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Circe · Chus Martín Bernardo

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Me dicen Circe y soy hija del Sol.

La suerte de mi linaje me concedió una vida de riquezas y privilegio, pero también la condena de una constante atención pública no solicitada. Para alguien de carácter introvertido como yo, la vida en sociedad se hizo insoportable y pronto opté por el aislamiento. Encontré mi lugar en una isla, sobre un promontorio mirando al mar, con mi personal de confianza como única compañía y rodeada de plantas y animales. Seres puros que no conspiraban, ni pretendían, ni manipulaban ni herían. Juntos convivíamos en paz.

La naturaleza fue mi refugio y las plantas se convirtieron en mi pasión. Las he estudiado y conozco bien sus propiedades curativas para el cuerpo y transformadoras para el alma.

En tu tiempo habría sido farmacéutica, boticaria o quizás científica o una experta botánica. Pero en el mío me consideraron una maga peligrosa y malvada, capaz de conjurar hechizos y convertir hombres en monstruos solo por capricho, despecho o venganza.

Posiblemente hayas oído cosas horribles sobre mí, porque ciertamente las dijeron y propagaron a los cuatro vientos. Mas ahora que se me da la oportunidad, os contaré lo que sucedió realmente durante aquel episodio que hizo mi figura mundialmente conocida trascendiendo fronteras tanto espaciales como temporales.

Aún me estremezco al recordar el desembarco en mi isla de aquella tripulación de marinos que, habiendo avistado mi casa desde la costa, acudieron a mi puerta buscando reponer fuerzas y curar sus heridas. Eran media docena de hombres hambrientos, cansados, sucios y con la piel ajada por el salitre y el sol con el que habían sido castigados durante sus largos meses de travesía.

Hice preparar comida en abundancia, carnes, frutas y verduras, dulces y vino para saciar su hambre y su sed. Les procuré aseo y ropa limpia y les ofrecí lugar para descansar.

Sin embargo, todo ello no pareció ser suficiente y una vez hubieron saciado sus necesidades más básicas, reclamaron también la satisfacción de sus más bajas pasiones. Uno de ellos acorraló a una de mis criadas y le despojó de su vestido violentamente. Mientras, otra intentaba huir en vano perseguida por otros dos marinos que la doblaban en tamaño. Una tercera lloraba agazapada en un rincón cuando otro la levantó en volandas sobre sus hombros.

¡Hombres ingratos y egoístas, que se creyeron los amos del mundo, con derecho sobre nuestras voluntades y nuestros cuerpos! No lo permitiría.

Años de estudio y experimentación habían consolidado mi conocimiento sobre las posibilidades que la misma naturaleza ofrece para la curación de las almas y sí, tal y como contaban los rumores, había conseguido obtener la esencia que convertía a los humanos en aquellos animales que mejor representaban su auténtica naturaleza: los más agresivos, leones, lobos los más salvajes, hienas los oportunistas y aquellos marinos… ellos resultaron transformados en cerdos al aspirar el gas resultante de combustionar la combinación perfecta de especias y plantas que solo yo conocía.

El efecto del gas era desde luego reversible y quienes pasaban por la experiencia y regresaban a la naturaleza humana, lo hacían elevados de espíritu y puros de corazón.

No era la primera vez que hacía uso de lo que la sabiduría popular denominaría hechizo y tampoco sería la última. El mundo era un lugar hostil para las mujeres que, como yo, no estaban dispuestas a plegarse a los cánones tan limitantes que se nos imponían desde el nacimiento y mi conocimiento de la ciencia natural era mi forma de protección frente a la hostilidad que me rodeaba.

Uno de los marinos que se había separado del resto en aquel momento, escapó de allí al ver lo que les había sucedido a sus compañeros y no tardó en regresar del barco acompañado de Odiseo, el hombre a cargo de la tripulación.

Odiseo se presentó ante mí con la espada desenvainada, exigiendo la liberación de sus hombres, con la seguridad de quien se sabe más fuerte y la arrogancia de quien se cree superior. “¡Devuelve a mis hombres a su forma humana inmediatamente, bruja!” me ordenó. “No conseguirás hechizarme. Hermes me ha dado un antídoto y tu brujería no tendrá efecto sobre mí. Hazlo ahora o te mataré”.

Conocía mil y una maneras de reducirlo, pero no era mi intención en absoluto, salvo que viera que mi vida corría verdadero peligro. Comprendía perfectamente su reacción. Yo habría hecho lo mismo en su lugar. Al fin y al cabo, se acababa de quedar sin tripulación y después de tanto tiempo juntos en la mar no solo eran para él mano de obra sino también amigos e incluso familia. Pero él no sabía lo que había acontecido en mi casa unos minutos antes.

“No temas, no pretendo hacerte daño. Los devolveré a su estado original, te lo prometo. Pero antes quiero que escuches los motivos que me llevaron a hacer lo que hice”. La promesa de avenirme a sus deseos a tan bajo coste y mi tono conciliador consiguieron tornar su agresividad en curiosidad y aceptó tomar asiento. Llamé a mis criadas y ellas, entre llantos, le contaron lo sucedido con todo el detalle del que fueron capaces.

Terminado el relato me dispuse a revertir el efecto de la pócima pero Odiseo, agarrándome suavemente del brazo, me frenó. Se había hecho ya de noche y necesitaba descansar y pensar sobre todo lo que había visto y oído.

Sobre el resto de la historia se ha escrito mucho ya y bueno, a grandes rasgos, es casi todo cierto. Odiseo se quedó junto a mí durante más o menos un año. Fascinado quizás por mi forma tan poco convencional de entender la vida, postergaba el momento de su marcha con las excusas más inverosímiles: el viento no es favorable, dicen que hay tormentas en alta mar… Yo disfrutaba de su compañía porque es fácil sentirse bien con alguien que admira tu independencia y determinación, que respeta tu espacio, tu discurso, tus silencios… sin juzgar, intentando comprender…

El nuestro fue amor verdadero. Le echo de menos cada día.

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