HERMANA PEQUEÑA – Silvia S. Muñoz

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Cuando encontré el condón, no podía imaginar lo que vendría después. Observé los pliegues de látex pegados con restos de sustancias pringosas. En los bordes resecos, manchas blancas y motitas rojas que supuse virginales. Me sorprendió que lo hubieran dejado de manera descuidada sobre el tapete verde, dentro de la misma caja donde guardábamos las fichas de póker y la vieja baraja francesa, y pensé que ese desorden era típico de mi hermano mayor. Así que lo guardé dentro del cajón de mi mesilla. En aquella época, había una guerra entre ambos, una cruzada de dominación familiar llena de afrentas y continuos duelos donde se imponía la ley del más fuerte. Por todo esto, decidí conservar aquellos restos-de-quien-fueran, y supuse que, sin buscarlo, ni pretenderlo, tenía un as en la manga contra él.

Días más tarde, sentada con mis amigos tras un agotador partido de baloncesto, oí la conversación entre unos colegas del barrio que pasaban por el banco del parque donde nos encontrábamos:

—El Tirilla —como llamaban a mi hermano por aquel entonces— se ha tirado a Manuela en su casa, no una, sino varias veces —contaban riendo a carcajadas—, y luego el muy inútil no sabía dónde había dejado el condón.

El eco de sus risas de hiena rebotó en mi pecho.

Me despedí de mis amigos con un triste monosílabo. Al llegar a casa, sin apenas saludar, corrí a la habitación, abrí el cajón de la mesilla y cogí el condón: estiré una de las puntas y me pregunté con tristeza qué proporción de los fluidos de Manuela se había quedado prendada a aquel objeto misérrimo y desgalichado. Y es que ella adornaba muchas de mis noches: Manuela y sus tetas —porciones soñadas de materia lunar, de simetría perfecta—, Manuela y su boca pluriforme, generosa, Manuela y el bello suave y oscuro de sus axilas que asomaba por la manga corta de su camiseta cuando jugábamos al baloncesto y lanzaba la pelota que mis manos torpes no eran capaces de atrapar.

Y es que Manuela se me escurría entre los dedos.

Dejé el condón en el cajón y sentí los contornos prendados entre mis dedos como una resaca angustiosa y voraz, sobre todo porque Manuela no estaba en la lista de mi hermano, engrosada por tipas de rostros perfectos, cuerpos de vértigo y sonrisas endiosadas, reflejos idénticos a los maniquíes apostados en los escaparates de moda que visitaban. En cambio, sí estaba en mi lista, donde no había más nombres que el suyo. Manuela estaba muy lejos de parecerse a aquellas maniquíes de carne y hueso de las que, a menudo, ella misma se burlaba:

—Míralas —decía cuando pasábamos a su lado en el patio del instituto—, parecen que estén pidiendo una mamada.

Y es que Manuela me gustaba de aquella manera, descarada, exuberante, sin complejos. Me excitaba oler su sudor tras terminar un partido, y no podía resistirme a su carcajada equina de dientes desiguales.

Cuando mi hermano llegó a casa, lo cogí de la pechera llena de una rabia loca, lo arrastré y lo arrinconé en su habitación. Cerré la puerta para que nadie nos escuchara y empecé a pegarlo, lo pateé descargando mi furia mientras él reía de tal manera que mordía mi orgullo —al fin y al cabo, era dos años más pequeña, por eso solía burlarse de mis ataques; un puñetazo de los suyos bastaría para frenarme—. Cuando intenté tumbarlo en la cama, resbalé, y aprovechando el desconsuelo y la desesperanza de mis golpes poco certeros, me agarró del cuello por sorpresa.

—¿Qué coño te pasa? ¡Estás enloquecida, jodida niña! —gritó.

Me dio tal patada en el culo que me golpeé contra una de las paredes. Salí de allí con el labio partido, una herida en la sien y una bronca de mi madre que me castigó a no salir durante el fin de semana.

El domingo, cansada de rumiar mi derrota, supe lo que tenía que hacer.

Ese día mis abuelos venían a comer una paella. Cuando sonó el timbre, mi hermano les abrió la puerta contándoles los últimos goles que había marcado el sábado con el equipo del barrio. Ellos, embobados ante sus encantos, reían orgullosos de sus logros. Yo, mirándolo con una falsa devoción, ponía la mesa para ganarme el perdón de mi madre.

Cuando toda la familia estaba en el comedor esperando la paella, fui a mi habitación, abrí el cajón, cogí el condón, lo metí en el bolsillo y regresé a la cocina para ayudar a mi madre. Los dos primeros platos se los serví a mis abuelos, el tercero a mi padre. Volví a la cocina, saqué el condón de espaldas a mi madre, ocupada en cortar rodajas de limón, y pensando en Manuela y en sus tetas lunares, lo escondí —con esa superioridad moral que la idea de la venganza otorga—, entre los granos de arroz, trozos de verdura, anillos de calamares y gambas de mirada hueca que llevaría el plato de mi hermano.

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