DOS VERSIONES – Vanesa Marco

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—Voy a follarte como no te han follado nunca.

Se suponía que aquellas palabras debían augurar un momento jodidamente sexy. Se suponía, por supuesto, porque no podría describir la cara que se me quedó cuando le vi aparecer segundos después.

 

La noche en la que conocí a Número tres pintaba desastre desde que puse un pie en la fiesta de mi mejor amiga. Música alta, vasos de plástico en el suelo y desconocidos. Demasiados desconocidos. Y, junto a la mesa de la cocina, él. Pablo, David, Kevin, Adrián, Número tres. Cualquiera de esos nombres podría haber sido el suyo.

—Tenía la sensación de que íbamos a encontrarnos —pronunció cuando se cruzaron nuestros ojos—. Te he visto mirarme desde la entrada.

Me reí. Por supuesto que me reí. Y decidí guardarle en mi memoria como Número tres. Por pensar que él era mi única opción cuando no era ni la segunda.

Me invitó a una copa, a un baile y luego a otra copa. A mí me gustaban sus ojos, completamente negros, casi tanto como a él le gustaba mirarme de arriba abajo. Él aprovechaba cualquier excusa para acercarse y hablarme al oído. Cada vez más cerca. Cada vez siendo menos desconocidos y más personas que quieren descubrirse en todos los sentidos posibles. Primero fue que la música estaba muy alta, luego que alguien le había empujado y después que había demasiada gente y no podía separarse.

Entre palabras bonitas y sonrisas torcidas, acabamos en la habitación de invitados de aquella casa. Me dejé caer sobre la cama mientras él respiraba con fuerza, seguramente por la falta de aire tras nuestro último beso.

—Espera aquí. Ahora mismo vengo.

Sus palabras fueron poco más que un susurro antes de salir por la puerta.

Cosas de chicos, supuse. Decidí aprovechar la oportunidad y darle una sorpresa para cuando volviera a la habitación. Me deshice de mi camisa, los zapatos y los vaqueros y me senté al borde de aquella cama. Me moría de ganas de ver la cara de tonto que se le pondría al volver. Cómo me miraría, cuántos segundos tardaría en acercarse a mí y, sobre todo, cómo se le caería esa fachada de chico malo con la que había cargado toda la noche.

—Voy a follarte como no te han follado nunca. —Su voz se escuchó desde el otro lado de la puerta al mismo tiempo que esta se abría con una lentitud que se me hizo eterna.

Hubo reacción por su parte al verme, sí, pero también por la mía.

Frente a mí, el chico de ojos negros que me había encandilado aquella noche ahora se encontraba vestido de… vaquero. De vaquero del Oeste, para ser específicos. Ataviado únicamente con unos pantalones marrones y un sombrero a juego y sujetando en una de sus manos una cuerda.

Sus ojos me recorrieron de arriba abajo una vez más, borrando toda sonrisa de su rostro. Y, al mismo tiempo, también del mío. ¿Qué coño se suponía que estaba ocurriendo? Abrí la boca para preguntar, pero él se me adelantó.

—Veo que me has echado de menos.

—¿Perdón?

—No te preocupes, no voy a hacerte esperar más. —Acompañó sus palabras de un guiño y yo me pregunté una vez más si era la única persona que estaba cuerda en aquella habitación.

Tres segundos. Tres segundos era el tiempo que había conseguido quitarle la tontería. Tan solo tres segundos y ya había vuelto a ser el chico arrogante, ahora vestido de vaquero.

Decidí arriesgarme y pensar que era una experiencia más. Que ya estaba empezado y no pasaba nada por acabarlo. Me puse en pie y, concentrándome únicamente en su rostro, me acerqué a él.

—Tira la cuerda esa.

—Es un lazo.

—Me da igual.

Sus manos me agarraban como si pensara que fuera a caerme si no me sujetaba con fuerza. Pronunció algunas palabras más, que yo callé pegando mi boca a la suya, y nos enredamos en unas sábanas que guardarían nuestra historia.

Número tres lo hacía todo con seguridad, como si supiera exactamente lo que quería y cuándo. Una pena que estuviera completamente equivocado. Aguanté pensando que quizá si cerraba los ojos aquello no era tan real. Que quizá, si solo me concentraba en el tacto, podía imaginar que era quien yo quisiera que fuera. Hasta que su mano me hizo abrir los ojos.

—¿Qué coño haces? —pregunté, apartando sus manos de mi cuerpo.

Él sonrió en la oscuridad, elevando una de las comisuras de sus labios.

—A las chicas os encanta esto.

—Soy una chica —bufé—. Y no me gusta.

—Tienes que quedarte quieta. Verás cómo…

No le dejé terminar la frase.

—O dejas de hacerlo o te consuelas con tu cuerda del Todo a cien.

—Es un lazo.

Por primera vez, su voz no fue más que un susurro tímido.

Puse los ojos en blanco y cogí su mano con la mía. Alguien debía enseñar a aquel idiota a escuchar a una mujer, o volvería a hacer aquello con la próxima con la que se acostara. Por suerte, Número tres no volvió a protestar en lo que duró aquello. Se dejó guiar por mí, haciendo caso a los consejos que pronunciaba, y sonrió con satisfacción cuando consiguió que ambos tuviéramos un final feliz.

No volví a saber mucho más de Número tres, salvo por los rumores que llegaron a mis oídos al día siguiente. Por lo visto la historia de aquella noche había viajado de boca en boca. Una misma noche con dos versiones diferentes. La suya, la del chico que hizo pasar a una desconocida la mejor noche de su vida. La mía, un polvo cualquiera que casi prefería no recordar.

SIETE DÍAS – Ana Veiga

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Estoy loca, pensó. Estamos bien.

Clara se levantó de la cama y se quitó el pijama tras una semana en una especie de coma depresivo. En mitad de la pandemia, no podía evitar poner el foco en su relación de pareja porque era lo que veía todos los días sobre la mesa. Y era justo en lo que menos quería pensar. Estaba más ansiosa que nunca así que, casi a diario, se embutía a donuts a escondidas de su novio para calmarse.

La ansiedad, se decía.

Aunque cada mordisco aumentaba ese dolor en el pecho que la partía en dos y le había vomitar un poco de alma cada mañana.

Es una puta pandemia y tengo suerte de estar bien.

Aunque en realidad, no se sentía bien. El hecho de esconderse para comer hacía que se sintiera aún peor y cada vez más lejos de él y de sí misma. Solía acostarse sola en la cama mientras él se quedaba viendo series en otra habitación y empezaba a contar los días que llevaban sin follar. Un, dos, tres… el límite que se había puesto era siete. Siete días sin que le apeteciera follar y sin insinuarse. Si pasaba de la semana, empezaba a replantearse si su relación estaba sana. Muchas amigas le habían dicho joder, no está nada mal para llevar diez años juntos. ¿No estaba mal?

Barruntaba constantemente si era normal. Si el sexo semanal era normal, si su peso era normal, si lo era su profesión, sus aficiones, sus ganas de comer, su desgana de salir, su aversión a las multitudes, su perro dependiente, sus libretas sin usar, sus sueños sin cumplir… si ella era normal.

Es normal agobiarse en el confinamiento, repetía como un mantra.

Pero en el fondo sabía que esto venía de antes. El mantra no contenía la sed de respuestas a las preguntas que se amontonaban en su cabeza en círculos concéntricos. Así que Clara trataba de centrarse en una única idea para intentar reducir la ansiedad: tenemos una vida sexual saludable.

¿La tenemos? La tenemos. ¿Seguro? espetaba una voz interior.

Se había marcado ese listón pero, en realidad, follar los sábados no le parecía suficiente. Quizá no era cuestión de cantidad sino del poder de decisión, de saciar los instintos y no de impostarlos. Normalmente la intimidad física no llegaba cuando ella quería sino cuando él lo deseaba. No es que la forzara, sino que ella se ofrecía y él rechazaba y la dejaba anhelando el contacto humano hasta que él le rozaba un muslo o una nalga y le miraba con cara de ¿vamos? Ella iba, porque necesitaba ese contacto aunque quizá no en ese momento sino tres días atrás.

Se deslizaba en la cama y se desvestía completamente. Él hacía lo propio en su lado de la cama. Quítate los calcetines, susurraba ella intentando dulcificar el tono para que la llamada de sirena surtiera efecto. No lo hacía. Ya sabes que si no tengo frío. A veces esto era un juego entre ellos como quien inicia una pelea de cosquillas. Otras, solo era otra forma en que Clara sentía que no la escuchaba; o peor, que la oía pero ignoraba.

Ambos entraban en la cama deshecha de varias noches. Dios, otra vez no ha hecho la cama; bueno, venga, céntrate, Clara. Y empezaba el ritual como siempre, con su un, dos, tres propio de un vals aprendido hace una década.

Bajo la sábana, él acercaba la apretaba contra sí. Le daba un beso, sin lengua, pulcro, mientras bajaba la mano hasta su clítoris y empezaba a rozarla despacio. Ella le pedía un poco de lengua; a veces tenía suerte, la mayoría no. Él desplazaba su dedo arriba y debajo de su sexo mientras Clara lo rozaba con la mano en la barriga. Ay estás muy fría, chillaba él. Ella siempre había tenido las manos frías, así que acabó por no intentar tocarle. Algún día que las notaba más templadas, hacía pequeños acercamientos a su pene aún flácido. Mejor no, prefiero tocarte yo que tú me haces daño. Y ella sentía que no sabía, que no podía, que no debía… que su objetivo en el baile erótico era ser objeto pero no sujeto. A veces, era un alivio porque eso le permitía ser egoísta y centrarse en su propio orgasmo que —sí, por suerte— conseguía casi cada vez. Otras, minaba su ya tocada autoestima.

Todo era peor los días de sol, cuando los rayos de luz diurna se filtraban en la habitación a través de las persianas. Como vivían en horarios inversos —él era ave nocturna y ella necesitaba la luz como el comer del que tanto abusaba—, solían follar por la tarde. Clara intentaba que fuera lo más tarde posible para que entrara menos claridad y él viera su cuerpo lo menos posible.

Espera, déjame coger un poco de sábana que tengo frío.

No era frío sino vergüenza. Cuando se acostaba, siempre trataba de taparse con una sábana la zona de los michelines. Si no funcionaba, estiraba el brazo para que tapara la visión de la zona abdominal mientras recogía la punta del pie para que la pierna se estilizara. Puede que él la quisiera pero ella no se quería y mirar su propio cuerpo era su mayor inhibidor del deseo. Bastaba un vistazo a su muslo de talla 48 para que se le quitasen las ganas de seguir acercándose a él. Pero no se lo decía, porque temía que esta explicación provocara en él la misma reacción y los siete días pasaran a catorce.

Entonces terminaba el baile y Clara se iba a comer, escondida, en una esquina de una cocina a oscuras mientras él se limpiaba y se ponía un capítulo más en el salón. Faltaban siete días para el próximo encuentro. Estoy loca, por qué me preocupo, siete días es lo normal. Y se ponía el pijama una semana, hasta que él le decía de nuevo ¿vamos? Y ella iba.

CORAZÓN – Sonia Aldama Muñoz

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Ellas muestran el dedo que late lúcido, lícito de permanecer erguido para exigir su condición libertaria, dedo regado en gozo y derecho al éxtasis, y de sus manos acostumbradas al peso de los ojos de hijas, hijos, crece el reclamo de gemidos sin lamento, el volcánico manantial de aguacero que ya no cesa.

Ellas aúllan a los lobos de otras noches, inspiradas por la avidez de un vientre ya solo cubierto por piel de iguales. Y bucean hasta el vértice de párpados saciados de placer.

 

AMOR PLATÓNICO VERSUS – Gisela Mato

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La tía buena de la última fila está intentando copiar del que se sienta delante, un gentleman de instituto. Él baja el hombro aguardando en secreto que ese favor le reporte otros. Mientras, la gorda que se sienta a su derecha no le quita ojo de la entrepierna y él juraría que se está relamiendo como una piraña ante un solomillo.

El gentleman, empalmado, oye a la de atrás respirando aceleradamente en su cogote, porque solo quedan cinco minutos para entregar el examen y se sabe que las tías buenas hiperventilan cuando copian. En cuanto suena el timbre, él se levanta y corre hacia el baño a hacerse una buena paja. En veinte segundos vacía sus testículos imaginando que descarga en la cara de la tía buena, imaginándose que le azota la cara con su verga de caballero. Al salir, no espera encontrarse a la gorda que no le quita ojo desde principios de curso o incluso desde primaria. Se ha pintado una raya negra bajo el ojo y lleva una falda de tul, como de bailarina de los ochenta pero en una talla cincuenta y dos. El escote es excesivo, incluso para una chica de quince años. Quiere rodearla para salir pero la chica se planta delante de la puerta, como un armario empotrado. Lo empuja dentro del baño y cierra la puerta de una coz. Él juraría que se está mordiendo el labio como una guarrilla de discoteca.

Sin poder reaccionar, ve a la gorda bajándole la bragueta, y cogerle la polla, pequeña y arrugada, dolorida casi, con la boca abierta. En ese momento tiene ganas de suicidarse. Toda una vida soñando con una mamada y para una vez que le va a tocar el premio gordo no se le levanta. Aunque no sabe si es porque acaba de correrse como un campeón o porque la gorda carece totalmente de sex appeal. En todo caso, se alegra de no estar a la altura de las expectativas e intenta zafarse. Algunas mujeres no entienden un no por respuesta, así que de otro empujón ella lo sienta sobre el retrete, se remanga la falda y se sienta sobre sus piernas, frotándose contra su muslo con una violencia inexplicable. Él está inmóvil, paralizado por la situación. Solo desea que acabe pronto, le está doliendo la pierna. La gorda empieza a jadear como una locomotora en marcha y acelera progresivamente. Le coge las manos y se las pone sobre las tetas. Sin soltárselas, comienza a restregárselas en círculos concéntricos. Luego le mete a él los dedos en la boca. Entra y sale de su boca como si se lo estuviese follando por ahí también y enseguida le acerca de nuevo las tetas. La gorda intenta que sus dos pezones sean lamidos a un tiempo y empuja tanto y tan fuerte que a él le dan arcadas y acaba tosiendo con la cara de medio lado. Finalmente, parece que ella termina, prolonga los últimos roces, arrastrándose sobre sus muslos cual babosa sobre hoja de higuera. Pero lejos de liberarlo, la gorda vuelve al movimiento y rápidamente se embala de nuevo. Él no entiende nada, solo siente que su cara es azotada de pronto por las tetas enormes y casi no puede respirar. La pierna le empieza a flojear tanto que está al borde del desmayo pero ella sigue frotándose contra él y rebuznando como si hubiese encontrado alfalfa de la buena.

Ella se corre de nuevo o quizás ya se haya corrido tres o cuatro veces más, cuando de pronto se levanta, lo coge por las solapas y como si fuera un trapo o un muñeco hinchable, lo sienta en el suelo y se quita las bragas. No se lo puede creer, ¡quiere que le coma el coño! Empieza a decir que no con la cabeza pero desaparece bajo el tul de su falda y no hay escapatoria. Ella con buena puntería aterriza su clítoris, hinchado como una pelota de tenis, contra la boca de él. Se frota contra sus labios para animarle pero él se resiste y los mantiene sellados. Ella, inaccesible al desaliento, le agarra la cabeza con las dos manos y comienza a embestirle. La nariz del gentleman se convierte así en micropene improvisado. Al abrir la boca para respirar, la lengua se le enreda en una maraña de vello y pis rancio, y le entran arcadas de nuevo. Siente que es posible que muera de apnea, esa misma mañana, en el váter del instituto. Pero antes de que pase al fundido negro, la tía se ha corrido otras dos o tres veces más y al fin se retira, tranquila como una ballena varada. Se sube la braga sonriendo y cogiéndole de la barbilla le dice:

—Hasta mañana, amor.

Cierra la puerta tras ella, con un gesto que se quiere sexy y desenvuelto.

Él se levanta aturdido, desorientado. Mañana no. Ni nunca. No quiere volver a ser follado en el váter de los tíos, mientras todos los demás están en clase de física. Intenta reponer fuerzas porque cuando salga, correrá hasta dejarse el tuétano sobre la acera. Entrará en casa como un relámpago y se meterá en la ducha. Su madre se extrañará y le preguntará a través de la puerta si está bien, por qué llega tan tarde, si ha bebido o qué. Y él se enjabonará durante horas, se quedará a remojo en el agua caliente hasta que todo desaparezca, incluso sus lágrimas.

 

SIN EL SOFÁ ESTOY MEJOR – Loreley

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El joven moreno entró al salón, sonriendo. Se acercó a saludarme; mi cuerpo y mi mente giraron, y el desconcierto se apoderó de mí.

Debía correr hacia una cabina telefónica, y llamar a Rodrigo.

Sí, llamar a Rodrigo con urgencia, y decirle que nuestra relación había terminado. No podía esperar más, debía correr hacia el teléfono que se escondía en el rincón del parque, y contarle lo que acababa de experimentar. Lo que sentí, en ese momento, no se comparaba con lo que sentía cuando Rodrigo estaba frente a mí.

Yo no le escondía nada a Rodrigo, por eso era urgente avisarle lo sucedido.

Rodrigo ya no tendría que ir a esperarme al viejo terminal de buses, ya que, la que regresaría, no sería yo. La mujer que inició el viaje no era infiel; la mujer que regresaría contaría como gesto heroico la hazaña vivida en el norte. La mujer, que dejó la ciudad sureña, siempre esperaba a su novio, en el sofá de su hogar. La mujer que regresaría, sería una mujer que iría por más.

Era urgente avisarle a Rodrigo, que el joven moreno tenía labios gruesos y carnosos; y yo solo deseaba desgarrárselos.

Se hacía necesario que Rodrigo corriera hacia el teléfono esa noche.

Necesitaba contarle que estaba confundida, como siempre quise estarlo.

¡No quise más a ese tal Rodrigo!, a ese que vivía en el sur, y que no quería desnudarse para mí. Rodrigo decía que me amaba. Claro qué me amaba.

¡Me amaba, pero solo en el sofá de mi casa!

Así, ¿quién no ama?

Dos años junto a Rodrigo. Dos años sentados en el sofá, inventando momentos e historias que no llegaron. Dos años en la misma posición. Él penetrándome por instantes, y yo soñando por más. Él acariciando mi ombligo, y yo soñando mi libertad. El creyéndose el dueño de mis pezones, y yo deseando que algún día las espinas de mi puercoespín, lo hiciesen correr; y pedir salir de aquel sofá.

Me aburrí, y viajé hacia el norte. En el norte, siempre estuvo mi norte. Y quedé atrapada en un enredo de emociones, que me encantaba.

Rodrigo me había prometido, que estaría atento a mis llamados. Yo, solo intentaría advertirle de su futuro. Intentaría comunicarle que estaba en peligro.

Luego que salí de la casa del joven moreno, la brisa del mar enfrió mi piel, corrí a la playa, y me tendí. Pasé horas acariciándome entre la arena, y recordando la presión de esos labios en mi mejilla. La arena jugaba entre mis vellos púbicos, mientras tarareaba canciones sangrientas.

Cuando la ansiedad de la noche había pasado, caminé hacia el teléfono. Marqué dos veces el número.

Rodrigo no estaba en su casa, me engañó. Tantas veces repitió que siempre estaría para mí.

Esta situación bastó, para que el destino cambiara la historia.

En vez de volver al hotel, corrí hacia la casa del joven moreno de labios jugosos. Cuando llegué al lugar, salté una reja, y toqué suavemente la puerta, él abrió su ventana, y me ayudó a entrar.

Me preguntó: ¿Qué haces aquí?

Le respondí: Me perdí, aún no conozco la ciudad, y vengo a destrozarte con las espinas que traigo escondidas.

En ese momento, mis sentidos despertaron, y no se pusieron pijama.

Lo que pasó esa noche nortina, me transformó en una amante de los cactus, de lo inhóspito, del desierto, de los lagartos, de los labios gruesos, de las uñas pintadas, de los labios delgados, de las lenguas porosas, de los labios rojos, de los largos dedos, del sudor, de la improvisación y de los viajes.

Volví a mi ciudad, meses después.

Rodrigo me esperaba con flores, y yo le entregué una mentira.

Rodrigo lloró y lloró. Tanto lloró, que tuvo la intención de inundar con sus lágrimas, mi vagina. Tanto lloró que cerraron las calles céntricas, para prevenir accidentes.

Nos separamos un día de agosto, y Rodrigo se volvió sombra.

Yo cumplí mis dieciocho años, soltera y lejos del sofá.

El viaje al norte fue solo mi excusa, para escapar de la toxicidad o de la rutina.

Y así es, cuando la vida se vuelve plana, yo golpeo alguna ventana, y todo empieza a estremecerse otra vez.

 

ANTICUENTO – M. Carmen Rovira I. Zarzoso

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Quiero irme a casa. Cierro los ojos después del trabajo y pienso que quiero irme a casa. Pienso en las montañas, en los árboles, en la gente y el pueblo. Y trato de recordarme.

Papá tenía un desguace. Trabajaban mis seis hermanos con él, y yo también, a veces. De pequeña me subía al palé, y papá me hacía tocar el cielo con la carretilla. Un día, Costel y papá discutieron porque quería comprar una elevadora con cesta. Papá se burlaba de él a gritos, y a media mañana, mi hermano cayó del palé, a cinco metros sobre un muro de hormigón roto, de esos con vigas de metal que salen por fuera como pinchos. Se salvó de milagro, pero ya no volvió a ser igual. Se le olvidaban las cosas y no hablaba bien. Después de mi accidente con la trituradora de pinzas, papá decidió que dejara la chatarra, y el colegio. Me faltaban tres días para los trece.

La casa estaba abandonada desde que mamá murió, y la mugre marrón estaba pegada en las paredes. Casi me arranco las uñas rascando, y las llagas nunca se curaban del todo. Es por lo de la grasa de la ropa con el agua caliente. Tenía que cocinar para siete, y me hice un rinconcito en la cocina para poner mi colchón, y no perder el tiempo en mis cosas. Papá me llevaba a comprar en la camioneta. Era mi día favorito porque salía de casa. Iba tumbada en la parte de atrás, mirando las nubes, y me ponía las manos en la barriga para respirar fuerte el aire.

A Velkan lo conocí en casa, lo trajo mi hermano el segundo a ver un partido, y enseguida me pareció el chico más guapo del mundo —tiene los ojos azules­—. Venía cuando los chicos y papá estaban en el desguace, yo le preparaba el almuerzo y él me hablaba de sus planes. Decía que tenía dinero ahorrado para viajar a España a buscar un futuro, y yo soñaba con irme con él. Me daba besos, muchos besos, y una mañana lo hicimos en el almacén. No quise hacerlo en la casa porque era como si papá y los muchachos me estuvieran mirando. Fue dulce y me abrazó fuerte.

A papá se lo dijo Sorin, porque Velkan se lo había contado mientras jugaban a los dardos. Todavía recuerdo el picor del cuero en la piel. Estuve dos días en cama —pero no grité—, y al tercero vino Velkan a buscarme con el coche de su padre. Era blanco y tenía el maletero lleno de comida. Por las noches parábamos y hablábamos hasta dormir. De camino cumplí los 16, y Velkan me regaló mi primera ropa de chica: dos vaqueros ceñidos, una minifalda y varias camisetas, algunas de tirantes. También soplé una vela plantada en una rosquilla. Era una figurita de princesa, y conforme ardía se le quemaba el pelo, y su cara se derretía.

Al llegar me asustó el ruido. Había muchos coches, y la gente hablaba muy alto. Vivíamos en una habitación con su primo, y por la ventana entraban sirenas, gritos y peleas, y el ruido del camión de la basura, que me recordaba al desguace. Velkan llegaba de día, cuando yo despertaba, así que dormíamos al revés. Como estaba raro, un día le pregunté si aún me quería, y entonces dijo que tenía que trabajar, y yo me puse muy contenta. Ahora vivimos en Passeig de Sant Joan, y abajo, la vecina se queja. Velkan se disculpó, le dijo que somos sanitarios, y que siempre vamos de noche. Siento el ruido, de veras, pero es el único rato que tengo para hacer la casa.

Al principio sólo tenía que estar en la fiesta y hablar con la gente. Velkan me sonreía y me decía «guapa» desde la esquina. La primera vez pasó rápido, fue frente al espejo del baño y fue por detrás. Velkan me lo pidió porque necesitábamos dinero para salir del Raval. Vomité durante largo rato después, y dormí todo el día. Lloraba mucho, y Velkan me abrazaba. Me dijo que sólo tenía que cerrar los ojos y pensar en él, pensar que lo hacía por los dos. Así es más fácil, y todo es mejor ahora. Dejé de beber porque me caía, y eso a Baby no le gusta, así que ahora me pone agua en las copas. Coca tanta como cliente, porque la compra aquí, claro.

Hay uno que le gusta que le peguen, y a él pegarte a ti. Baby ya lo sabía, pero no me dijo nada. Quiso hacerlo por el culo, y no quise. Se enfadó muchísimo y empezó a pegarme. Hay un botón de emergencia debajo de la cama, pero me partió el labio. Cuando le pedimos a Baby que no le dejara entrar más, nos contestó que lo haría el día que ganáramos tanto dinero como él gastaba.

Es la casa de los siete pecados porque somos siete, siete de diferentes partes del mundo. Tokio es la que más trabaja, Libia desapareció, y Brasil es mi mejor amiga. Gemma nos hace las revisiones. Es como un hada madrina y nos esconde tarjetas con números de teléfono de gente que nos puede ayudar. Pero hay que tener cuidado con eso, porque después de la casa está el club, y eso de alquilar camas, sin revisiones ni vestidos bonitos, y después la calle y lo último la cuneta. Esto sólo será un tiempo, luego volveré con mis montañas.

Velkan se ha comprado un descapotable porque se acuerda de lo que me gustaba ir en la camioneta de papá. Ahora sólo viene a recogerme. Me abraza cuando lloro, pero a veces está borracho y me pega. Pero tampoco mucho, porque sabe que no puede hacerme marcas, a los clientes os gusta verme el azul de las venas —mira—, por eso soy Blanca del Este. Aunque no deberías preguntar tanto, eso a Baby tampoco le gusta.

CONFUSIONES – Joana Delgado Casanovas

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Al entrar en el apartamento respiraron el acostumbrado olor a vacio acumulado. Dàvide abrió la cristalera y salieron a la terraza. Aunque estaban en un séptimo piso, el ruido del tráfico les llegaba como un rumor continuo y molesto. Se acercaron a la barandilla, desde allí se veía el puerto. Una masa de mástiles de pequeñas embarcaciones se balanceaba sobre el agua tranquila.

—Déjame que te mire —le dijo Dàvide apartándose un paso y apoyando su espalda en la barandilla.

Layla se sorprendió ante aquella demanda nueva de Dàvide. La conocía de sobras, ¿qué quería, quizá ver cómo iba vestida? Jamás se fijaba en lo que llevaba puesto. No lo entendía, la ropa no tenía ninguna función en aquel encuentro, pero Layla, obediente, también se separó un paso para que pudiera verla.

Los ojos azules del hombre no manifestaron satisfacción ni entusiasmo, pero era educado e intentó sonreír.

Enseguida entraron en la única pieza del apartamento. En la pared opuesta a la terraza había una ventana pequeña por la que podía verse una montaña y una construcción antigua que recordaba un castillo.

Los dos se acercaron al sofá que rezumaba blandura desaprovechada. Dàvide conectó el aparato de música. Layla se dejó caer y reposó la cabeza girando el cuello lo justo, para mirar a través de la pequeña ventana.

—¿Sabes?, esta ventana me recuerda mucho a la de mi casa, en mi país. Allí también a esta hora veía ocultarse el sol tras una loma, Benarús, se llama. ¿Tiene nombre esa montaña?

—Montjüich, creo, aunque no estoy muy seguro. Yo tampoco soy de aquí.

Dàvide se levantó y se dirigió a la pequeña cocina oculta tras un biombo. De una nevera enana sacó unos cubitos de hielo que volcó en la cubitera, sonaron alegres como una fiesta.

—¿Quieres algo?

—Una Coca cola. No mejor un güisqui. ¿Qué tomas tú?

—Lo de siempre contestó Dàvide.

Aun que hubiera debido decir lo que siempre tomaba Michela. Vertió el vodka en un vaso alto y añadió dos hojas de menta y dos cubitos, así la gustaba a Michela, con dos cubitos.

Recordar a Michela le ponía alegre y triste a la vez, pero siempre le excitaba. Su ondulante anatomía se había quedado congelada en su mente. ¿Cuántos años hacía ya? ¿Dónde estaría Michela? ¿Por qué le rechazó de una manera tan tajante cuando él le manifestó sus sentimientos? «Tengo otros planes» le dijo, y él se quedó tan sorprendido que no fue capaz ni siquiera de preguntar cuáles eran esos planes que tenía. Después de aquel día, se marchó de Milán sin decirle adiós.

Con los vasos es la mano, ambos se quedaron en silencio. Lyla sentía aflojarse todos los músculos de su cuerpo. Le había mentido, esa ventana no le recordaba la de su casa, sino la de la habitación de Kiu, donde todas las tardes, cuando regresaban de su trabajo en el hotel, hacían el amor. Un amor inexperto, un goce de compensación por aquella vida dura, por aquel futuro tan negro como su piel, que veían aproximarse cada vez más deprisa.

Una rápida mirada de Dàvide a su reloj de pulsera fue la señal para que Layla se acercara al armario. Sacó una caja roja de zapatos, y de su interior unas sandalias de altísimos tacones. Dos tiras de cristal de Swarosvski tenían la pretensión de sujetar un pie femenino. Se las había traído Dàvide de Italia.

Tardó unos segundos en desprender de sus zapatos de cordones. La laxitud que sentía le hizo temer un traspié sobre aquellos tacones exagerados. Bajó la cremallera de su falda tejana y desabotonó la blusa. Aquel acto de libertad de sus pechos convocó de nuevo el recuerdo de Kiu. A Dàvide no le interesaba aquella parte de su cuerpo, él solo quería verla de espaldas, caminando sobre las brillantes sandalias con las nalgas desnudas a prueba de equilibrio.

Expectante, Dàvide miraba a Layla iniciar su paseo. Se detuvo con admiración en la explanada de la cadera, en el estrecho valle que separaba las simétricas nalgas, y tuvo que entrecerrar los ojos porque la presencia de Michela se le hacía tan viva que le hacía temblar.

Las nalgas poderosas de Layla se balanceaban independientes siguiendo el ritmo de tambor que marcaban sus pasos sobre el suelo. La estructura ósea de Michela, su forma de caminar, su peculiar movimiento, se repetían en el cuerpo de Layla. Dàvide siempre agradecía la suerte inmensa de haber encontrado aquella réplica perfecta.

Layla avanzó despacio hacia el espejo del armario que le venía de cara. En cuando apareció su imagen, sintió las manos de Kiu presionando sus pechos, abrazándola desde atrás, calentando su oído con su respiración acelerada, y un tímido latido la humedeció por dentro.

—Layla, vuelve, por favor.

Y ella volvió sobre sus pasos con el deseo de abandonarse sobre un jergón gastado. Anhelaba en su vientre el calor de los besos de Kiu y sus manos urgentes liberándola de las bragas de tela barata que usaba entonces.

Acurrucada entre las piernas de Dàvide, poco a poco, acercó su rostro a la piel fina de su pene. Apenas sus labios abultados se posaron sobre él sin besar ni lamer, solo comunicándole su calor. Dàvide expulsó el semen como un riego automático a la hora prevista.

La música cesó. En los momentos de silencio que siguieron Layla abortó aquel galopar que se había iniciado en su vagina. Su mente hizo desaparecer en un instante toda la humedad. Ambos dejaron que el polvo del solitario apartamento fuera cayendo sobre ellos, hasta que Dàvide decidió volver a la realidad.

—¿Quedamos para el miércoles catorce? —dijo con entonación de pregunta, aunque Layla sabía que era una orden; a continuación separó unos billetes y los dejó encima de la mesa, como hacía siempre.

Layla revolvió en su bolso hasta encontrar su libreta de tapas amarillas. Sujetó su pequeño lápiz con fuerza para que no le temblara la mano y escribió despacio: «Miércoles catorce, Kiu, a las seis».

TREINTA AÑOS DE CASADOS – Mª Paz Osorio Lozano

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Treinta años de casados y hasta hoy no me he atrevido a hacer esto. ¿En qué estaría yo pensando? Así, dormidito te quiero ver. Si me acuerdo de la noche de nuestra boda y me da escalofríos. Yo en camisón, tapada hasta las cejas, temiendo lo que me esperaba y apareciste del baño en calzoncillos, silbando como si fueras de paseo por la Alameda.

Me oyes, lo noto, no puedes ni con el peso de las pestañas pero me estás escuchando. Recuerdo que te dije que estaba cansada, si lo podíamos dejar para el día siguiente. En vez de conquistarme pusiste el grito en el cielo, habías esperado tres años de novios sin poder ponerme una mano encima y con las bendiciones ya tenías derecho. ¡Quédate quietecito, que por más que te muevas hoy no me pillas!

Mi madre de este tema no hablaba, pero la Merceditas que era muy espabilada me dijo que si me relajaba no me dolería, y en las siguientes ya me vendría el gusto. De modo que le hice caso, me tranquilicé para que te despacharas a tu manera. Ni por esas. Fue como si me estuvieras partiendo por la mitad. Tu delicadeza no apareció ni a saludarme. Y sigues intentando alargar las manos. ¡Si con lo que te has tomado no despiertas en dos días!

Ni una sola noche en estos treinta años te han faltado las ganas de tirarte encima de mí. Bueno sí, cuando murió tu madre que en gloria esté y la semana que estuve con los puntos por el parto del niño. Pero después, ni uno. ¡Treinta años! Y si desmenuzo los trescientos sesenta y cinco polvos de cada uno de ellos, no encuentro ni rastro de que me haya llegado el gozo con tus achuchones. Ahora que…, aunque no te lo creas, hallé la manera de satisfacerme. Yo no podía estar escuchando conversaciones de unas y otras sobre cosquillas, roces, repelús ahí abajo y suavecito aquí arriba, quedándome a dos velas. Apenas andaba nuestro hijo cuando se lo pregunté a Merceditas, pues ya sabíamos de su experiencia en estas lides. ¡Con lo que a mí me gusta leer y nunca me dio por coger un libro sobre el asunto! Ella me explico dónde y cómo tenía que abanicarme para notar los mismos placeres que las demás. Se te aceleran los ojos, se nota como se mueven bajo los párpados, te inquieta lo que escuchas ¿verdad? Di con el intríngulis enseguida. En la primera ocasión que me quedé sola seguí al pié de la letra las indicaciones de Merceditas. Del orgasmo que tuve se me nubló la vista. Como te digo: En unos meses manejaba al dedillo ritmos y pausas para alargar mis momentos de goces.

Lo más gracioso es oírte hablar de mujeres con tus amiguetes. Lo macho que eres y lo bien que sabes darnos lo que nos gusta. No sé con cuántas más lo haces ni sus opiniones, pero te puedo asegurar que, cuando estás conmigo, solo me haces pensar en el menú del día siguiente.

¡Ah, sí!, ha sido Merceditas la que me ha dado las gotas para dejarte dormido antes de meterme en la cama. He sentido miedo por si se me iba la mano y te ocurría lo peor, de modo que he puesto unas cuantas menos en el vino de la cena, de ahí tu inquietud. De todos modos, como veo que te enteras de algo, voy a informarte de que tengo hecha la maleta. Mañana temprano seguirás soñado. Me voy con Merceditas. Nos marchamos de esta ciudad retrograda que me ha tenido amarrada a ti tanto tiempo. Hemos descubierto que juntas somos capaces de arrancar más delicias a nuestros cuerpos. ¡Ya, ya!, sé perfectamente que tenemos cumplidos los cincuenta, pero como bien sabes los refranes son sabios y… nunca es tarde si la dicha es buena.

COMO POSOS DE CAFÉ – Matilde Tricarico

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Arrugas en la frente, como las señales que deja el rastrillo de un niño en la playa. Un surco entre las dos cejas, mejillas descolgadas como tomates maduros que han perdido su consistencia. Y debajo de los ojos, unas medias lunas negras como posos de café. Eso era lo que veía reflejado en el espejo.

A veces tenía la sensación de pisar un terreno resbaladizo.

Hoy había quedado para enseñar un chalet en Navacerrada, en venta desde hacía un año. Miré el cielo negro, se adivinaba una tormenta y tenía que darme prisa.  Un toque de colorete en las mejillas y en la frente y sombra marrón en los párpados, nada de maquillaje en crema. Con la edad cuanto menos te restauras mejor.  Abrí la puerta de la calle y un aire gélido me quemó la cara. En el suelo placas de hielo. Con lo a gusto que vivíamos antes en el centro de Madrid. Cerca del coche pequeños mosaicos peligrosos. Mis botas luchaban con el suelo. Soplé sobre las manos para calentarlas, me había olvidado de los guantes y del paraguas, ya no podía retroceder.

Con la escarcha de la mañana el coche no arrancaba. Una carcasa vieja. Le di al encendido tres veces y presioné el acelerador sin ninguna respuesta. Se me estaban agarrotando las manos por el frio y no lo conseguía. Me enfurecí y pegué unos manotazos sobre el volante. Solo conseguí un dolor intenso en las palmas de las manos.  Alberto tenía su coche en el taller y estaba durmiendo profundamente. Se enfadaría conmigo si lo despertaba con unas de mis nimiedades.

Los clientes llegarían antes y empezaría la venta con mal pie.

Me obligué a tranquilizarme, respiré hondo, crucé los dedos y volví a darle al encendido. Recé: «por favor» con todas mis fuerzas, y finalmente el motor se puso en marcha.

Quité el freno, metí primera y le di al mando de la cancela que se expandió como mis pulmones.

El chalet estaba tan solo a cuatro kilómetros del mío, pero la carretera para llegar hasta él era una pista forestal estrecha y solitaria. Como la entrada de mi vagina desde hace un año.

La primera gota me sorprendió mirando fijo al camino. Tenía razón Alberto cuando me decía que me estaba convirtiendo en una inútil. Aquella vez que no encontraba las llaves de casa me hizo llorar, porqué me dijo que le recordaba a mi madre, miedosa e inútil, igual lo había sido siempre, y él no se había enterado. Desde entonces nuestros encuentros en la cama se habían ido distanciando, él llegaba tarde y cansado y yo empezaba con los problemas de la menopausia. Cada vez que se acercaba mi piel gritaba y los músculos se contraían. Sus caricias me repugnaban. Mi ginecólogo me recetó una crema vaginal, luego vaselina, óvulos, pero el coito era cada vez más doloroso. Cerraba los ojos y esperaba su embestida, nunca había llorado tanto por dentro. Ahora podía comprender el dolor de las mujeres violadas.

Un golpe seco sobre el cristal me sobresaltó, luego otro, y otro más. Empezó a granizar como si las gotas heladas no tuvieran paz y quisieran cegarme. El coche apenas me obedecía y saltaba con cada bache de la carretera. No podía parar, corría el riesgo de quedarme atrapada en el coche. Parecía el ruido de una mascletá. Cerré los ojos para no escucharlo.

Estaba tan nerviosa que no me di cuenta de que había llegado.

Marqué el número de Alberto, por una vez me contestó en seguida:

— ¿Qué quieres?

—Alberto.

Estaba en una ratonera, y él colgaba. Con los brazos sobre el manubrio lloré como una niña.

El vendaval que siguió era tan potente que arrancó la rama de un árbol.  Al caer se dobló justo encima del capó. Abrí la puerta con miedo, cubrí la cabeza con el bolso y corrí hacia la entrada de la casa sin la preocupación de resbalar. Dentro quité la alarma y encendí las luces. Afuera el silbido del viento y el golpeteo del granizo sobre el tejado parecían anunciar el fin del mundo.

El sonido del teléfono me sosegó un momento. Eran los clientes, lo sentían mucho, se les había hecho tarde y querían cambiar la cita. Al colgar me entró un ataque de risa, de los que solía tener de pequeña cuando mi padre me hacía cosquillas debajo de los brazos y no podía parar.  Llamé a Alberto para contarle lo ocurrido. Seguro que esta vez se reiría conmigo. Me contestó su secretaria, don Alberto no estaba en la oficina, había salido para encontrarse con un cliente. Mejor no pensar. Alberto en los brazos de otra riéndose de mí. Y momentos dolorosos que volvían a mi mente, mi padre llamando para disculparse de un retraso, la cara pálida de mi madre, silencios y por fin el divorcio. Aunque pensándolo bien, me haría un favor, no tendría que volver a acostarme con él. Miré afuera, llovía castigando las ventanas. La casa tenía un aire familiar, acogedor. La cocina con vigas de maderas en el techo, una cafetera italiana en la encimera, y en el armario, café. Solo su olor me reconfortaba. Preparé el café como a mí me gustaba, fuerte. Los árboles azotados por el aire movían las ramas como fantasmas enloquecidos. Con la taza entre las manos volví al salón, me senté y llamé a su móvil. Bebí y sentí el fuego volver a mi cuerpo.

«El cliente no está disponible, deje un mensaje».

Seguía empapada.  En el cuarto de baño cogí dos toallas, me froté el pelo y busqué el secador. La carrera y la tensión me habían coloreado la cara, casi no se veían las arrugas y mis ojos brillaban. Ya no granizaba, seguía una lluvia fina, como si el cielo, llorando, quisiera pedir perdón de su furia.

Con calma regresé al salón y me acomodé en el tresillo, cerca del radiador. No tenía prisa. Apagué el teléfono, igual me quedaría a dormir.

PAULA Y LA INSOPORTABLE COHERENCIA – Boneka

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Se podría decir que Paula era una chica corriente pero en el fondo no lo era. Se había casado demasiado joven, se había casado…. siempre pensó que eso lo tenía claro, pero parece que no tanto. Pensaba que una mujer independiente y decidida debía tener sus horizontes bien definidos y esa había sido una máxima en su joven vida. Todo fue tan rápido que esos horizontes se difuminaron sin apenas darse cuenta. A Paula nunca le había atraído lo fácil así que cuando Samir la envolvió con sus galanterías y atenciones, sus orígenes asiáticos fueron más un reclamo que un obstáculo. Ella que creía en la importancia de un «no» en el momento preciso, ahí estaba, en el sudeste asiático, en medio de un patriarcado asfixiante, denso, sin saber bien cómo había terminado allí. Sus convicciones seguían siendo las mismas pero su entorno había cambiado y mucho. De repente se vio envuelta en una vida familiar insatisfactoria, se dejó engullir por un patriarcado que la obligó a luchar por su propia identidad de una forma diaria y constante. Se dejó borrar la existencia.

Su esposo, un día adorable, su príncipe azul, ¿No era eso a lo que todas aspiraban?… Se había convertido, no ya en rana sino en sapo, uno grande, capaz de engullirla. Paula dejó de recordar quién era su pareja, su compañero, en qué momento la dulzura, la abundancia, la generosidad, la empatía dio paso al egoísmo, a la misoginia, al machismo, a la ignorancia, a la bajeza, a la humillación.

En unos años fue una infeliz mamá de un niño precioso que hizo de su vida oriental un mayor calvario. Unos días y tantas noches de soledad, de miedo, noches sin sexo, noches de deseo, de engaño, de impotencia, de abandono de humillación, de resignación. Etiquetada en una sociedad machista y retrasada, el único camino posible para preservar su ya escasa cordura era la vuelta a casa, como fuera pero con su pequeño.

Y ahí estaba, de vuelta al occidente, con una mente medio «de oriente», con unas convicciones aún claras pero maltratadas, sin un chavo, sin un techo, sin un futuro, con un pequeño, sin ni siquiera estar segura de cómo adaptarse de nuevo a lo que una vez fue su vida. Con miedo de que su huida fuera interceptada, con miedo de no ser capaz de empezar de cero de nuevo, con miedo a ser esa Paula olvidada.

El príncipe azul de su vida se había modificado a lo largo de los tiempos, pasó de caballero a protector, de amante a padre, de compañero a salvador, de amante a reclamante, de libertador a carcelario, y Paula dejó de tener claro qué era lo que de verdad quería de una relación, dejó de saber que era un «No», y dejó…. Se abandonó en una espiral de parejas anodinas con la esperanza de que alguna de ellas completara los cachos de su persona para poder encajarlos de nuevo en su eje, repitiendo un patrón ya manido del mal uso dado.

Y después de tantos polvos sin sentido, de tantos discursos egoístas, de tanto luchar por mantener una identidad que a duras penas se mantenía a flote, de relación en relación frustrante, ahí estaba Andras. Probablemente no era la peor de las parejas, a la vista estaba su retahíla anterior…… Probablemente no era más egoísta ni más manipulador de lo que muchos habían sido…..pero Paula ya no era la misma. A fuerza de bandazos, a fuerza de Síes que eran Noes, de patrones repetitivos que se sucedían alargándose en los años, ya no era la misma.

Andras era extranjero, Paula pensó que su aparición casi podía tomarse como una feliz vuelta a sus orígenes, a sus ansias por conocer, ansias por libertad, ansias por una identidad propia. Era un buen comienzo, a lo mejor no era tarde para hablar de «Su Persona» de «Su Media Naranja», de «Su Príncipe Azul». Compartían aficiones, compartían sensibilidades, incluso compartían pasados un tanto oscuros y tristes.

Paula intentó dejarse llevar, bajar sus barreras, decir un gran Sí cuando la vida se lo ofrecía en bandeja, tal vez era este su momento. Alguien dijo eso de «más vale tarde que nunca», y ahora que se veía cansada y añada, que su cuerpo no era tan elástico como había sido, que sus ganas y su ímpetu eran menos, tal vez ahora era su momento.

Y se esforzó por ser «Normal» mientras reclamaban su cuerpo y su alma, por estar disponible a embestidas hambrientas, programadas, predichas. Disponible y Receptiva a frases calurosas y vacías, a atender a deseos que nada tenían que ver con sus deseos, a abrazos rotos, a besos necesitados, a un amor lobezno disfrazado con caperuza y cesta, todo para estar a la altura, para no ser ella el problema.

Y allí estaba él cantándole una canción de amor para la que aún no había encontrado sentido, luchando por digerir la pena por esa Persona, por esa Media Naranja, por ese Príncipe Azul que ya no era ni su persona, ni su naranja ni su príncipe. Y escuchando esa absurda canción de amor, decidió recoger sus cachos y unirlos, enderezar su eje y reconstruir sus pedazos alrededor. Y fue en ese preciso momento, escuchando unas notas tontas, observando un ridículo contoneo reclamante de caderas y aquellos acordes descompasados y malsonantes, cuando Paula decidió dar coherencia a su desordenada existencia.

Esta podría ser esta una historia triste pero no lo es, es una historia de reencuentro con una misma, una historia de perseverancia y de lucha por una identidad que se nos niega frecuentemente, incluso por aquellos que se dicen defensores de lo femenino a ultranza. Andras y Paula siguen con su camino, intentando que sea el mismo para ambos, construyendo el engranaje de una relación con unos objetivos demasiado grandes y con un recorrido demasiado poco cultivado, un camino en el que Paula tiene voz y voto y decisión y ganas de ser escuchada, pero esa es otra historia.