanización se hablaba únicamente de él, aunque nadie lo hubiera visto. Y también de la puerta negra de su casa y del rojo con el que pintó las paredes exteriores. Este lugar de jardines cuidados y de casas amables e idénticas, en tonos pastel, pensado para familias prolíficas y una comunidad homogénea de personas sin más objetivos que el día a día, las compras, el bronceado, el tenis y la piscina, no admitía cuerpos extraños que lo infectaran.

Nuestra casa era una más en la urbanización, en un color amarillo patito, con un bonito jardín. Las casas de mis vecinas eran una rosa y la otra celeste, incluso nuestros coches mantenían una armonía estética y cromática que exudaba pacífica convivencia, o quieta resignación de clase media pudiente y despreocupada. En esa época no me hacía muchas preguntas, me ocupaba de mi trabajo, de mis hijos, de mi casa y de mi jardín, y asistía a lecciones de yoga y pilates para evitar las críticas de Germán que odiaba la celulitis y los culos caídos. Siempre andaba criticando a mis amigas, sus vecinas y, a la vez, esposas de sus amigos. Porque así era nuestra vida en la urbanización, unidos en relaciones de amistad y matrimonio con aspecto inoxidable y corroídas por dentro.

Con Germán no teníamos nada que decirnos más que hablar sobre las vidas ajenas y las cuestiones diarias, hasta que llegó el nuevo vecino que no trajo una familia y se convirtió en su obsesión. La casa del vecino era una de las más grandes, con cuatro dormitorios y Germán no dejaba de preguntarse para qué quería semejante casa si no estaba dotado de mujer e hijos, como si la mujer y los hijos fueran un accesorio que se comprara a bajo precio. El vecino era su único tema, durante todo el día, incluso a la noche, cuando se me acercaba por detrás en la cama, siempre a oscuras. Yo lo oía adosarse a mi espalda y cerraba los ojos, apretando los puños, porque sabía que serían cinco o diez minutos de esa especie de ronquido que lanzaba a mis espaldas al penetrarme, después de dejarme desnuda a mitad y manosear con sus dedos gordos e inexpertos mi sexo, pensando que eso bastaba para excitarme; una vez satisfecho, se volvía hacia el otro lado y buenas noches. Sin besos ni caricias. Ya iban cinco años así y no me daba cuenta, o no quería darme cuenta, de la soledad que sentía y de que mi piel se arrugaba sin contacto ni arrumacos. ¿A quién podría confesar mis penas? No a mis vecinas de la casa rosa y celeste, ni a las chicas del gimnasio y mucho menos a mi madre, hermanas, primas… Sería como aceptar un error y ponerme un letrero de frustrada, imaginaba sus consejos: no te quejes, te da una buena vida.

En una tarde calurosa, a la hora de la siesta, me encontré tocando al timbre de la casa del nuevo vecino. El jardín estaba rodeado por una empalizada altísima de madera y mis hijos habían pateado la pelota del otro lado de la muralla. Esa valla alta contrastaba con nuestras casas con sus cercados bajos y puertas siempre abiertas, donde todos eran bienvenidos o simulábamos que lo fueran.

Cuando la puerta se abrió automáticamente, me encontré frente a la fachada rojo fuego y la puerta negra. Un hombre pequeño con gestos afeminados me recibió en bata apoyado contra el marco de la puerta. «Buenos días, bienvenida», fueron sus palabras pronunciadas con voz de terciopelo. Respondí con un saludo y disculpándome le dije que buscaba la pelota que habían lanzado mis hijos. Con amabilidad me acompañó a dar una vuelta por el jardín. Al pasar delante de una ventana, llegué a entrever dos hombres elegantes y una mujer que charlaban sentados en cómodos sillones. «Si sucede otra vez, aquí detrás hay una puerta que puede usar para entrar en el jardín cuando quiera», me dijo indicándome la puerta que se abría en la muralla.

Desde ese día la pelota volvió a caer asiduamente en su jardín. Yo entraba por detrás y espiaba por la ventana. Se oían voces y música, y alguna vez vi a mi vecino entre sus invitados; creí reconocer a alguno de ellos.

Cuando Germán comenzó a repetir las habladurías que corrían en la urbanización, diciendo que el vecino hacía fiestas pero no se veía entrar a nadie, respondí con un contundente «¿qué te importa?» que no le agradó. Ese sábado por la noche, el día designado para su sexo insípido, rechacé sus dedos y me levanté de la cama. Desde la casa del vecino llegaba una agradable melodía y las luces estaban encendidas.

A partir de esa noche, cuando dije «no» por primera vez en años, Germán no supo más cómo comportarse. Nunca tuvimos un diálogo, por lo que él ignoraba como enfrentar un argumento íntimo ni sabía cómo satisfacer a una mujer.

Una de las raras veces que mi vecino salió en su coche de cristales polarizados, aproveché para entrar en su jardín y espiar desde la ventana con detenimiento. Un camarero en uniforme servía canapés y bebidas a los invitados, vestidos a toda gala a las tres de la tarde de un día infernal. Mientras espiaba, mi vecino me sorprendió y me invitó a entrar. «Venga, le presento a mis amigos». Entramos en su maravillosa casa y me encontré cara a cara con Brad Pitt. Lo miré incrédula. «Hologramas», dijo, «con ellos tengo una vida apacible y estoy siempre acompañado». Su idea me dejó pasmada, era inusual y fantástica a la vez y no tardé en unirme al grupo y buscar excusas para disfrutar de sus fiestas. Mi pequeño vecino, Mark, sabiendo que me agradaba abrazarme a la incorporeidad de Brad Pitt, decidió hacerme un regalo magnífico: se vistió dentro de su holograma y, recorriendo mi cuerpo con caricias delicadas y apasionadas a la vez, me obsequió el primer orgasmo en años.

Lo visito a diario.

 

EL ENCANTAMIENTO – Sandra Vera

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El triángulo tiene mala fama, digo, cuando se habla de vínculos. Los ceños se fruncen, las bocas se curvan: tres. Las gatas y yo, en mi cama, todas las noches, somos tres. ¿No te dan celos? Tres. Un triángulo me tatué en el brazo —anticipo o premonición— del momento en que me enteraría que me luce, como un vestido que ves en la vidriera y cuando te lo pruebas te calza perfecto. Sucedió que orbitar los cuerpos me venía bien, desplazarme del centro de la díada donde también aparecen destellos de intimidad, encuentros en los que una no sabe a veces de quién es la mano, la curva, el beso. «Te toco a través de otras», le dije a Tomás un día. ¿Y si somos cinco?

Entusiasmada y con el pelo revuelto, por una de esas coincidencias que solo la trama de la vida sabe explicar, coincidimos cinco cuerpos —al menos, en principio— en el deseo de juntarnos. Nos dijimos hora y fecha. Nos dijimos cena. Nos dijimos noche. Un beso medio grupal, medio dividido cerró los detalles, como cuando viajamos en avión e imaginamos lo suave y reconfortante que sería acostarse en las nubes. Me puse el vestido.

Luego del vino, porque no llegamos al postre, se empezaron a deslizar las manos en la mesa, petición y acuerdo, entre conocidxs para empezar, para facilitar. «Está sucediendo», pensaba. No era como en Sense8: precisión y sensualidad, era más bien timidez y nerviosismo, quiebre, caída. Una mano me quitaba la ropa, tocaba con otra, besaba a alguien más, todo sucedía a una velocidad que no me permitía saber qué sentía: si me gustaba, si me calentaba, si me molestaba. Confusión. Miro a Tomás, perplejo. La realidad es superior a los sueños. El cuerpo no reacciona a la velocidad que espera el pensamiento. Le beso, le invito. La luz del televisor se refleja en ellxs tres y yo observo con Santi entre mis piernas. La voluptuosidad de las imágenes contrasta con nuestra torpeza. Me río. Estamos ahí, desnudxs, ridículxs, los ojos muy abiertos, intentando arrastrarnos al encantamiento, al que solo puede penetrarse con los ojos cerrados como cuando olemos el pan recién hecho y se nos llena de agua la boca. Me río. Solo eso pasa y mi boca está seca. Vamos a la cama y nos enredamos en un círculo que nos deja exhaustos. Nos miramos con extrañeza. Ahí estamos, cuerpos, pliegues, solo eso (y todo eso). Me río. El vestido en el suelo.

El triángulo tiene mala fama, digo, cuando se habla de vínculos. Los ceños se fruncen, las bocas se curvan: tres. Las gatas y yo, en mi cama, todas las noches, somos tres.

FIBROSEXO – Ade Marlo

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Tengo fibromialgia y también tengo ganas de echar un polvo. Menudo lío. Primero tengo que valorar cada célula de mi cuerpo, me autoescaneo y veo que el dolor en compensación con el orgasmo puede salir a deber… pero me arriesgo, joder, hace ya unos días que no nos damos un homenaje.

«Cariño, ¿te apuntas?» le digo… «¡Claro!». Y allá que vamos. Uno rapidito en el sofá… bueno quizás en el sofá me salga cara la jugada, pero venga, ¡que no se diga!, a ver si pongo aquí la pierna… bueno espera, mejor así, no déjame a mí aquí… ay, «¿Ay de bien o ay de mal?», pues hijo, ya ni lo sé. «Venga, vamos a la cama que estás más cómoda»… y ale, con los pantalones por los tobillos, carrera de pingüinos hasta la cama. Me choco contra la esquina del pasillo que tengo ya desgastada de tanto chocarme, me tambaleo pero no me caigo, esa curva la tengo controlada.

Me toca parar en el baño porque el colon irritable no entiende de calentura y oye, mejor cagar antes que estar todo el polvo sin saber si vas a aguantar… «¡Tienes el culo súper frío!». «Ya, es que me acabo de lavar…». Por dónde íbamos… ah, sí… espera que me tumbo, espera, no mejor yo arriba, ay, «¿Ay de bien o ay de mal?», pues hijo, ya ni lo sé… Y la mierda de los antidepresivos. si yo antes era las más rápida del lejano oeste y ahora tardo más que un caracol de paseo… ay, ay, ay, «¿Ay de bien o ay de mal?», los dos primeros de bien pero ahora ya de mal. De que me duele. «¿Pero bien?». «Sí, sí, súper bien». Caigo a un lado como un conejo. Mañana seguro que me duele menos, le voy pillando el truco. Aunque cada día duele más.

 

CANELA Y SAL – Profesora Nomadica

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Camelia había llegado hace dos meses a Madrid proveniente de Lima, venía para estudiar Historia del Arte Contemporáneo. Si bien, la maravillaba la arquitectura y el arte de Madrid, quiso alejarse del ruido, la gente y del turismo de la gran ciudad, y alquiló un pequeño piso en un pueblo llamado Colmenar Viejo. Durante el mes de mayo para disfrutar la primavera, Camelia salía cada mañana a correr por un parque cercano a su casa, se impregnaba del aroma de la naturaleza y observaba los patos y cisnes, que circulaban por la laguna. Un día mientras ella corría ágilmente, comenzó a seguirle un hombre en bicicleta, quien también parecía ser deportista. El hombre le dijo: «siempre te veo correr por aquí». Ella intrigada detuvo su carrera y le preguntó: «¿Cómo te llamas?». Y él respondió: «Juan». Ambos comenzaron a platicar mientras ella corría y él andaba lentamente en su bicicleta. Camelia desde que había llegado a Madrid no había tenido relaciones sexuales y tenía muchas ansias de concretar un encuentro, y, asimismo se sentía profundamente atraída por ese hombre.

Juan era alto, fornido y con unos intensos ojos azules, y para Camelia era aún más llamativo, pues tenía alrededor de 15 años más que ella, simplemente la seducían los hombres mayores. Recordó que había comprado una caja de 25 preservativos y obviamente no había usado ninguno. Entonces detuvo su trote y le dijo a Juan: «¿Vamos a mi piso y te invito una birra?». Ella lo miró tan intensamente con sus ojos negros y con la piel sudada de color canela, que Juan no pudo resistirse y le dijo que sí. Al llegar al piso Juan acomodó su bicicleta y se sentó junto a Camelia en el sofá, no tardaron de hablar ni 10 minutos y se estaban besando y sacando la ropa. Camelia cogió rápidamente un condón y condujo a Juan a su cama. Él estaba completamente excitado y su pene se endureció rápidamente, entonces Camelia le entregó el condón. Él la miró desconcertado y le preguntó «¿Tomas pastillas?». Ella le respondió: «No, pero no te conozco de nada, debes usar el preservativo para estar conmigo». Juan se puso el preservativo y penetró a Camelia, pero en un momento se sintió incómodo, su sexo se había vuelto flácido. Juan avergonzado le dijo que perdía sensibilidad con el condón. Camelia pensó en ese instante tres posibilidades: 1) me visto y expulso de mi casa a este tío, 2) me rindo y doy por acabado este frustrante encuentro sexual y luego me masturbo 3) me propongo follar a este hombre que está muy bueno y levantar su pene como sea. Camelia eligió la tercera posibilidad y comenzó a hacerle sexo oral para recuperar la turgencia del miembro, estaba tan excitada que no iba darse por vencida, se encargó de levantarlo nuevamente y ubicar el condón en su sitio. Ella se instaló sobre Juan y sus movimientos seguían perfectamente un compás armónico. Tocar el cuerpo de Juan la transportada a la perfección física reflejada en aquellas estatuas de los deportistas griegos, tocar ese cuerpo exquisitamente muscular, además de sentir el pene de Juan ejerciendo fricción húmeda en su vagina, la llevó a una realidad donde podía observar con los ojos cerrados un humo gris y puntitos brillantes de colores. Entonces se dio cuenta que había tenido un orgasmo.

Abrió sus ojos y conecto con la mirada aguda de Juan, quien gemía desesperadamente para tener su orgasmo. Ambos cayeron sobre la cama sudados. Juan al cabo de unos minutos le dice: «Estoy casado», y ella le responde: «No me sorprende, no estuvo del todo mal el sexo». Camelia saltó de la cama y le ofreció cerveza a Juan, él bebió un sorbo, comenzó a vestirse y se dirigió rápidamente al baño. Camelia observó una mancha café sobre la cama parecía suciedad que salió de los pies de Juan y olía fatal, y ella pensó: «Mi primer polvo en Madrid…, casado, impotente y con los pies sucios», luego se miró desnuda al espejo y dijo susurrando: «vamos por un nuevo polvo rico Camelia».

Juan cogió su bicicleta, se despidió de Camelia y cerró la puerta.

MI MADRE ROMPIÓ EL ENCANTO – Jenny Guevara Hammond

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Sentado al otro lado del salón, Marcos esperaba a mi jefe. Yo ignoraba su mirada oculta debajo del sombrero de vaquero, mientras me concentraba en el documento que por seguro editaba por la penúltima de la penúltima vez. Cortaba con tijeras fragmentos mecanografiados para añadirlos con pegante a un papel en blanco. Era la tecnología de «“cortar y pegar» de mis tiempos como secretaria bilingüe de un científico australiano. Seguía sus instrucciones de flechas, números y anotaciones a mano, consultando el diccionario para verificar la ortografía del inglés.

Marcos era un hacendado de Guatemala que había llegado al centro internacional, donde se llevaban a cabo investigaciones relacionadas con la modernización de la agricultura en ambientes tropicales. Las edificaciones, alejadas del bullicio de Cali, se desparramaban en una arquitectura moderna, inspirada en la época colonial de Colombia: paredes blancas, techos y baldosines rojos, arcos que se abrían a jardines interiores e inmensos campos sembrados de ensayos de frijoles, yuca, pastos o arroz. El centro acogía el desfile de extranjeros de todas partes del mundo por los anchos corredores. Algunos, como el holandés que se distinguía por su atuendo completo de safari, causaban curiosidad al principio, hasta que llegara uno nuevo.

Cuando levanté los ojos, sus botas puntudas de cuero claro y repujado rojo llenaban mi espacio visual, y el pie de la pierna cruzada relucía como culebra hipnotizada en su rodilla. Él me pilló mirándolo y nos sonreímos.

«Encantador de serpientes» pensé aguantando mis carcajadas.

— El tipo guatemalteco no necesita más hablar with me. Él querer gallinasearte —mi jefe me dijo en su spanglish, confirmándome la sospecha de que yo le gustaba.

La próxima vez que Marcos se apareció por la oficina, alargué la llamada que hacía por teléfono para darle tiempo a mi tiempo y detallarlo en una nueva luz. Me pareció más o menos guapo el mestizo claro de estatura mediana, sonrisa fácil que me recordaba de aquella visión de la culebra en su rodilla…

El domingo, Marcos llegó a mi casa con invitación a almorzar, portando una botella de vino. A mi familia le agradaba que trajera a mis amigos extranjeros, pues les daba la oportunidad de conocer a gentes de otras partes. Veintidós añitos yo tenía, y siendo la única hija y la mayor entre siete hijos, los mantenía curiosos por mi vida sentimental porque hasta el momento nada serio acontecía.

Mi padre almorzó de prisa, pues nada lo excusaría de asistir al partido de fútbol del domingo. Marcos nos encantaba describiendo su mundo, donde él era el rey, y dejaba que mis hermanos se probaran su sombrero de vaquero. Imaginábamos la hacienda de su familia en Guatemala, los caballos y mil cabezas de ganado que rondaban por los campos, siendo esa la razón por la cual él contrataba una asesoría en pastos. El rostro de mi madre radiaba de orgullo porque Marcos comió todo lo que le sirvió, repitió y se soltó en elogios celebrando su culinaria colombiana.

Sin embargo, cuando él se levantó al baño y sus pasos resonaron en el pasadizo, mis hermanos reían a carcajadas por los comentarios de mi hermano Rodrigo: —¡Puede matar cucarachas por los rincones con las puntas de esas botas!

Yos les rogaba que se calmaran antes de que Marcos regresara a la sala, hasta que mi mamá les clavó su mirada fulminante de madre.

—Con el permiso de ustedes, quiero invitar a Jenny a cenar en nuestra primera salida —habló, mirando a mi madre, cuando se despedía.

—Claro que sí. Voy de chaperón —Rodrigo respondió. Por supuesto aquello era su excusa, pues la tradición ya desaparecía. Y así, él justificó la cena en restaurante elegante.

— Muy culto el joven guatemalteco. Ojalá así fueran ustedes… que se riegan con burlas por cualquier pendejada —dijo mi madre.

—¡Ay mamá… imagínalo tirando paso en un baile con las puntas de esas botas! —Rodrigo exclamó.

—Bueno… ahí si le vendría bien al tipo cambiarse de zapatos —dijo ella.

Todos reían, menos yo…

En el restaurante, los vinos nos desinhibieron, y yo encontraba a Marcos más fascinante. Sin embargo, hubiera preferido que Rodrigo no estuviera, pues él siendo estudiante de agronomía le daba más cuerda a Marcos para hablar de su hacienda. Por debajo de la mesa, le di una patadita a mi hermano para que se callara. Entusiasmada en control de la conversación, le describía de nuestra salida con mis amigos a una discoteca para enseñarle a bailar salsa.

—Soy duro para el baile, pero la alegría de los colombianos anima… Yo me casaría contigo — dijo soltando una carcajada.

—No Conmigo. El campo me gusta para ir de paseo. Pero nunca me acostumbraría a tanta quietud.

—Te acostumbras a lo bueno… despertando a la salida del sol… olor del campo… mugido de vacas…desayuno bien temprano.

— Café y pandebono para mí a esa hora —dije yo.

—Y huevos… arroz…tortillas… frijoles…. fruta… tocino…

—¿Almuerzo al desayuno?

—Almuerzo liviano. Con la puesta del sol… cenamos de verdad.

—Tu mamá cocinando todo el día.

—No ella. Las sirvientas.

— Diferente de Cali… — me soltaba a ensalzar mi ciudad natal—, voy a llevarte al centro a callejear entre la romería de gentes. Eso si… sin cadena ni reloj… porque te roban. Me fascina el ruido de sirenas en el silencio de la noche. Debe ser porque de acuerdo a mi madre…. sonaban al mediodía cuando yo nací…

—…Jenny —me interrumpió, tomando mi mano—, voy por esa edad que mis padres demandan muchos nietos de mi parte.

—¿Cuántos? —le pregunté, devolviéndole la mirada enamorada, encantada por la visión de que cabalgamos juntos por el campo, mis botas y sombrero de vaquera…

— En mi casa… de los nacidos crecimos trece.

—¡Trece!

—Sí trece. Cinco varones. Ocho mujeres.

Sentí la patadita de Rodrigo por debajo de la mesa, y se la devolví.

—¿Trece… Marcos? ¡Uy no! Seis más que tiene mi mamá.

—… Nos gustan las familias grandes.

Era mi madre en mis pensamientos quien rompía el encanto arrastrando su prole de muchachitos. Le solté la mano.