COMO POSOS DE CAFÉ – Matilde Tricarico

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Arrugas en la frente, como las señales que deja el rastrillo de un niño en la playa. Un surco entre las dos cejas, mejillas descolgadas como tomates maduros que han perdido su consistencia. Y debajo de los ojos, unas medias lunas negras como posos de café. Eso era lo que veía reflejado en el espejo.

A veces tenía la sensación de pisar un terreno resbaladizo.

Hoy había quedado para enseñar un chalet en Navacerrada, en venta desde hacía un año. Miré el cielo negro, se adivinaba una tormenta y tenía que darme prisa.  Un toque de colorete en las mejillas y en la frente y sombra marrón en los párpados, nada de maquillaje en crema. Con la edad cuanto menos te restauras mejor.  Abrí la puerta de la calle y un aire gélido me quemó la cara. En el suelo placas de hielo. Con lo a gusto que vivíamos antes en el centro de Madrid. Cerca del coche pequeños mosaicos peligrosos. Mis botas luchaban con el suelo. Soplé sobre las manos para calentarlas, me había olvidado de los guantes y del paraguas, ya no podía retroceder.

Con la escarcha de la mañana el coche no arrancaba. Una carcasa vieja. Le di al encendido tres veces y presioné el acelerador sin ninguna respuesta. Se me estaban agarrotando las manos por el frio y no lo conseguía. Me enfurecí y pegué unos manotazos sobre el volante. Solo conseguí un dolor intenso en las palmas de las manos.  Alberto tenía su coche en el taller y estaba durmiendo profundamente. Se enfadaría conmigo si lo despertaba con unas de mis nimiedades.

Los clientes llegarían antes y empezaría la venta con mal pie.

Me obligué a tranquilizarme, respiré hondo, crucé los dedos y volví a darle al encendido. Recé: «por favor» con todas mis fuerzas, y finalmente el motor se puso en marcha.

Quité el freno, metí primera y le di al mando de la cancela que se expandió como mis pulmones.

El chalet estaba tan solo a cuatro kilómetros del mío, pero la carretera para llegar hasta él era una pista forestal estrecha y solitaria. Como la entrada de mi vagina desde hace un año.

La primera gota me sorprendió mirando fijo al camino. Tenía razón Alberto cuando me decía que me estaba convirtiendo en una inútil. Aquella vez que no encontraba las llaves de casa me hizo llorar, porqué me dijo que le recordaba a mi madre, miedosa e inútil, igual lo había sido siempre, y él no se había enterado. Desde entonces nuestros encuentros en la cama se habían ido distanciando, él llegaba tarde y cansado y yo empezaba con los problemas de la menopausia. Cada vez que se acercaba mi piel gritaba y los músculos se contraían. Sus caricias me repugnaban. Mi ginecólogo me recetó una crema vaginal, luego vaselina, óvulos, pero el coito era cada vez más doloroso. Cerraba los ojos y esperaba su embestida, nunca había llorado tanto por dentro. Ahora podía comprender el dolor de las mujeres violadas.

Un golpe seco sobre el cristal me sobresaltó, luego otro, y otro más. Empezó a granizar como si las gotas heladas no tuvieran paz y quisieran cegarme. El coche apenas me obedecía y saltaba con cada bache de la carretera. No podía parar, corría el riesgo de quedarme atrapada en el coche. Parecía el ruido de una mascletá. Cerré los ojos para no escucharlo.

Estaba tan nerviosa que no me di cuenta de que había llegado.

Marqué el número de Alberto, por una vez me contestó en seguida:

— ¿Qué quieres?

—Alberto.

Estaba en una ratonera, y él colgaba. Con los brazos sobre el manubrio lloré como una niña.

El vendaval que siguió era tan potente que arrancó la rama de un árbol.  Al caer se dobló justo encima del capó. Abrí la puerta con miedo, cubrí la cabeza con el bolso y corrí hacia la entrada de la casa sin la preocupación de resbalar. Dentro quité la alarma y encendí las luces. Afuera el silbido del viento y el golpeteo del granizo sobre el tejado parecían anunciar el fin del mundo.

El sonido del teléfono me sosegó un momento. Eran los clientes, lo sentían mucho, se les había hecho tarde y querían cambiar la cita. Al colgar me entró un ataque de risa, de los que solía tener de pequeña cuando mi padre me hacía cosquillas debajo de los brazos y no podía parar.  Llamé a Alberto para contarle lo ocurrido. Seguro que esta vez se reiría conmigo. Me contestó su secretaria, don Alberto no estaba en la oficina, había salido para encontrarse con un cliente. Mejor no pensar. Alberto en los brazos de otra riéndose de mí. Y momentos dolorosos que volvían a mi mente, mi padre llamando para disculparse de un retraso, la cara pálida de mi madre, silencios y por fin el divorcio. Aunque pensándolo bien, me haría un favor, no tendría que volver a acostarme con él. Miré afuera, llovía castigando las ventanas. La casa tenía un aire familiar, acogedor. La cocina con vigas de maderas en el techo, una cafetera italiana en la encimera, y en el armario, café. Solo su olor me reconfortaba. Preparé el café como a mí me gustaba, fuerte. Los árboles azotados por el aire movían las ramas como fantasmas enloquecidos. Con la taza entre las manos volví al salón, me senté y llamé a su móvil. Bebí y sentí el fuego volver a mi cuerpo.

«El cliente no está disponible, deje un mensaje».

Seguía empapada.  En el cuarto de baño cogí dos toallas, me froté el pelo y busqué el secador. La carrera y la tensión me habían coloreado la cara, casi no se veían las arrugas y mis ojos brillaban. Ya no granizaba, seguía una lluvia fina, como si el cielo, llorando, quisiera pedir perdón de su furia.

Con calma regresé al salón y me acomodé en el tresillo, cerca del radiador. No tenía prisa. Apagué el teléfono, igual me quedaría a dormir.

3 commentarios

  1. Emma dice:

    Me ha encantado este relato de Matilde Tricarico por su originalidad y valentía al atreverse a abordar un tema tan olvidado como la sexualidad y el deseo en la mujer madura. Matilde lo hace con habilidad, frescura y realismo. Y deja un final abierto para que cada cual lo continúe…
    ¡Enhorabuena, Matilde!

  2. Nedda dice:

    Qué magnificamente muestra siempre la evolución de los personajes. Me encanta como escribes Matilde Tricarico, siempre me ha parecido que leerte es como mirar por un ventanal muy grande por donde se ve con toda claridad lo que le ocurre a un montón de gente distinta ahí fuera. ¡Enhorabuena mi querida italiana!

  3. Ianire dice:

    Qué maravilla de relato repleto de imágenes inolvidables. Enhorabuena, Matilde, sigue escribiendo, por favor.

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