HABLADURÍAS – Andrea Zurlo

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En la urbanización se hablaba únicamente de él, aunque nadie lo hubiera visto. Y también de la puerta negra de su casa y del rojo con el que pintó las paredes exteriores. Este lugar de jardines cuidados y de casas amables e idénticas, en tonos pastel, pensado para familias prolíficas y una comunidad homogénea de personas sin más objetivos que el día a día, las compras, el bronceado, el tenis y la piscina, no admitía cuerpos extraños que lo infectaran.

Nuestra casa era una más en la urbanización, en un color amarillo patito, con un bonito jardín. Las casas de mis vecinas eran una rosa y la otra celeste, incluso nuestros coches mantenían una armonía estética y cromática que exudaba pacífica convivencia, o quieta resignación de clase media pudiente y despreocupada. En esa época no me hacía muchas preguntas, me ocupaba de mi trabajo, de mis hijos, de mi casa y de mi jardín, y asistía a lecciones de yoga y pilates para evitar las críticas de Germán que odiaba la celulitis y los culos caídos. Siempre andaba criticando a mis amigas, sus vecinas y, a la vez, esposas de sus amigos. Porque así era nuestra vida en la urbanización, unidos en relaciones de amistad y matrimonio con aspecto inoxidable y corroídas por dentro.

Con Germán no teníamos nada que decirnos más que hablar sobre las vidas ajenas y las cuestiones diarias, hasta que llegó el nuevo vecino que no trajo una familia y se convirtió en su obsesión. La casa del vecino era una de las más grandes, con cuatro dormitorios y Germán no dejaba de preguntarse para qué quería semejante casa si no estaba dotado de mujer e hijos, como si la mujer y los hijos fueran un accesorio que se comprara a bajo precio. El vecino era su único tema, durante todo el día, incluso a la noche, cuando se me acercaba por detrás en la cama, siempre a oscuras. Yo lo oía adosarse a mi espalda y cerraba los ojos, apretando los puños, porque sabía que serían cinco o diez minutos de esa especie de ronquido que lanzaba a mis espaldas al penetrarme, después de dejarme desnuda a mitad y manosear con sus dedos gordos e inexpertos mi sexo, pensando que eso bastaba para excitarme; una vez satisfecho, se volvía hacia el otro lado y buenas noches. Sin besos ni caricias. Ya iban cinco años así y no me daba cuenta, o no quería darme cuenta, de la soledad que sentía y de que mi piel se arrugaba sin contacto ni arrumacos. ¿A quién podría confesar mis penas? No a mis vecinas de la casa rosa y celeste, ni a las chicas del gimnasio y mucho menos a mi madre, hermanas, primas… Sería como aceptar un error y ponerme un letrero de frustrada, imaginaba sus consejos: no te quejes, te da una buena vida.

En una tarde calurosa, a la hora de la siesta, me encontré tocando al timbre de la casa del nuevo vecino. El jardín estaba rodeado por una empalizada altísima de madera y mis hijos habían pateado la pelota del otro lado de la muralla. Esa valla alta contrastaba con nuestras casas con sus cercados bajos y puertas siempre abiertas, donde todos eran bienvenidos o simulábamos que lo fueran.

Cuando la puerta se abrió automáticamente, me encontré frente a la fachada rojo fuego y la puerta negra. Un hombre pequeño con gestos afeminados me recibió en bata apoyado contra el marco de la puerta. «Buenos días, bienvenida», fueron sus palabras pronunciadas con voz de terciopelo. Respondí con un saludo y disculpándome le dije que buscaba la pelota que habían lanzado mis hijos. Con amabilidad me acompañó a dar una vuelta por el jardín. Al pasar delante de una ventana, llegué a entrever dos hombres elegantes y una mujer que charlaban sentados en cómodos sillones. «Si sucede otra vez, aquí detrás hay una puerta que puede usar para entrar en el jardín cuando quiera», me dijo indicándome la puerta que se abría en la muralla.

Desde ese día la pelota volvió a caer asiduamente en su jardín. Yo entraba por detrás y espiaba por la ventana. Se oían voces y música, y alguna vez vi a mi vecino entre sus invitados; creí reconocer a alguno de ellos.

Cuando Germán comenzó a repetir las habladurías que corrían en la urbanización, diciendo que el vecino hacía fiestas pero no se veía entrar a nadie, respondí con un contundente «¿qué te importa?» que no le agradó. Ese sábado por la noche, el día designado para su sexo insípido, rechacé sus dedos y me levanté de la cama. Desde la casa del vecino llegaba una agradable melodía y las luces estaban encendidas.

A partir de esa noche, cuando dije «no» por primera vez en años, Germán no supo más cómo comportarse. Nunca tuvimos un diálogo, por lo que él ignoraba como enfrentar un argumento íntimo ni sabía cómo satisfacer a una mujer.

Una de las raras veces que mi vecino salió en su coche de cristales polarizados, aproveché para entrar en su jardín y espiar desde la ventana con detenimiento. Un camarero en uniforme servía canapés y bebidas a los invitados, vestidos a toda gala a las tres de la tarde de un día infernal. Mientras espiaba, mi vecino me sorprendió y me invitó a entrar. «Venga, le presento a mis amigos». Entramos en su maravillosa casa y me encontré cara a cara con Brad Pitt. Lo miré incrédula. «Hologramas», dijo, «con ellos tengo una vida apacible y estoy siempre acompañado». Su idea me dejó pasmada, era inusual y fantástica a la vez y no tardé en unirme al grupo y buscar excusas para disfrutar de sus fiestas. Mi pequeño vecino, Mark, sabiendo que me agradaba abrazarme a la incorporeidad de Brad Pitt, decidió hacerme un regalo magnífico: se vistió dentro de su holograma y, recorriendo mi cuerpo con caricias delicadas y apasionadas a la vez, me obsequió el primer orgasmo en años.

Lo visito a diario.

 

Un comentario

  1. Sara dice:

    Es fantástico, me ha gustado muchísimo 🙂

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