CRISÁLIDA – Cristina Consuegra

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Otra vez agosto. Asfixia por una vida a medio hacer. Alaridos adolescentes, espuma de mar y carreras en una playa infinita. La voz de padre, aceitunas y periódicos. La torpeza del deseo incipiente. La primera regla y el abrazo piadoso de madre. Qué hacer con un cuerpo que se abre ante mí, que sale de mí para decirle al mundo que ahora soy (otra) distinta. Agarrar los labios y mirar hacia dentro. Todo era diferente a cómo me lo estaban contando. La mirada curiosa de C. La mirada excitada de F. Génesis. Culpa, pulsión, rechazo, dolor y mito concentrados en hilos de sangre que resbalaban por la parte interior de mis muslos.

La luz que entra por la ventana golpea su cuerpo. Lo hace pedazos. Señala cada accidente geográfico. Extrae su memoria y la deja a la intemperie. Piensas, aunque no lo sabes todavía, en lo extraño de regresar a un cuerpo de hombre. Piensas, aunque no lo sabes todavía, que quizá todo esto ha sido un terrible error. Qué decir explicar justificar argumentar cuando salgas por esa puerta. La luz blanca e impía que entra por la ventana insiste en señalar hacia ese cuerpo que, horas atrás, te devoraba sobre la cama de esta habitación de hotel. Caderas, muslos, vulva, nuca. Boca, muñecas, pechos, axilas. Apuras el cigarro. Volutas grisáceas ascienden perezosas hacia el techo. Desvías la mirada hacia la ventana que sujeta el primer amanecer que presencias fuera de casa en demasiado tiempo. Oscilas el brazo hasta que tu mano izquierda hace de visera. La realidad se impone y sólo quieres permanecer sobre este suelo bruñido algunos minutos más. Te gusta permanecer desnuda. Observas las partes de tu cuerpo desnudo. Hubo un tiempo durante el que solías sentirte extraña en él. Te pensabas cosida a él, arrastrada por él. Fue el mismo tiempo en el que aceptaste situaciones que hoy consideras punitivas. Situaciones que te expulsaban de una realidad que considerabas no hecha para ti. Quizá sólo para aquellos que te metían la mano bajo el vestido mientras bailabas con tus amigas en alguna discoteca. Quizá sólo para aquellos que te decían que nadie te iba a dar placer como en ese momento mientras no sentías nada. Quizá sólo para aquellos que te preguntaban si podías trabajar mientras tuvieras la regla.

El cuerpo cambia de postura. Piensas, aunque no lo sabes todavía, en esos otros que hubo en un tiempo que se te antoja impreciso, sombras deformes que sólo confirman la cara oficial de una historia demasiado habitual, una historia que secuestra el deseo propio y te lleva a un terreno movedizo. Sombras deformes con rostros deformes que tenían miedo a una verdad resplandeciente. Piensas, aunque no lo sabes todavía, que quizá él sea distinto.

Litronas, carcajadas, éxtasis. Shirley Manson se retuerce sobre el escenario. La miro fascinada. T y yo nos besamos, un par de tipos nos miran. La aparto. Me repugna la idea de sentirme observada. T me coge la mano y comenzamos a bailar. Una pequeña punzada en el vientre me empuja del que fue uno de los pocos momentos genuinos antes del abismo. Siento el calor en mis bragas y me curvo ligeramente. Los tipos me observan y comienzo a ponerme muy nerviosa. Le grito que tengo que ir al baño y ella asiente. Pensamiento en bucle, sangre, ropa, T y el puto tampón. Sangre y ropa. Sangre y ropa. Doy gracias por llevar las Martens al ver el suelo del baño. Abro mis piernas y lo coloco como puedo. Regreso al lado de T. Nunca antes me había parecido tan bella. Se gira y nos besamos llenas de deseo. Mete su mano dentro del vaquero. Le digo que tengo la regla. Sonríe. Y mientras la Manson canta uno de sus himnos, ahogo un grito sobre el hombro de T.

El cuerpo exhausto se mueve, cambia de postura y parece que te busca. Enciendes otro cigarro. Buscas en el bolso el teléfono móvil. Más de 30 mensajes de WhatsApp y todavía no has bajado a desayunar. Fumas con cadencia, lo observas con cierta incredulidad. Tu mirada se separa de esa imagen que está anclada a la experiencia del impulso. No sabes por cuánto, nunca te han obsesionado las certezas. Observas su cansancio, los lunares de su espalda, las canas y arrugas que certifican horizontes que no regresarán. La sangre reseca pegada a sus muslos. A los tuyos. Bacon y su danza nocturna. Apagas el cigarro en el típico cenicero de cristal labrado que habita sobre la típica cómoda de cada típica habitación de hotel. Da igual la pasta. Piensas que este cenicero os sobrevivirá. Como el mal gusto. Te gustaría saber más, cosas sencillas. Sin más pretensión. Su canción favorita. Si come carne o no. Aquello de lo que se siente más orgulloso. Si echa de menos a sus hijos. Lo besas en los labios con la suficiente precaución para que permanezca en ese lugar en el que parece ser feliz. Observas los restos de sangre en su piel, un mosaico de círculos pardos en sábanas y moqueta. No me importa, te dijo. Evitó el eso me pone más que tanto desprecias. Quizá lo pensó, pero supo silenciarlo a tiempo. Nunca sabrás si lo hizo para follarte, simplemente, o si, simplemente, así lo piensa. Entras en el baño para ducharte. Echas el gel en tus manos y lo dejas caer sobre piernas y vientre. Los restos de la noche desaparecen. Te vistes y sacudes tu pelo con una toalla.

Mientras repasas las cosas del bolso, él despierta. Hola, te dice. Hola, respondes. ¿Te ibas a ir sin decir adiós? El sí se queda atrapado en la garganta. No tienes ganas de hablar ni de compartir. En tu vida no caben más explicaciones. Observas su rostro vulnerable. Ojalá poder retenerlo así. Sí, respondes. Te acercas y besas sus labios. Descubres una pequeña mancha de sangre en tu muñeca. La lames. Doblas las mangas de tu blazer y sales de aquella habitación.

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