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Helena o el engaño de los hombres · Matilde Tricarico

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Helena eligió el vestido verde, era el que más le favorecía, a juego con sus ojos verde bosque y terminó de acicalarse con el broche que le había regalado su madre el día de su boda. Era una serpiente con ojos verdes. Sé astuta e imprevisible como ella, no lo olvides, le dijo acariciándole el pelo. Aún le dolía el recuerdo. Estaba perfecta, su marido le había explicado que la cena de esa noche sería la más importante de todas.

Cuando se ponía tan serio, ella se preocupaba, si él era uno de los empresarios más ricos del petróleo, a quién tendría que agasajar. Miró hacía el lago, estaba tan apacible que a veces le hacía sentir nostalgia de su mar azul de Corfú. Hacía tres años que se fue. Ahora vivía en un chalet impresionante rodeado de verde, con campos de tenis, piscinas, un helipuerto y, al borde del rio, un embarcadero. Cuando al atardecer veía los barcos anclados se acordada de su casita azul, de los pescadores en el muelle, del olor a sardinas y de las charlas inútiles. Entonces pensaba en su madre a la que no había vuelto a ver y los ojos se nublaban. Estaba feliz con Mel, como quería él que lo llamara, tenía todo lo que había deseado y más. Vestidos de firma, zapatos de marca, amigos importantes.

Mel se enamoró de sus ojos en un concierto de rock al aire libre.

Tus ojos son magnéticos, le dijo, y desde aquel día no se separó de ella. Tenía que ser verdad, pensó Helena, porque si miraba a un hombre diez segundos ya la seguía. Nunca había dado importancia a su belleza y al poder que tenía con ella.

Esta noche tenía que sentarse al lado de un príncipe árabe, Parvin era su nombre, que negociaba con su marido la venta del petróleo y con tres mujeres de las que se verían solo los ojos.

Qué esclavitud, pobrecitas, menos mal que ella vivía en un país civilizado.

En el salón, el príncipe estaba hablando con su marido, cuando ella entró se dio la vuelta y la miró intensamente como si hubiese querido entrar en sus ojos, en el fondo de aquel bosque verde. Se quedó un instante hechizado, luego se retiró y presentó a sus mujeres.

Durante la cena Helena se sintió incómoda, con cualquier pretexto él le tocaba el brazo desnudo y para hablar se acercaba a su mejilla con su aliento a puro. No tenía que haber elegido este vestido verde que realzaba su pecho y sus hombros. Él le decía: reina, mi reina, en un inglés difícil de entender.

Cuando por fin acabó la cena y volvieron al salón, ella se escurrió, fue al cuarto de baño y se lavó las mejillas frotándolas hasta hacerse daño. Su marido y el príncipe habían salido al porche. Sus cabezas extrañamente cerca.

Por suerte también estaban el embajador y su mujer y Helena pudo olvidar su desasosiego y un mal presentimiento.

Al final de la velada se acostó muy cansada. Los párpados parecían de plomo y necesitó la ayuda de su camarera para desvestirse. Su marido acudió a darle las buenas noches, le dio un beso y le susurró: Querida, enhorabuena, has estado perfecta. Fue lo último que escuchó.

Una voz desconocida la despertó, abrió los ojos, y lo primero que vio fue a una mujer, vestida de negro, que caminaba deslizándose por el suelo y poco a poco subía las persianas y apartaba las cortinas de seda. Se pellizcó, estaría soñando, había dormido en una cama gigante donde cabrían tres o cuatro personas, a sus pies unas columnas dóricas de oro, todo brillaba. No entendía nada. Calma, se dijo, es una pesadilla, pasará pronto. Cierra los ojos y luego vuélvelos a abrir. En frente se veía el mar, era el mar, no un lago, azul verdoso, no su mar azul intenso. ¿Dónde estaría?

Vio que la mujer se acercaba con una taza en la mano, ella de un manotazo la tiró al suelo, por el color parecía un té. Gritó con todas sus fuerzas. Estaba desnuda, ella nunca dormía así.

Se tocó, no tenía heridas ni golpes, estaba bien. Solo vio encima de la mesilla, dorada también, su broche de serpiente.

Se abrió la puerta, entró un hombre con una túnica blanca, era él, Parvin, dijo: Helena, en este palacio no se grita, luego hablamos, y salió.

El momento del baño fue tan relajante que por un momento se olvidó de Mel, y de todo. No lloraría, solo lo haría estando sola. La mujer le extendió por el cuerpo una loción perfumada de flores de azahar, le colgó el gádor y la acompañó a la habitación del príncipe. Allí la esperaba con su puro: Helena, relájate, tu marido no te quería, te vendió por unos barriles de petróleo, tranquila, yo te protegeré. Le acercó una copa a los labios y la obligó a beber. Ella maldijo a su dios, a su marido y a todos los hombres que se habían aprovechado de su belleza, los maldijo en griego. Mejor quedarse callada, no tenía escapatoria.

Mientras él la manoseaba, torció la cabeza para que no viera sus lágrimas silenciosas. Astuta como la serpiente mordería en el momento justo. Sería la única para él, la mujer más fuerte que habría encontrado nunca. Había aprendido mucho de su madre.
Se mordió la lengua cuando la penetró y le hizo daño, se vengaría de todos. Antes o después. Vendería el broche, algo haría, tenía que salir de allí. Mejor durante un viaje, más seguro, un plan estaba tomando fuerza en su mente. Se movería callada con sus ojos verdes escrutando todas las posibilidades. Un grito rompió el techo cuando él llegó, la miró encantado y cayó sobre ella. Helena mordió su pabellón auricular y le susurró : ¿Me llevarías a Corfú a ver a mi madre?

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