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El cinturón de Hipólita · Raquel Pons

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Hipólita se relamía impaciente ante la llegada de Heracles al puerto de Temiscira, como águila que acaba de avistar a su presa tras tres días de sediento vuelo en alto. La flota del héroe, que podía contarse por decenas, estaba ya siendo repartida entre las amazonas, seguras de que cada una de ellas podría derrotar a la tripulación completa de un navío. Sin embargo, no era el cometido de su reina clavar su hacha en el pecho de aquel visitante hostil nada más arribar, sino que pretendía medir sus fuerzas cara a cara, para así tener la oportunidad de observarle y comprobar si era cierto todo lo que había escuchado de él.

Habían llegado a oídos de la reina rumores acerca de la encomienda de Heracles. Por ello precisamente mandó abrillantar su cinturón, para poder observar la codicia y el fuego en los ojos de su contrincante. Hipólita sabía cómo sacudir los oscuros deseos de los hombres para doblegarles, y esa era precisamente su intención para con el héroe; pavonear frente a él su cintura abrazada por el amuleto de su padre que, por el contrario, para ella carecía del más mínimo poder.

El hijo de Zeus y Alcmena bajó sonriente de su nave sin quitar la vista de la reina y su corte de amazonas quienes, como hienas, lo contemplaban desde su promontorio. En cuanto sus pies pisaron aquel paraíso asiático, se vio invadido por el deseo de entregar sus armas y servidumbre a aquella indómita Hipólita que lo cercenaba con la mirada, pero entonces el cinturón de la reina refulgió centelleante bajo el sol y recordó la promesa que le había hecho a Admete, hija de Euristeo, de entregarle el cinturón de Ares que se ceñía sobre la cintura de su ansiada soberana.

Heracles e Hipólita avanzaron para encontrarse. Tanto ansiaban ponerse frente a frente que a punto estuvieron ambos de echar a correr, pero controlaron sus instintos en un vano intento por ver quién cedería primero. Al encontrarse a una orgyia¹ de distancia, Heracles extendió su brazo para entregarle una saeta como tributo a la reina. Sin dejar de sonreír, Hipólita se la colocó entre los dientes y la partió. Satisfecha por la mueca que acababa de dibujarse en el rostro del héroe, le habló:

—Tus armas no me sirven, Heracles, lo mismo que tus lisonjas. Confirma a qué has venido, para que podamos acabar esto cuanto antes. Mis amazonas están sedientas de caza.

El héroe, divertido ante la fiereza de Hipólita, se despojó de su escudo y su yelmo y, sin quitar los ojos de Melanipa, hermana de la reina, respondió:

—Hipólita, cuando pisé tu tierra por un momento soñé con ser tu consorte, aunque a despiadada belleza tus hermanas te igualan.

Melanipa crujió sus nudillos igual que las demás hijas de Ares, pero esperaron la respuesta por parte de su reina. Ella, impertérrita, inclinó la cabeza para que Heracles prosiguiera.

—Heme aquí para cumplir la promesa de llevarle a otra mujer el cinturón que portas. Curiosos son vuestros caprichos, lo mismo que mi insaciable deseo de complacerlos. Dime, Hipólita, cuál es tu precio. Si acaso quieres sexo, dinero o que derrame la sangre de tu pueblo.

Para sorpresa del héroe, Hipólita arrojó su hacha contra el suelo y, con ambas manos, comenzó a desabrocharse aquel cinturón que todos creían mágico.

—A diferencia de ti y de los de tu especie, Heracles, yo no necesito que me cuelgue nada de la cintura para sentirme más hábil, capaz y vigorosa. Ni siquiera mi arco y mis flechas. Tan solo la certeza de que podría matarte antes de que osases posar tus viles manos sobre esto que tanto ansías —Hipólita continuó despojándose de sus vestimentas hasta dejar su cuerpo completamente desnudo, dejando a la vista de todos que los deseos del héroe ahora iban más allá del cinturón de Ares—. Vamos, ¿a qué esperas? Si así lo deseas, coge mi cinturón, mis sandalias, mi ropa y vete, antes de que grabe con tu sangre mi nombre en la aljaba que portas.

Desarmado por la bajeza de sus instintos, sabiéndose incapaz de doblegar o derrocar a la reina y herido de muerte en el orgullo, el héroe recogió el cinturón y salió de Temiscira, habiendo completado así su noveno trabajo, del que menos podría jactarse.

—-

¹ Unidad de medida griega equivalente al ancho entre la punta de los dedos con ambos brazos extendidos.

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