EL ENCANTADOR SEÑOR SONRISAS – Guadalupe Eichelbaum

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Fue verlo y sentir que se me removían las células de las entrañas. Me enamoré, así, al primer vistazo, como en las pelis. Cada tarde coincidía con él en la biblioteca. Nos sentábamos en los mismos sitios, parecía que teníamos los asientos reservados, pero no, se daba de manera natural. De ese modo iba a hincar los codos con el aliciente de tenerlo en la mesa de enfrente, en cuanto descansaba la vista de los libros y apuntes, la posaba sobre su hermoso rostro. Era de complexión media, vestía ropa sencilla, tenía el pelo castaño, levemente ondulado, el rostro  rectangular, con la mandíbula prominente y la frente ancha, los ojos grandes, marrones y muy expresivos, pero lo mejor, sin duda, era su sonrisa. Se le dibujaba en los labios a menudo, era franca, grande y luminosa, cada vez que sonreía parecía esparcir alegría a su alrededor. Lo había escuchado charlar con sus amigos cuando hacían descansos y se acercaban a la máquina de café del hall, era el centro de atención sin pretenderlo, lo escuchaban cuando hablaba y se reían de sus bromas. Una vez me habló, yo había introducido una moneda y marcado la tecla correspondiente al café de avellanas con poco azúcar y el maldito aparato no me daba ni el preciado líquido ni el dinero. Ya estaba empezando a propinarle tímidos golpecitos al cacharro cuando apareció él, apretó unos botones y me dijo:

—Es que ya me conozco los trucos para que funcione este trasto. Ahora tienes que volver a seleccionar la bebida. Prueba.

Mientras hablaba hizo gestos como si fuera un mago sacando algo de la chistera y me dedicó una de sus encantadoras sonrisas al acabar.

Tecleé de nuevo para pedir el café de avellanas. Podría haber aprovechado para decirle algo, cualquier cosa que pudiera servir para entablar conversación pero me había quedado en blanco.

Cuando apareció el vaso y comenzó a caer el café en su interior, él lo señaló con la mano y exclamó:

—¡Tachán! Si te vuelve a pasar, no tienes más que decírmelo.

—¡Muchísimas gracias! Me has salvado la vida, no podría seguir estudiando sin mi dosis de cafeína.

—Así estamos todos.

Y se marchó mientras yo le reiteraba mi agradecimiento como si él fuera Superman y yo Lois Lane, pero después deseché esa comparación porque Lois Lane siempre me ha parecido un poco el estereotipo de mujer histérica y Superman un relamido, ya se me ocurriría una comparación mejor.

Mis amigas y amigos solían reírse de mí, lo expresaban con afirmaciones bastante contundentes como «Tíratelo o pasa de él» parecía ser la preferida, que evolucionó a la siguiente: «Tírate a otro y olvídate del Señor Sonrisas». Yo soportaba estoicamente las SCSS, como las llamaba, esto es las Sesiones de Criticar al Señor Sonrisas, que eran muy frecuentes. Pablo comenzaba diciendo «El muchacho sonríe, eso no te lo discute nadie, incluso parece simpático, pero tampoco es para tanto», y seguía Rubén «Sonríe demasiado, a mí me da grima», entonces se incorporaba Sonia «Lo mejor que tiene es que sabe apañárselas con la máquina de café de la biblioteca», y así sucesivamente. Pero yo no podía evitarlo, era verlo y sentir todo lo que se pueda sentir en el estómago cuando se está colado por alguien. Si se ausentaba una tarde lo echaba de menos como si me faltara algo. Y buscaba excusas para acercarme a él, lo malo es que no encontraba ninguna. Hasta hoy. Hoy sucedió el milagro, víspera de fiesta, poca gente en la biblioteca y sitios libres donde no suele haberlos han sido los factores decisivos. Hemos cruzado la mirada y él ha señalado la silla libre a su lado y me ha dicho:

—Vente.

Y he ido, cómo no. No lograba concentrarme y él tampoco, me ha dicho que si íbamos a la máquina del café a por un café de avellanas y por poco me desmayo de la emoción porque se acordaba de lo que había elegido. Y a partir de ahí la situación ha ido fluyendo como un río de néctar de los dioses, suena exagerado y cursi, pero no encuentro palabras. Hemos charlado, nos hemos reído, ni se nos ha ocurrido volver a nuestros sitios a estudiar y él me ha invitado a cenar a una pizzería cercana a su piso de estudiantes. Durante la velada hemos estado tonteando descaradamente, me ha apartado un mechón de la cara y me lo ha colocado con suavidad detrás de la oreja. Ese simple gesto me ha conmocionado, tanto en el plano emocional como en el sexual, he notado el calor en mi pecho y bastante más abajo.

Hemos subido a su piso porque me ha dicho que sus compañeros no iban a estar y nos hemos besado en el ascensor continuando en el sofá, primero con delicadeza y después apasionadamente.

Le dije que tenía que ir a hacer pis y me incorporé, mareada por el vino y por la excitación. El cuarto de baño olía a lejía de un modo exagerado, creí que me ahogaba mientras me lavaba las manos.

—Oye, os habéis pasado con la limpieza, ¿no?

—¡Ah, eso! Es que uno de mis compañeros de piso era negro, ha dejado el piso y he tenido que desinfectar a fondo, dos botellas de lejía enteras he gastado.

Yo lo miraba sin comprender, debió notarlo porque prosiguió.

—Siempre limpiábamos la bañera después de que él se hubiera duchado, ya sabes, nos daba impresión, teníamos nuestro papel higiénico y el gel aparte.

Sonrió al acabar, pero la expresión de mi rostro debió ser suficientemente clara porque comenzó a intentar justificarse:

—Yo no soy racista, a mí no me importa verlos por la calle, pero vivir con uno…, eso es diferente.

Cogí mi bolso, que había dejado sobre la mesa al llegar.

—Lo siento, pero me marcho. –le dije. Pero al llegar a la puerta me di la vuelta y agregué:

—No lo siento, y, para tu información, eres racista.

 

2 commentarios

  1. Jenny Hammond dice:

    Y de pronto, en la conversación trivial y sin la careta de su sonrisa, se reveló quién él era. El tipo me parece un poco psicótico. ¡Me gustó el inesperado desenlace!

  2. Mari Paz Osorio Lozano dice:

    Me gusta bastante, te va llevando dulcemente por donde quiere para dar un estoque con el puntito final.

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