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Desperté de madrugada · Guadalupe Eichelbaum

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Estábamos en terapia, sentados en el suelo, en grupos de tres. Ahí estaba yo, contando que mi hermano había abusado sexualmente de mí. Que si estaba segura, decía uno de los compañeros, la acostumbrada expresión de rechazo disfrazada de buenas intenciones. No es que no te crea, es que puedes estar equivocada. Pero no es mi caso, mi hermano me lo contó, lo que me hacía. Me confesó que lo solía llevar a cabo dos veces por semana durante dos años. Yo no lo recordaba con claridad. Solo veía paredes y techos, nunca miraba lo que estaba sucediendo encima de mí. Esas imágenes iban acompañadas de sensaciones de angustia, de agobio. Recuerdo desear que acabara eso que sucedía y que mis ojos siempre eludían.

Aclarada la cuestión, proseguí mi relato, de eso se trataba, de contar. Entonces me interrumpió otra persona.

—Oye —me dijo, con voz sentida—, ¿te puedo decir una cosa? Ya sé que lo estás pasando mal, pero, tíñete las canas.

Primero pensé que se había equivocado, que había pretendido decir otra cosa. Permanecí a la espera. Aquello no tenía sentido. Entonces se explicó, yo debía cuidarme, empezando por teñir mi cabello.

No se lo expliqué, no tenía ganas, o fuerzas, o lo que fuera que hubiera debido tener para responder a semejante tontería. No iba a creer que me gustaban mis canas, que no era que no me importara mi aspecto, era que me agradaba. ¿Cómo va a estar contenta una mujer con algún rasgo de su anatomía? Eso era impensable.

Acabó mi turno. Empezó a hablar el siguiente. Me resultaba difícil atender a sus palabras.

Una desazón honda comenzó a subirme desde los dedos de los pies, la percibía. Un escozor alimentado por la tristeza y la impotencia. La rabia de sumar oídos sordos a mi dolor. Una amalgama de sentimientos que se transformaba en una especie de picor suave, interno. Algo bullía en mi sangre, lo escuchaba en los oídos. Era el mismo sonido que hacía el mar al arrastrar las piedras de la orilla haciéndolas entrechocar.

Salí de allí sin que se notara mi malestar, la disociación puede ser muy útil para desenvolverse en una sociedad que te exige estar siempre sonriente.

Pero ese cúmulo de sensaciones iba en aumento. Me dije a mí misma que debía estar somatizando.

Y me duché. A esas alturas había subido a mi cabeza. Me refiero a la picazón, el hervor sanguíneo, el hormigueo… Notaba una alternancia de calor irradiado por mi cráneo y frío que me atravesaba la nuca.

Hice lo normal en estos casos: tomé una cena ligera, seguida de un analgésico y, de postre, una infusión de hierbas que me ayudara a conciliar el sueño. Todo esto mientras veía una serie en la televisión. No lograba concentrarme y eso era muy extraño, no me solía ocurrir.

Me acosté, deseando que llegara el día siguiente. Tom, mi adorado gato gordo y negro se acomodó en el hueco de mis corvas.

Me despertó de madrugada un extraño sonido, un silbido susurrante, acompañado de la presión ejercida por un bicho que se había instalado, sin duda, sobre mi cabeza. Abrí los ojos para ver a mi felino doméstico bufar, con los pelos erizados sobre su lomo, durante apenas un segundo, al instante se convirtió en algo duro y frío que conservaba su forma: la mirada de terror, la postura dispuesta al ataque… Entonces las vi. Eran serpientes, a los laterales de mis ojos. Me costó alzar la mano y acercarla a mi cabeza. Temblaba. Pero lo hice. El tacto duro y suave de varios ofidios, uno de las cuales asomó a la altura de mi barbilla, hizo que perdiera el conocimiento.

Desperté horas más tarde, tras haber sido presa de extraños y agitados sueños en los que yo era Medusa. Volví a abrir los ojos. Mi gato, convertido en estatua, había caído de la cama y se encontraba de lado, una figura inerte con las cuatro patas en el aire. Me levanté.

No es que haber matado a mi pobre Tom me resultara indiferente, pero la impresión producida por llevar un nido de serpientes sobre mi cabeza y la terrible sospecha de poseer una mirada asesina, eclipsaban cualquier otro sentimiento.

La hipótesis de que me había transformado realmente en Medusa iba cobrando fuerza en mi mente. Lo que no tenía claro era si, protegiendo mis ojos con gafas de sol, sobreviviría al hecho cotidiano de observar mi rostro en el espejo.

Un comentario

  1. michelle renyé dice:

    Guau. Impresionante

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