FIEBRE DEL SÁBADO NOCHE – Sara Sánchez de Molina Santos

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La noche, el alcohol, unos bailes pegaditos —perreamos juntos—, cuatro miradas cómplices, me muerdo el labio, se sonríe y ya estamos liados, intercambiando saliva, nuestras lenguas se atan, nuestras manos buscan ávidas la carne del otro. Hacía años que había tensión entre los dos y nunca me pareció buena idea; no sé por qué decidimos resolverla aquel día, pues lo que sucedió superaba las expectativas de ambos.

Cogimos un taxi y nos fuimos a su piso. Por el camino me susurraba al oído “estoy deseando hacerlo” y yo me reía. Siempre me ha parecido que el sexo y toda su parafernalia tienen algo cómico.

Lo hicimos como pudimos. Nerviosos porque era la primera vez que nos acostábamos juntos, torpes por la borrachera. Nos costó acoplarnos, darnos placer. La vergüenza de mirarnos a los ojos, la falta de palabras que nos guiaran. Y no faltó una dosis de escenas de película porno, la mano en la cabeza mientras se la chupaba y una corrida en las tetas como guinda del pastel, con el consiguiente “anda, vete a por papel higiénico, que si me muevo lo pringo todo”. ¿Que si me corrí? Pues no es que no sintiera placer, pero desde luego no hubo fuegos artificiales.

Pero podría haberse quedado ahí, pasar a engrosar el historial de “vaya polvo más innecesario” que vamos acumulando a lo largo de los años y que suelen aparecer en esas conversaciones de risas con las amigas. Sin embargo, un hecho inesperado desencadenó un trágico final.

Yacíamos acurrucados en la cama, un poco insomnes, charlábamos. Contando batallitas de fiestas y encuentros con amigos, hablando de todo y de nada… De repente surgió un tema que se había colocado en el centro de las noticias de actualidad, otra violación grupal.

—A mí es que me parece que se cree muy rápidamente a la víctima y eso podría llevarnos a situaciones en las que muchas mujeres mientan para fastidiar a los hombres. Imagínate, mañana estás ofendida porque no te he llamado y vas y me denuncias por violarte. Yo creo que en muchos casos se las inventan.

—¿Quiénes?

—Todos, los periodistas, las supuestas víctimas… Antes no había violaciones grupales y ahora están por todas partes. Piénsalo, tiene sentido. Es como si ahora todos los hombres fuéramos culpables… no me malinterpretes, yo estoy a favor de la igualdad, pero esto está yendo demasiado lejos —dice muy serio.

Ahí siento que algo arde en mi garganta, y no, no es ese chorrillo de semen que me he tragado antes a duras penas, es la bilis que regurgita por mi esófago. La náusea que activa el atroz desenlace. Me invade la pereza de explicar otra vez que el feminismo no busca ejercer la opresión contra los hombres y otra vez siento que he traicionado a mis principios. Así pues, me erijo como una mantis, mi piel se torna verde y las pupilas dilatadas por la excitación. Me muerdo el labio, y veo en sus ojos ganas de un segundo polvo. Un brillo en la cocina llama mi atención y, como una perra guiada por su olfato, salto de la cama y agarro el cuchillo de carnicero que está junto al fregadero mientras disimulo bebiendo un vaso de agua.

Observo a mi víctima tranquila en la cama desde el umbral de la puerta, una mano en mi espalda sujeta firmemente el cuchillo, con la otra me toco sin despegar mis ojos de los suyos. Ávida, excitada me acerco a él, sus ojos brillan, encabalgada sobre sus piernas, siento su pene erecto contra mi vientre y, justo ahí, en ese instante, iluminada desde atrás como en una estampa, me encomiendo a santa Lorena Bobbitt, y con un golpe rápido y certero le secciono el miembro.

Su aullido de dolor corta la noche y mientras su cabeza cae hacia atrás en un desmayo, me entretengo en cada parte de su cuerpo, clavando el cuchillo en cada milímetro de piel donde unas horas antes posé mis labios, mi lengua. Bebo la sangre que mana de sus heridas, muerdo y desgarro lentamente su carne, saboreo sus jugos, me masturbo con sus vísceras, el espejo refleja mis pechos enrojecidos y hermosos, mis ojos se miran y contemplo la escena extasiada como si no fuera su protagonista, sino un mero espectador. Clavo mi mirada en sus ojos que han quedado un poco entreabiertos y con una expresión entre sorpresa y dolor. Cada vez estoy más cachonda, fuera de control, y justo ahí, mientras escribo con sangre en la pared “no todos los hombres”, siento como llega el tan ansiado orgasmo, largo e intenso placer.

Y así, vientre henchido y baño de sangre, por fin me vence el sueño y descanso junto a mi amante.

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