FESTIVAL – Laura López Gómez

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Nos besamos en la primera fila de aquel concierto de los Vaccines, sumergidos en una piscina de sudor, polvo y hormonas. Nuestros cráneos vibrando. Las luces de neón reflejándose en nuestra piel joven. Había perdido a mis amigas, estaba borracha y colocada y que me vieras me pareció parte de la experiencia. Me dijiste algo que no oí, no sé si tu boca buscó la mía o fue al revés, pero sí recuerdo que tus manos no tardaron en deslizarse debajo de mi ropa. Me pareció divertido. Eras de esos tipos que parece que piensan que besar consiste en introducir la lengua en la boca de la otra persona. Eras de esos tipos que, cuando les dices que tienes dieciocho años, se hacen los sorprendidos y bromean sobre la pedofilia.

Terminó el concierto y seguías ahí. Recuerdo que te llamabas Pablo, que trabajabas haciendo música infantil, que solo habías venido dos días al festival y estabas durmiendo en la furgoneta de unos amigos. Yo estaba durmiendo sola, en una tienda de campaña para tres personas, alejada de las de mis amigas porque ellas habían llegado antes. Se me ocurrió invitarte. Se me ocurrió como una forma de compensar el hecho de haber pasado estos cuatro días teniendo que dormir en una parcela separada. Se me ocurrió como algo a tachar de mi lista mental de cosas que hacer en un festival.

Terminé de cerrar la cremallera antes de que me quitases la última prenda. Presionaste mi cabeza contra tu polla. Me ordenaste las posturas en las que tenía que ponerme para complacerte. Mientras me azotabas y embestías con tu enorme pene yo pensaba si debía decirte algo. ¿Qué iba a decirte? ¿Que me estabas haciendo daño? ¿Acaso no era obvio? ¿Que dejases de imponer tus fantasías pornográficas sobre mi cuerpo porque yo también era un sujeto deseante exactamente igual de válido que tú?  ¿Acaso no era obvio?

Al irte a correr, dos neuronas chisporrotearon dentro de tu cabeza y tuviste la brillante idea de rociar tu semen sobre mi vientre. Sin servilletas, ni papel higiénico, ni ducha a menos de doscientos metros. Sin que pudiera comprobar que no se hubiera roto el condón. No daba crédito. Todavía hoy, tres años después, no logro entender qué te llevó a hacer eso, ¿es que te daba morbo observar tu propio esperma? ¿No lo tienes ya muy visto? ¿Era otra forma de erotizar la dominación? ¿De verdad era necesario? Te pedí que sacaras un brazo fue a de la tienda y alcanzaras la toalla que estaba colgada cerca. Al principio remoloneaste, me llegaste a decir que lo hiciera yo. Tuve que ponerme seria, la ansiedad me estaba poniendo violenta. Te volví a ordenar, esta vez en imperativo, que cogieras la puta toalla y no te quedó otra que hacerme caso.

Por suerte el festival estaba acabando y por suerte en Benicassim hace tanto calor que el agua se evapora enseguida. La toalla quedó abandonada en aquella parcela separada de la de mis amigas. Nos vamos alejando y todo se va haciendo chiquitito. La toalla enterrada en la arena fina que se nos pegaba a la piel en esa parcela alejada se difumina. Tu saliva, la temperatura del líquido blanco y pegajoso. Ya estamos fuera, yo estoy fuera, espero que estés bien.

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