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Yo, Penélope · María Villa Cámara Gómez

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Escucho la voz de Telemaco
entre vuelo de gaviotas,
sobrevivo a este incendio
que sangra estéril
sobre la escarcha.
Escucho la mar sobre el vacío
de rueca que engendra alfileres,
a Ulises y el minotauro,
hidra que traga salitre.
Apenas queda madeja
con la que tejer heridas
entre los juncos.
La savia como músculo estéril
sobrevivir a doce criadas
entre esta simiente
que crece en la orilla.
Y la aguja tiembla
fugazmente en el telar,
y resuena entre veleros:
Yo, Penélope.

Yo, Medusa · Montse Soria

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Queridas hermanas górgonas:

Abandono la idea lógica de sucumbir ante tal hecatombe hacia mi persona. La fuerza del océano es imparable y aún con ella hay pescadores que se echan a la mar. No puedo deciros que me sienta perdida después de muerta o que haya asumido que mis designios sean estos y yo deba ser lo que soy.

Tampoco voy a esperar a que la gracia mundana reconozca como reprobable lo que ayer fue honorable y justo. No me quedaré llorando mi triste destino ni esperando del cielo un para qué.

No hay más tiempo para mí así. Se acabó la falsa esperanza de una redención promovida desde el exterior. Seré yo quien haga sonar las trompetas, quien deje caer en esos cuerpos ateridos la experiencia de la iluminación. Dejaré que la tierra se ocupe de devorar el horror del descubrimiento. No proporcionaré bálsamo ni distracción.

Vosotras, que tanto me habéis llorado, hallaréis descanso en este equilibrio. No habrá sangre impuesta por una furia que me atormenta. Estoy en calma. Será la lucidez de las conciencias quien obre en cada quien y lo que un día estuviera desbordado o fuera escaso encuentre con ello su justa medida.

Quienes sobre mí impusieron abuso alcanzarán de inmediato una inevitable clarividencia que les obligará a mirar a los hechos de frente y sin remedio.

Al dios Poseidón, que me violó. A las diosas Atenea y Afrodita, que me castigaron por ser violada. A Perseo que me decapitó. A quienes, callados, participaron de exenciones y privilegios. Para todos ellos se impondrá una restitución y un orden.

No penéis más, hermanas. El momento de un nuevo equilibrio está cerca.

Mientras sigas a Artemisa · Violeta F. Sánchez Osuna

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Calisto, la del bello rostro, regresa a Pelasgia. Apenas era niña cuando había huido de la brutalidad del rey Licaón, su padre, cuyo fanatismo era tan exacerbado que ni los de su propia sangre estaban a salvo. Había buscado refugio entre las doncellas cazadoras, compañeras de Febe Artemisa, donde encontró la paz y la libertad que ansiaba. Solo una cosa les era requerida: como sirvientas de la diosa virgen, debían permanecer castas.

Artemisa es dulce con quienes la veneran, pero temible con quienes la ofenden. Para dejar su hermandad, las doncellas, antes de que la pasión las consuma, deben ofrecerle sus cabellos y sus túnicas virginales y abandonar la vida silvana. Invertir el orden pueden ser fatal. Artemisa es bondadosa, pero también la más vengativa de entre los olímpicos.

Mientras las muchachas de su cortejo la sigan, nadie les hará daño. La resplandeciente las protegerá de sátiros y centauros. Si no incumplen sus votos, la de ojos de corza les tenderá la mano. Mientras sigas a Artemisa, ningún mortal puede herirte.

Pero aquella, la de aquella noche, no había sido Artemisa.

Calisto no tuvo miedo cuando la despertó una mano sobre su hombro.

—Ven conmigo— susurró la divina cazadora.

Y Calisto la siguió hasta lo más profundo de la floresta. Dicen que mientras sigas a Artemisa, ningún mortal puede lastimarte. Pero la de aquella noche no había sido Artemisa. Tampoco un mortal.

Antes de que pudiera reaccionar, y demasiado lejos del campamento como para que eso sirviese de algo, la ninfa se encontró con el rostro barbudo de un hombre, pero tan parecido en rasgos y complexión a su amiga que no podía tratarse de otro que su padre: Zeus, el soberano de todos. Calisto sintió un terror mayor que cuando se encontraba con Licaón.

Durante semanas que se convirtieron en meses, la del bello rostro intentó ocultar a sus compañeras lo que había ocurrido, pero un vientre cada vez más abultado comenzaba a delatarla. Temía abandonar el grupo, pues quedaría a merced de la cólera de Hera, esposa de Zeus. Si la reina descubría (que lo haría, siempre lo hacía) de quién era el vástago que crecía en su interior, Calisto estaría perdida. Pero quedarse suponía exponerse a la ira de Artemisa, que podía ser más temible.

—Recuerda el castigo a Acteón por descubrirla en el baño —había dicho Opis—. Hizo que sus propios perros lo devorasen. ¡O el de Ctesila, muerta en el parto por incumplir un juramento!

Morir en el parto. Artemisa era también la protectora de los embarazos y los niños. ¿Y si era así como la castiga, condenando a su criatura a la muerte con ella?

—¡Ruégale perdón! —recomendó Aretusa.

¿Perdón? ¿Qué había hecho ella? No fue Calisto quien quebrantó su voto, se lo rompieron. Ella se defendió contra quien ni Febe tiene posibilidades.

—Es tu castigo por seductora —Aura siempre hacía gala de su superioridad y falta de sensibilidad.

Eso era imposible. Jamás lo había visto hasta aquella noche. ¿Cómo seducir a quien jamás has dedicado una palaba, un gesto, una sonrisa?

Debía huir. Esconderse de Artemisa y de Hera, ocultarse. Quizás volver a casa fuese una solución. Quizás el sangriento fervor religioso de su padre aplacase a las deidades rencorosas…

El sol ya se había ocultado, no podía avanzar. Haría noche junto a un manantial, estaba agotada y sedienta. La fuente le recordaba mucho a aquellas donde Artemisa disfrutaba bañándose. Calisto juntó las manos y se llevó un poco de agua fresca a la boca. Sobre la superficie de ese remanso cristalino se reflejaba una luna creciente, casi llena.

Algo se movió de entre los arbustos. Calisto se puso rápidamente de pie, alarmada. Está sola. Nadie podía protegerla. Una cierva joven saltó de entre las matas y se plantó frente a ella. Una cierva plateada.

“Te cacé”.

La del bello rostro sintió que el estómago se le volvió del revés. Vomitó el agua que había aliviado su sed, quedando el amargor de la hiel. El cuerpo entero le hervía, sus miembros se dislocaban, aumentaban de tamaño, en volumen. El pelo rubio y esponjoso se le encrespaba y endurecía, cada vez más oscuro, cubriéndole todo el cuerpo. El perfil se le alargaba, los dientes se afilaban. Gritó, pero solo un rugido acudió a su garganta. Cayó al suelo, agotada, a cuatro patas. Ya no era humana y nunca más lo sería.

Estaba perdida en su agonía, no comprendía el castigo. Sabía que Artemisa la encontraría, pero no esperaba ese fin: transformada en una monstruosa osa.

—Querida mía, mi amiga, mi hermana de caza— la olímpica, dejando su forma cervina, pasó sus firmes brazos en torno al cuello de la bestia, hundiendo amorosamente el rostro en el denso pelaje. —Sé lo que pasó. No puedes seguir con nosotras, pero no te voy a abandonar a la merced de Hera. Mi madre también sufrió en sus propias carnes su ira, tan solo contó con la ayuda de su hermana. Tu hermana de caza no va a abandonarte a ti tampoco. No tengo poder sobre la soberana del Olimpo, pero mientras tu hijo dependa de ti, estás bajo mi protección, la de la diosa de los embarazos y los niños. Después, dependerás de ti misma. Adiós, querida amiga. Que Tique siempre te sonría.

No era una maldición. Era una bendición. No tenía que volver con Licaón. Ahora era la criatura más poderosa del bosque, ni hombre ni fiera podrían hacerle frente. Estaba, de momento, también protegida también del odio divino. Bajo esa apariencia, Hera no podría reconocerla…

La luna creciente, casi llena, se reflejaba en la fuente. La luna creciente de las doncellas. La luna llena de las madres. Mientras sigas a Artemisa, no hay nada que temer.

¡No lo abras! · Cris Nogal

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Personajes
P.: Padre.
H.: Humana/ Heroína
D.: Diosa

P. -¡No lo abras! (dijo el Padre, escondiendo su semblante autoritario bajo el espesor de sus cejas grisáceas y la canosa barba)

H. -Es mío; he tardado años en conseguirlo. Quiero saber qué contiene. (Se aferra al objeto, tan prieto contra su pecho y cubierto por las telas de su ropaje que no se aprecia, si quiera, su forma)

P. -Te digo que no lo hagas; su contenido deberá quedar oculto por siempre. Terribles temores serán liberados si permitimos que lo que guarda campe libremente por el cielo de los dioses y el suelo de los hombres. El mundo se tambaleará, abocado al desastre, y no hallaremos remedio alguno que permita su recuperación.

H. -Conoces, entonces, su contenido; estás relacionado con él. Veo en tus ojos un destello, el reconocimiento de aquello que quisiste ocultar. He vagado por yermas tierras y navegado extensos mares, me he enfrentado a los monstruos más terribles; el destino que marcaste para mí se me queda pequeño. No condenaré esta vida al silencio ni al olvido, ni vaciaré mi experiencia de motivo y de sentido. La abriré.

P. -En contra de tu destino estarás actuando, si así obras. No fueron hechos para ti los saberes que contiene. Vuelve a casa con aquél que te desposó.

H. –No lo haré. Confíame lo que guarda en su interior. Si no lo haces, a ciegas me entregaré al deseo de saber, como lo sabios que nos mostraron los dones de la naturaleza y los secretos de los cielos. No permitiré que el conocimiento que oculta se silencie para siempre. Descubriré el saber que esconde, pues será mi recompensa a tan largo viaje y tantas penalidades.

P. -Tu expedición fue un error. Conozco bien los desafíos que te asediaron, pues yo fui responsable de todos ellos. Debías retroceder, apartarte del camino al que te encomendaste ciegamente. Tu obligación es la obediencia, el sustento y la compañía, pues no existe en ti la capacidad de la que te piensas poseedora.

H. -No me importan tus motivos, ya no más. Quiso mi sino que todo fuera diferente, y sabía de tu segura oposición. Así como logré salir del laberinto, en el que me encontraba constantemente con un reflejo propio del que sólo deseo huir, valiéndome de mi valentía y mi capacidad lograré hallar la manera de acceder a lo oculto. Tus impedimentos no harán más que encender en mí la llama del deseo.

P. -Pura fortuna, seguro, fue la causa de tu victoria en tales pruebas. Alguna divinidad se situó, sin duda, de tu parte.

H. -¿También cuando, enfrentándome al ímpetu de mi poseedor, utilicé mi astucia para vencer su brutalidad?; no es poca afrenta la fuerza de sus puños y la monstruosidad de su intención. Logré escapar, condenándole a una búsqueda eterna a través de su piel de piedra.

(Aparte) Estoy cansada de la constante humillación, de la intención eterna de doblegarme bajo el yugo cual juguete otorgado por los dioses, sin deseo ni voluntad.

(Dirigiéndose, de nuevo, al Padre) Tus palabras están vacías de mandatos para mí. Ya no recorreré el sendero que me indicaste como óptimo, con la excusa de ser el más adecuado a mi debilidad innata. Me he demostrado tener más fuerza de la que tú y el resto pensasteis; mucha más de la que nunca quisisteis que descubriera. He tomado mi decisión: quiero acceder a estos saberes encerrados.

P. -Los cielos te harán pagar tu pena si lo haces. Recuerda que sus designios siempre son certeros. Así como el pelida cumplió con su destino, y la más fiel de todas cosió y descosió sin descanso, lo que lo oculto entraña se muestra deseoso de ser liberado, tal es su mal genio y su despreocupado deseo.

H. -¿Pero qué hay de mí? No soy, pues, el pelida, pues no hallarás en mí la arrogancia de un guerrero ni el deseo de la fama eterna; tampoco soy la dócil esposa, pues la rueca y el hogar sólo me proporcionan hastío. ¿Quién soy, pues? Quizá dentro encuentre mi respuesta, quizá su contenido me muestre el camino que tanto ansío.

P. -No existe tal camino, pues así fue establecido al inicio de todo. Te condenaré a la pena eterna si me desobedeces. Como el Bienhechor, tu suplicio no cesará y mi intención nunca encontrará satisfacción.

H. -Ya no me importa, pues cualquier condena dotada de verdad es preferible al yugo eterno de la ignorancia, la sumisión y la impotencia. Me he decepcionado demasiadas veces como para que me importe lo que tú puedas hacer.

P. -Ábrelo entonces, y serás maldita para siempre.

H. -Podrás llamarme así, entonces, a partir de ahora. No renunciaré a la libertad de la decisión.

Lo abre, y todas sus expectativas se vieron superadas por lo que vio. Entendió, por fin, la verdad que había estado oculta, la que el Padre tanto luchó por esconder. Y entendió el porqué.

Al momento, unas cadenas brotaron del suelo, como enredaderas metálicas que apresaron su corporidad. El dolor en sus muñecas era soportable, pues, por primera vez, su espíritu era libre. Su mente conocía la verdad. Y todo su cuerpo, toda su esencia, aunque maldita, fue libre.

Aparece la Diosa en un carro alado, y con su ímpetu destruye las cadenas recién forjadas y libera a la injustamente presa.

D. –Tu curiosidad nunca debió ser castigada, sino tu deseo de libertad recompensado. No puedo eliminar la marca de la infame condena que ha sido infligida a tu cuerpo, pero sí animar a tu espíritu a la continuación de su empresa. Que los peligros que has vencido hasta ahora no caigan en el olvido, que no se haga la noche sobre tu ansia de libertad; que el yugo no sea un collar maldito anclado eterno a tu cuello. Te libero, como tú misma hiciste antes que yo.

La Diosa se aleja en su carro alado. El Padre se retira, airado. Ella avanza hasta salir de escena.

La curiosidad de Pandora · María Eugenia Bertone

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La historia cuenta que Zeus, estaba deseoso de vengarse de Prometeo por haber robado el fuego y dárselo a los humanos. Por eso presentó al hermano de este, Epimeteo una mujer llamada Pandora para que se case.

El dios modeló una imagen con arcilla y creó una figura de una hermosa doncella, semejante a las diosas inmortales. Afrodita le imprimió el don de la belleza, Hermes le dio astucia, Atenea le enseñó diversas artes y Hera le hizo el regalo que cambiaría la historia de los hombres por siempre: la curiosidad.

Como regalo de bodas, Pandora recibió de Zeus un misterioso pithos —una tinaja ovalada,— con instrucciones de no abrirlo bajo ningún concepto. Ella no olvidaba nunca el recipiente prohibido. Todos los días pensaba en lo que podía haber adentro. Anhelaba abrirlo, pero siempre por temor volvía a atar los cordones dorados y lo devolvía a su estante.

Pero una tarde cualquiera decidió tomar coraje y romper la tinaja para ver qué había dentro. Fue allí cuando de golpe escaparon de su interior las cuatro virtudes clásicas: la prudencia, la justicia, la templanza y el coraje. Cuando volvió a mirar, también quedaba en el fondo el espíritu de la esperanza.

Para su asombro había guardados bienes y no males. Los dioses habían desoído la indicación de Zeus y en vez de calamidades había puesto ayuda para los humanos. Gracias a Pandora y su curiosidad tenemos esas bondades.

El grito de las silenciadas · Virginia Villaplana

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Intenso, dulce y amargo a la vez.
Hoy es flora, aunque ayer fue humana
la melena de cuyo aroma emana
el eterno castigo de mujer.

Culpable al no dejar su corazón
a la merced de un conquistador macho,
no asombrada por el largo penacho
del dios de la belleza y perfección.

Culpable por no entregar su atractivo
al sordo y vetusto instinto animal
del mal llamado apolíneo y moral
que retumba en el patriarcado vivo.

Culpable por invocar con su huida
la ira viril, que busca un trofeo
en la consumación de su deseo
a expensas de una voluntad cohibida.

Al fraterno aullido la diosa Gea
acudió a enterrar el terror en su seno.
Mas no siendo las raíces un freno,
Apolo se coronó con su rea.

El Laurus nobilis está callado.
Pero… ¡ay, hojas de laurel divinas,
remedio natural antitoxinas!
¿Qué hombre imaginó vuestro calado?

Intensa, dulce y amarga a la vez.
Mi lengua destila la verde lágrima
que Dafne escondió por siglos en su ánima
y hoy aviva nuestro grito soez.

El grito de las silenciadas.

CÉNIDE Y IO · Rosa Estefanía Díez

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Anochece sobre Asia Menor.

Selene juega con Gea, ilumina los almendros y la tierra le devuelve su fulgor. Nada teme la una de la otra, han encontrado su sitio en el Universo. La alfalfa crecida oculta los restos del combate. Recorro los campos buscando a mi amiga Cénide. Escudos, corazas, miembros amputados. La sangre empapa mis sandalias. La batalla ha sido cruenta, pero ella es valerosa. Con Selene en lo alto, espero su vuelta en el abrazo de una encina. Mordisqueo una bellota y su amargor me recuerda la angustia de cada noche, hasta que la veo emerger entre los cuerpos que se recomponen de camino a la Laguna Estigia. Es tan diestra y tiene la piel tan dura que nada le daña.

Mientras se despoja de sus ropas de varón, me besa y se burla de mi zozobra. Nadie recuerda a Cénide oculta bajo los ropajes de Ceneo. Solo Poseidón comparte su secreto. A veces se acerca a visitarla. No me incomoda que disfrute de sus atributos, ni los gritos de placer en el silencio de la noche. Me desasosiegan los amaneceres, sus alientos mezclándose en los sueños plácidos. No temo a sus cuerpos, me duele la proximidad de sus almas.

Cénide se burla de mis celos, pero soy hija de Inaco, he crecido en la proximidad de sus orillas, en el arrullo de sus aguas calmadas y desconfío de los inmensos océanos, donde la tierra desaparece y las olas se convierten en remolinos mortales. Dudo de la honradez de Poseidón.

Sigo a Cénide allá donde vaya en busca de ejércitos a los que enfrentarse. No entiendo este afán por la lucha, por vencer cuerpos fibrosos llenos de ira, pero mi amiga no puede vivir sin la cercana presencia de la muerte y yo no puedo vivir sin ella, por eso recorro el mundo tras sus pasos.

Nadie entiende estos viajes alocados, y Zeus menos que nadie. Para eludir su ira, hemos hecho correr la voz de que un tábano me persigue y huyo para evitar su martirio, a veces disfrazada de vaca, a veces escondida tras la luna. Hermes ha ayudado difundiendo el bulo y Hera, que aprovecha cualquier ocasión para burlarse de su esposo, también está en el secreto.

Viajamos mucho. En todas partes hay humanos deseosos de darse muerte. Hemos alcanzado la cumbre del Monte Hemo, las orillas del Danubio y las llanuras de Etiopia. Contemplamos los limos del Nilo crecido y vimos pigmeos enfrentarse a grullas, altivas como lapitas. El Bósforo nos abrió sus brazos y nos sentimos como en casa. Si de verdad me persiguiera un tábano ya se habría vuelto loco.

La mañana del último día, mientras Helios transforma en oro las espigas, yo dejo marchar a Cénide sin un último beso. Poseidón acaba de abandonar su lecho y le vuelvo la cara, enrabietada, cuando busca mis labios.

Cuando oscurece, como cada noche, recorro los campos de alfalfa. Pregunto y nadie contesta. La sangre, mas viscosa que nunca, se mezcla con el barro e impide el avance de mis sandalias. Limo espeso como el del Nilo, lodo del Danubio. Con Selene en lo alto, emergen, entre las hierbas, lívidos guerreros. Una fila interminable de espectros de camino al Hades. Imploro a Hera, pero me temo que Zeus ha terminado por dar con nosotras. Fantasmas de ropas desgarradas pasan a mi lado, sin verme. En último lugar, Cénide, nunca más Ceneo, se dirige con paso cansado en busca de Caronte.

La nieve de un almendro me protege de la llovizna.

Siento en el cuello el picotazo de un tábano.

Circe · Chus Martín Bernardo

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Me dicen Circe y soy hija del Sol.

La suerte de mi linaje me concedió una vida de riquezas y privilegio, pero también la condena de una constante atención pública no solicitada. Para alguien de carácter introvertido como yo, la vida en sociedad se hizo insoportable y pronto opté por el aislamiento. Encontré mi lugar en una isla, sobre un promontorio mirando al mar, con mi personal de confianza como única compañía y rodeada de plantas y animales. Seres puros que no conspiraban, ni pretendían, ni manipulaban ni herían. Juntos convivíamos en paz.

La naturaleza fue mi refugio y las plantas se convirtieron en mi pasión. Las he estudiado y conozco bien sus propiedades curativas para el cuerpo y transformadoras para el alma.

En tu tiempo habría sido farmacéutica, boticaria o quizás científica o una experta botánica. Pero en el mío me consideraron una maga peligrosa y malvada, capaz de conjurar hechizos y convertir hombres en monstruos solo por capricho, despecho o venganza.

Posiblemente hayas oído cosas horribles sobre mí, porque ciertamente las dijeron y propagaron a los cuatro vientos. Mas ahora que se me da la oportunidad, os contaré lo que sucedió realmente durante aquel episodio que hizo mi figura mundialmente conocida trascendiendo fronteras tanto espaciales como temporales.

Aún me estremezco al recordar el desembarco en mi isla de aquella tripulación de marinos que, habiendo avistado mi casa desde la costa, acudieron a mi puerta buscando reponer fuerzas y curar sus heridas. Eran media docena de hombres hambrientos, cansados, sucios y con la piel ajada por el salitre y el sol con el que habían sido castigados durante sus largos meses de travesía.

Hice preparar comida en abundancia, carnes, frutas y verduras, dulces y vino para saciar su hambre y su sed. Les procuré aseo y ropa limpia y les ofrecí lugar para descansar.

Sin embargo, todo ello no pareció ser suficiente y una vez hubieron saciado sus necesidades más básicas, reclamaron también la satisfacción de sus más bajas pasiones. Uno de ellos acorraló a una de mis criadas y le despojó de su vestido violentamente. Mientras, otra intentaba huir en vano perseguida por otros dos marinos que la doblaban en tamaño. Una tercera lloraba agazapada en un rincón cuando otro la levantó en volandas sobre sus hombros.

¡Hombres ingratos y egoístas, que se creyeron los amos del mundo, con derecho sobre nuestras voluntades y nuestros cuerpos! No lo permitiría.

Años de estudio y experimentación habían consolidado mi conocimiento sobre las posibilidades que la misma naturaleza ofrece para la curación de las almas y sí, tal y como contaban los rumores, había conseguido obtener la esencia que convertía a los humanos en aquellos animales que mejor representaban su auténtica naturaleza: los más agresivos, leones, lobos los más salvajes, hienas los oportunistas y aquellos marinos… ellos resultaron transformados en cerdos al aspirar el gas resultante de combustionar la combinación perfecta de especias y plantas que solo yo conocía.

El efecto del gas era desde luego reversible y quienes pasaban por la experiencia y regresaban a la naturaleza humana, lo hacían elevados de espíritu y puros de corazón.

No era la primera vez que hacía uso de lo que la sabiduría popular denominaría hechizo y tampoco sería la última. El mundo era un lugar hostil para las mujeres que, como yo, no estaban dispuestas a plegarse a los cánones tan limitantes que se nos imponían desde el nacimiento y mi conocimiento de la ciencia natural era mi forma de protección frente a la hostilidad que me rodeaba.

Uno de los marinos que se había separado del resto en aquel momento, escapó de allí al ver lo que les había sucedido a sus compañeros y no tardó en regresar del barco acompañado de Odiseo, el hombre a cargo de la tripulación.

Odiseo se presentó ante mí con la espada desenvainada, exigiendo la liberación de sus hombres, con la seguridad de quien se sabe más fuerte y la arrogancia de quien se cree superior. “¡Devuelve a mis hombres a su forma humana inmediatamente, bruja!” me ordenó. “No conseguirás hechizarme. Hermes me ha dado un antídoto y tu brujería no tendrá efecto sobre mí. Hazlo ahora o te mataré”.

Conocía mil y una maneras de reducirlo, pero no era mi intención en absoluto, salvo que viera que mi vida corría verdadero peligro. Comprendía perfectamente su reacción. Yo habría hecho lo mismo en su lugar. Al fin y al cabo, se acababa de quedar sin tripulación y después de tanto tiempo juntos en la mar no solo eran para él mano de obra sino también amigos e incluso familia. Pero él no sabía lo que había acontecido en mi casa unos minutos antes.

“No temas, no pretendo hacerte daño. Los devolveré a su estado original, te lo prometo. Pero antes quiero que escuches los motivos que me llevaron a hacer lo que hice”. La promesa de avenirme a sus deseos a tan bajo coste y mi tono conciliador consiguieron tornar su agresividad en curiosidad y aceptó tomar asiento. Llamé a mis criadas y ellas, entre llantos, le contaron lo sucedido con todo el detalle del que fueron capaces.

Terminado el relato me dispuse a revertir el efecto de la pócima pero Odiseo, agarrándome suavemente del brazo, me frenó. Se había hecho ya de noche y necesitaba descansar y pensar sobre todo lo que había visto y oído.

Sobre el resto de la historia se ha escrito mucho ya y bueno, a grandes rasgos, es casi todo cierto. Odiseo se quedó junto a mí durante más o menos un año. Fascinado quizás por mi forma tan poco convencional de entender la vida, postergaba el momento de su marcha con las excusas más inverosímiles: el viento no es favorable, dicen que hay tormentas en alta mar… Yo disfrutaba de su compañía porque es fácil sentirse bien con alguien que admira tu independencia y determinación, que respeta tu espacio, tu discurso, tus silencios… sin juzgar, intentando comprender…

El nuestro fue amor verdadero. Le echo de menos cada día.

Carnaval del Odio fruto del Amor · MrSistaFridahLaCalohZ

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Y dijo Dios: Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Pero es mejor sembrar Paz, cosechar Esperanza, repartir Amor y así poder Ser Feliz.

La máscara de cristal se rompe y nace una nueva piel, idéntica a la anterior y más regenerada. Con Áloe Vera, claro.

Diosa de Ébano, perfumada de Karithé. Venus, Afrodita, Anacaona o Celia CruZ al más puro estilo de Carnaval. Sí, el de alegría, color y felicidad. Pantera, black Queen, Nina Simone al más puro estilo Lauryn Hill y su amado Zion. Dura como el acero, cálido latir del tambor de su corazón.

Así como la vida, siempre palante eh? Nunca patrás.. ni pa coger impulso..Porque la vida es un contratiempo, hay que reír, disfrutar, cantar, soñar, bailar.. ¡¡Carnaval!!

Eva se comió la manzana. Sí..Me cuesta admitir que todo está bien. Porque mis propios ojos pueden ver a través de todas tus falsas pretensiones.

Ilusiones cosmonautas, mundo de ilusiones perdidas, ¡!cómico, irónico, hipócrita, satírico…!¡

Y todos dice Ámame como Soy. Pero primero hay que amarse a un@ mism@.

Esperáis de l@s demás lo que no sabéis encontrar en vosotr@s mism@s. Ponéis vuestras ilusiones, expectativas, impureza, aires de grandeza, opresión por placer…

¿El placer de sentir poder? Pero no, señor@s, hay cosas que no las compra el dinero. Eso tan falso y embustero. El dinero llama a la lujuria, al deseo, a la falsedad y al desespero..

¿Crees que nuestras vidas son baratas y fáciles de desperdiciar? Vemos como la historia se repite una y otra, y otra vez. Tan dolorosa. Saco de soledad y flaqueza tras una cortina, a veces de humo, de constante sonrisa y paz.

Spike, por favor, cierra luces y repetimos. Dos, como las natillas, repetimos. Sí, ¡como yo no hay dos!

Ahora sí, luces… Reply: She’s…Nora Darling… Caballero, plis…

Fin

Pd: Almas oscuras repletas de color, de calor, del amor de mi Reina Maya. Mi Ángel Ou… Yeah man mi Angelú..

OOk, ¿un andalú? No, nosotr@s un Al andalú con mucho compás, echura y sabrosura en su andar. Adoro el paso elegante y tranquilo de su caminar. Danzar avanzando alegremente el tic tac del barquito de arena. Me miran siempre al pasar, se me acercan despacito, como las olas del mar.

Por siempre tú, apetecible Niña de Gran Vía, su corazón con el mío a punto de naufragar. Como un barquito de arena me miras siempre al pasar. Solo con la ayuda del tiempo, el corazón se sanará. Que corra el aire y todo se lleve para que todo vuelva.

Porque yo tengo un sueño, sí, aún tengo un sueño. ¿Tú corazón con el mío a Punto de naufragar? Jajaja

Locura. Si mi corazón hablara..

La noche loca espera la luz de la mañana para ver qué hacer con ella. Qué tristeza por los que se fueron, aquellos que todo lo perdieron.

Yo voy a ser lo que yo quiera, arrastra, regenera.

Quiéreme un poco más queriéndote como si mi corazón te diera yo.

Polémica, polifacética, artista, auténtica, transparente, pura, cristalina, clara, necesaria…¿Un poco más? Yo no tendría dudas… Jajaja Mucho Love, One Love, always.

Isacais la mui.

Firmado,

MrSistaFridahLaCalohZ

Cénide · Isabel Domínguez Luque

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Desde que cumplí 4 años, he sido testigo de la misma historia por parte de mi madre a un sinfín de interlocutores dispares. La anécdota dice así: tenía yo unos dos años cuando fuimos por primera vez a la playa. Se trataba de una cala recóndita en un pueblo muy tranquilo de Málaga. Según tengo entendido, apenas puse un pie en la arena templada, eché a correr a trompicones –¡cómo abría los muslos regordetes!, se reiría ella al recordarlo– y me dirigí, con toda la firmeza de la que disponía, hacia la orilla espumosa. Mamá me siguió bien de cerca mientras papá iba preparando toallas, sombrillas, mesas plegables y el almuerzo. Cuando las lenguas de agua salada lamieron mis pies, caí sentada de la impresión. ¡Cómo miraba el mar! Los ojos grandes y brillantes como las luces de un faro. Aquí mamá siempre hacía una breve pausa, y la mirada parecía volvérsele hacia dentro y buscar una imagen que le erizaba el vello de los brazos. Tras aquella primera impresión, mis manos comenzaron a agarrar las minúsculas olas que nacían y cubrían la arena húmeda. Esperaba atentamente a la siguiente y con ímpetu cernía mis garras en torno al agua, pero solamente conseguía capturar granos de arena que me arañaban las palmas. Traté de no perder la calma –pero terminaste berreando y gruñendo al cuarto intento–. Calla, mamá, intento dar mi versión de los hechos. Terminé resignándome a la idea de que el mar es una de esas pocas cosas que la vida no consiente fragmentar y guardar como souvenir. Mamá puso una silla junto a mí, con sus pies remojados en el agua fresca, y se puso a leer un viejo libro. La miraba cada dos por tres, jurao’, pero es que aquello fue visto y no visto, una ola vino bravía y tragó a mi pobre niña en un santiamén. En este punto del relato, el ceño se te fruncía levemente, y supe que un pequeño pellizco te oprimía el pecho al recordar lo que pudo haber pasado y –gracias a Dios, suspiraba hondo– no fue. El salitre me inflamó las fosas nasales y comencé a toser y llorar con los ojos abrasados. Mamá me cogió en brazos inmediatamente y me comenzó a enjuagar con agua embotellada toda la carita. Me sostuvo en la tumbona una hora entera, calmando mi cuerpo aún sacudido por el susto, tarareando una vieja canción que hoy me viene en los días lluviosos:

La pequeña criatura de zapatos d’amapola
iba cantando por el camino con su pañuelo
se la escuchaba desde las casas
hasta bien entrada l’aurora
¿quién a esta criatura y
a su congoja dará consuelo?

Y desde aquel día, recuerdo tener un miedo paralizante al mar y su oleaje. Me recorre cuando lo pienso un estremecimiento gélido y gris la nuca, y ahí se ancla para generarme un dolor de cabeza insoportable. Anduve evitando la costa hasta bien entrados mis veinte años. Qué batallas campales para decidir las vacaciones cada verano, ¿verdad, mamá? Todo cambió el mayo que decidimos visitar Córdoba. Recorrimos la ciudad de norte a sur, pero fue en el Alcázar de los Reyes Cristianos donde vi un mosaico que me hipnotizó. La cabeza de Medusa pendiendo en el aire, arrancada de su cuerpo. Investigué acerca de la historia de Medusa y ésta me condujo inevitablemente a Poseidón: dios marino que viajaba en una majestuosa cuadriga tirada por caballos. Dios tan infiel como Zeus, que procreó con cuantas mujeres, diosas y ninfas tuvo oportunidad. En cuanto a mitos griegos nunca he conocido mucho, pero con este personaje en concreto llegué a obsesionarme. Es una curiosidad morbosa, por todo el miedo que le tienes al mar, solías decir las tardes de calor húmedo. Consulté libros, fuentes, museos. Leí cada peripecia que se atribuía a su figura: desde terremotos y tormentas marinas hasta exigir el sacrificio del mejor toro a Minos, rey de Creta. Sin embargo, hubo una fuente en concreto que me dejó paralizada. Se trata de una antigua epopeya desconocida que citaba una autora. El fragmento narra la historia Cénide y Poseidón. Transcribo aquí:

Cénide, la más resplandeciente hija de Élato,
en la ciudad de Tesalia codiciada por todo varón,
mas desdeñosa ella de pretendientes y celosa de su intimidad,
yacía una mañana en una recóndita playa: el sol dorando su cuerpo.
Fue entonces cuando, bravío y poderoso, se alzó Poseidón
y tomó el goce que anhelaba de su vientre,
como jamás consintió ella con ningún otro hombre.
Le concedió para compensarla en su infinita herida
cualquier deseo que desde su corazón escapara de sus labios
y pidió ella tornar su naturaleza en la antítesis de la feminidad
y ser hombre, equivalente de poder y la vida propia.
Conforme la voz le abandonaba el cuerpo, se fue agravando
y transmutando su osamenta en la virilidad enraizada.
Su cuerpo de mujer quedó escondido, impenetrable,
y él sería ahora invencible ante todo mal.
Así nació Céneo,
de las entrañas mismas de una mujer enterrada.
Y cuentan que así murió,
quedando inmaculado su cuerpo de mujer.
Pocas leyendas cuentan que la unión de Poseidón
le dejó un remanso de fecundas semillas en el vientre
todas ellas femeninas, que Céneo fue sembrando
en las mujeres con las que yació.
Parieron éstas a hembras con alma divina
y una fuerza torrencial que derramaron durante siglos.
Pudo nacer de tal herida una mujer nueva:
indómita y alzada contra las suelas de sus coetáneos.

Leer aquello produjo un cambio en mi vida. Me gusta imaginar que esa semilla fue transmitiéndose de forma secular hasta nuestro tiempo, creando una estirpe de mujeres empoderadas que continuaremos el legado. Sí, me gusta imaginarlo así mientras me adentro hoy en el mar por segunda vez.

 

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