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Cénide · Isabel Domínguez Luque

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Desde que cumplí 4 años, he sido testigo de la misma historia por parte de mi madre a un sinfín de interlocutores dispares. La anécdota dice así: tenía yo unos dos años cuando fuimos por primera vez a la playa. Se trataba de una cala recóndita en un pueblo muy tranquilo de Málaga. Según tengo entendido, apenas puse un pie en la arena templada, eché a correr a trompicones –¡cómo abría los muslos regordetes!, se reiría ella al recordarlo– y me dirigí, con toda la firmeza de la que disponía, hacia la orilla espumosa. Mamá me siguió bien de cerca mientras papá iba preparando toallas, sombrillas, mesas plegables y el almuerzo. Cuando las lenguas de agua salada lamieron mis pies, caí sentada de la impresión. ¡Cómo miraba el mar! Los ojos grandes y brillantes como las luces de un faro. Aquí mamá siempre hacía una breve pausa, y la mirada parecía volvérsele hacia dentro y buscar una imagen que le erizaba el vello de los brazos. Tras aquella primera impresión, mis manos comenzaron a agarrar las minúsculas olas que nacían y cubrían la arena húmeda. Esperaba atentamente a la siguiente y con ímpetu cernía mis garras en torno al agua, pero solamente conseguía capturar granos de arena que me arañaban las palmas. Traté de no perder la calma –pero terminaste berreando y gruñendo al cuarto intento–. Calla, mamá, intento dar mi versión de los hechos. Terminé resignándome a la idea de que el mar es una de esas pocas cosas que la vida no consiente fragmentar y guardar como souvenir. Mamá puso una silla junto a mí, con sus pies remojados en el agua fresca, y se puso a leer un viejo libro. La miraba cada dos por tres, jurao’, pero es que aquello fue visto y no visto, una ola vino bravía y tragó a mi pobre niña en un santiamén. En este punto del relato, el ceño se te fruncía levemente, y supe que un pequeño pellizco te oprimía el pecho al recordar lo que pudo haber pasado y –gracias a Dios, suspiraba hondo– no fue. El salitre me inflamó las fosas nasales y comencé a toser y llorar con los ojos abrasados. Mamá me cogió en brazos inmediatamente y me comenzó a enjuagar con agua embotellada toda la carita. Me sostuvo en la tumbona una hora entera, calmando mi cuerpo aún sacudido por el susto, tarareando una vieja canción que hoy me viene en los días lluviosos:

La pequeña criatura de zapatos d’amapola
iba cantando por el camino con su pañuelo
se la escuchaba desde las casas
hasta bien entrada l’aurora
¿quién a esta criatura y
a su congoja dará consuelo?

Y desde aquel día, recuerdo tener un miedo paralizante al mar y su oleaje. Me recorre cuando lo pienso un estremecimiento gélido y gris la nuca, y ahí se ancla para generarme un dolor de cabeza insoportable. Anduve evitando la costa hasta bien entrados mis veinte años. Qué batallas campales para decidir las vacaciones cada verano, ¿verdad, mamá? Todo cambió el mayo que decidimos visitar Córdoba. Recorrimos la ciudad de norte a sur, pero fue en el Alcázar de los Reyes Cristianos donde vi un mosaico que me hipnotizó. La cabeza de Medusa pendiendo en el aire, arrancada de su cuerpo. Investigué acerca de la historia de Medusa y ésta me condujo inevitablemente a Poseidón: dios marino que viajaba en una majestuosa cuadriga tirada por caballos. Dios tan infiel como Zeus, que procreó con cuantas mujeres, diosas y ninfas tuvo oportunidad. En cuanto a mitos griegos nunca he conocido mucho, pero con este personaje en concreto llegué a obsesionarme. Es una curiosidad morbosa, por todo el miedo que le tienes al mar, solías decir las tardes de calor húmedo. Consulté libros, fuentes, museos. Leí cada peripecia que se atribuía a su figura: desde terremotos y tormentas marinas hasta exigir el sacrificio del mejor toro a Minos, rey de Creta. Sin embargo, hubo una fuente en concreto que me dejó paralizada. Se trata de una antigua epopeya desconocida que citaba una autora. El fragmento narra la historia Cénide y Poseidón. Transcribo aquí:

Cénide, la más resplandeciente hija de Élato,
en la ciudad de Tesalia codiciada por todo varón,
mas desdeñosa ella de pretendientes y celosa de su intimidad,
yacía una mañana en una recóndita playa: el sol dorando su cuerpo.
Fue entonces cuando, bravío y poderoso, se alzó Poseidón
y tomó el goce que anhelaba de su vientre,
como jamás consintió ella con ningún otro hombre.
Le concedió para compensarla en su infinita herida
cualquier deseo que desde su corazón escapara de sus labios
y pidió ella tornar su naturaleza en la antítesis de la feminidad
y ser hombre, equivalente de poder y la vida propia.
Conforme la voz le abandonaba el cuerpo, se fue agravando
y transmutando su osamenta en la virilidad enraizada.
Su cuerpo de mujer quedó escondido, impenetrable,
y él sería ahora invencible ante todo mal.
Así nació Céneo,
de las entrañas mismas de una mujer enterrada.
Y cuentan que así murió,
quedando inmaculado su cuerpo de mujer.
Pocas leyendas cuentan que la unión de Poseidón
le dejó un remanso de fecundas semillas en el vientre
todas ellas femeninas, que Céneo fue sembrando
en las mujeres con las que yació.
Parieron éstas a hembras con alma divina
y una fuerza torrencial que derramaron durante siglos.
Pudo nacer de tal herida una mujer nueva:
indómita y alzada contra las suelas de sus coetáneos.

Leer aquello produjo un cambio en mi vida. Me gusta imaginar que esa semilla fue transmitiéndose de forma secular hasta nuestro tiempo, creando una estirpe de mujeres empoderadas que continuaremos el legado. Sí, me gusta imaginarlo así mientras me adentro hoy en el mar por segunda vez.

Un comentario

  1. Felisa dice:

    Precioso. Me encannnnnta!!!

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