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CÉNIDE Y IO · Rosa Estefanía Díez

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Anochece sobre Asia Menor.

Selene juega con Gea, ilumina los almendros y la tierra le devuelve su fulgor. Nada teme la una de la otra, han encontrado su sitio en el Universo. La alfalfa crecida oculta los restos del combate. Recorro los campos buscando a mi amiga Cénide. Escudos, corazas, miembros amputados. La sangre empapa mis sandalias. La batalla ha sido cruenta, pero ella es valerosa. Con Selene en lo alto, espero su vuelta en el abrazo de una encina. Mordisqueo una bellota y su amargor me recuerda la angustia de cada noche, hasta que la veo emerger entre los cuerpos que se recomponen de camino a la Laguna Estigia. Es tan diestra y tiene la piel tan dura que nada le daña.

Mientras se despoja de sus ropas de varón, me besa y se burla de mi zozobra. Nadie recuerda a Cénide oculta bajo los ropajes de Ceneo. Solo Poseidón comparte su secreto. A veces se acerca a visitarla. No me incomoda que disfrute de sus atributos, ni los gritos de placer en el silencio de la noche. Me desasosiegan los amaneceres, sus alientos mezclándose en los sueños plácidos. No temo a sus cuerpos, me duele la proximidad de sus almas.

Cénide se burla de mis celos, pero soy hija de Inaco, he crecido en la proximidad de sus orillas, en el arrullo de sus aguas calmadas y desconfío de los inmensos océanos, donde la tierra desaparece y las olas se convierten en remolinos mortales. Dudo de la honradez de Poseidón.

Sigo a Cénide allá donde vaya en busca de ejércitos a los que enfrentarse. No entiendo este afán por la lucha, por vencer cuerpos fibrosos llenos de ira, pero mi amiga no puede vivir sin la cercana presencia de la muerte y yo no puedo vivir sin ella, por eso recorro el mundo tras sus pasos.

Nadie entiende estos viajes alocados, y Zeus menos que nadie. Para eludir su ira, hemos hecho correr la voz de que un tábano me persigue y huyo para evitar su martirio, a veces disfrazada de vaca, a veces escondida tras la luna. Hermes ha ayudado difundiendo el bulo y Hera, que aprovecha cualquier ocasión para burlarse de su esposo, también está en el secreto.

Viajamos mucho. En todas partes hay humanos deseosos de darse muerte. Hemos alcanzado la cumbre del Monte Hemo, las orillas del Danubio y las llanuras de Etiopia. Contemplamos los limos del Nilo crecido y vimos pigmeos enfrentarse a grullas, altivas como lapitas. El Bósforo nos abrió sus brazos y nos sentimos como en casa. Si de verdad me persiguiera un tábano ya se habría vuelto loco.

La mañana del último día, mientras Helios transforma en oro las espigas, yo dejo marchar a Cénide sin un último beso. Poseidón acaba de abandonar su lecho y le vuelvo la cara, enrabietada, cuando busca mis labios.

Cuando oscurece, como cada noche, recorro los campos de alfalfa. Pregunto y nadie contesta. La sangre, mas viscosa que nunca, se mezcla con el barro e impide el avance de mis sandalias. Limo espeso como el del Nilo, lodo del Danubio. Con Selene en lo alto, emergen, entre las hierbas, lívidos guerreros. Una fila interminable de espectros de camino al Hades. Imploro a Hera, pero me temo que Zeus ha terminado por dar con nosotras. Fantasmas de ropas desgarradas pasan a mi lado, sin verme. En último lugar, Cénide, nunca más Ceneo, se dirige con paso cansado en busca de Caronte.

La nieve de un almendro me protege de la llovizna.

Siento en el cuello el picotazo de un tábano.

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