Herminia Luque: «solo un empeño sostenido, casi heroico, permitía a una mujer convertirse en autora»

Entrevista

Hay pocas cosas que me molesten tanto como la afirmación de que no puede existir la amistad entre las mujeres. Bueno, hay otra cosa peor: decir que un hombre y una mujer tampoco puedan ser amigos. Esta última idea me desagrada aún más por el tufillo puritano. Parece que los placeres del sexo nos alejan de los de la amistad.

Las mujeres no podemos ser amigas porque somos envidiosas, chismosas y competimos unas con otras… todas esas características que siempre he visto en las relaciones entre los hombres, aunque a nadie se le ocurra decir que los hombres no pueden ser amigos. La escritora Herminia Luque

le pone un nombre exacto a esta incongruencia: misoginia. Ella conoce bien este fenómeno, como demuestra en su libro Escritoras ilustradas. Literatura y amistad, un libro en el que nos descubre a escritoras como María Rosa de Gálvez, Inés Joyés y Josefa Amar, a las que casi nadie conoce.

Leer un libro es muy parecido a entablar una relación amistosa: los autores coquetean con sus lectores hasta que los lectores caemos rendidos de admiración. Seguiré los pasos de esta nueva amiga que es Herminia Luque y espero fortalecer estos lazos con sus futuros libros. Pero ahora os invito a leer esta ilustrada e irónica entrevista que inaugura el blog de Ménades.

Ana Aranda Vasserot

Hablas de muchas mujeres en tu libro, pero algunas de ellas destacan de manera especial, ¿Podrías decirnos brevemente quiénes son y en qué aspecto del pensamiento o de la creación destacaban?

Son Rita de Barrenechea (Bilbao, 1757-Madrid, 1795), María Rosa de Gálvez (Málaga, 1768-Madrid, 1806), María Lorenza de los Ríos, marquesa de Fuerte-Híjar (1761-1821), Josefa Amar y Borbón (1749-1833), Gertrudis Hore (1742-1801), Rita Caveda (1760- ¿?), Inés Joyes y Blake (1731-1808), Margarita Hickey (ca.1740-ca.1801) y María Joaquina Viera y Clavijo (1737-1819). Inés Joyes escribe una interesantísima Apología de las mujeres, una llamada a la sororidad y una defensa cerrada frente a los hombres engreídos y, sobre todo, abusadores. Josefa Amar escribe un tratado pedagógico muy interesante, pero destaca también por el ardor con el que defiende las capacidades de las mujeres y cómo se les cierra el paso hacia los honores y los empleos. Rita Barrenechea y la marquesa de Fuerte-Híjar fueron dramaturgas, no profesionales por su condición de aristócratas, pero abren caminos en la nueva comedia sentimental. María Rosa de Gálvez es la que tiene una obra más amplia, tanto en poesía como en teatro, y la que destaca por su decidida ambición literaria; se volcó en su faceta como dramaturga, aspirando sin tapujos a la fama y a la obtención de recursos económicos. Su temprana muerte (a los 38 años) truncó esa brillante trayectoria.

El subtítulo de tu libro es “Literatura y amistad”. Se ha dicho que la amistad es algo más propio de los hombres que de las mujeres. ¿Crees que esto es cierto?

Una autora que tuvo mucha influencia en el siglo XVIII, madame de Lambert, decía que no podía existir una verdadera amistad entre mujeres (la vieja historia de la rivalidad entre ellas). Pero son las típicas majaderías que le interesan al patriarcado: así las sustraen de relaciones que consideran un desperdicio. Las mujeres, claro, tienen que dedicar su tiempo a ellos y a los frutos de su vientre, amén.

¿Las protagonistas de tu libro demuestran que puede existir la verdadera amistad entre las mujeres?

Por supuesto: existió amistad entre escritoras. Inés Joyes recomienda vivamente a las mujeres cultivar la amistad entre ellas; amistad que considera un auténtico regalo, un consuelo también . María Rosa de Gálvez celebra, de igual modo, en su poesía la amistad (no el amor) con hombres (Licio, Sabino), algo verdaderamente insólito.

¿Existe alguna diferencia entre sororidad y fraternidad?

Fraternidad es un concepto lleno de contenido político, muy característico del ciclo revolucionario que comienza con la Revolución Francesa: la fraternidad la practican los iguales, es decir, los hombres con idénticos derechos. La exclusión de las mujeres es evidente y no solo como marca etimológica. La sororidad es un concepto puesto en valor por el feminismo para subrayar la realidad (no la mera posibilidad) de un apoyo mutuo entre las mujeres. En el siglo XIX hubo una “hermandad lírica” de poetisas, con comunes intereses literarios de por medio, pero también como símbolo de comprensión y de ayuda frente a las dificultades inherentes al insólito hecho de que una mujer quisiera escribir.

¿Qué te ha llamado la atención de la amistad entre Barrenechea y Gálvez?

Pues el hecho mismo de que existiera entre dos literatas. Y que esto quedase reflejado en el poema, de muy bella factura (La noche), que María Rosa de Gálvez le dedica a la memoria de su amiga muerta.

Has decidido centrarle en la época de la Ilustración, entiendo que te interesa de manera especial este siglo. ¿No es verdad?

La Ilustración es la raíz de nuestro tiempo; no podríamos entenderlo sin ideas o fenómenos que se dan en el contexto ilustrado. Desde el feminismo a las vacunas, del turismo al concepto político de división de poderes o el de tolerancia. Hasta la energúmena más reaccionaria de la ultraderecha debería levantarse por las mañanas dando gracias a que existieron pensadores y filósofas ilustrados que iniciaron la senda para que ella pueda ser considerada un ser racional como los varones e incluso pueda ser diputada.

La Ilustración es un movimiento muy rompedor con lo establecido, pero seguramente no fue igual en España que en Francia o en otros países.

La Ilustración en España es más moderada, sus objetivos son menos rupturistas. Pero, sobre todo, nunca es impía; no va jamás en contra de la religión católica. Eso es impensable en un país que hasta en la primera constitución de 1812 asegura que la única religión verdadera es la católica, apostólica y romana. Pero, sobre ello, la Ilustración española es débil e insuficiente; una Ilustración que, con las mujeres, no cumple sus promesas de racionalidad, universalidad y emancipación.

Te detienes en tres escritoras del siglo XVIII, María Rosa de Gálvez, Inés Joyes y Josefa Amar ¿Te sientes cercana a alguna de ellas?

Para sentirme cercana necesitaría conocer algo más de su intimidad. Pero es algo que se nos escapa. Puedo compartir determinados sentimientos de los poemas de la Gálvez; apoyar la defensa del conocimiento y de la educación que hace Josefa Amar; o compartir la ética laica que destila en su ensayo Inés Joyes. Son elementos con los que puedo identificarme, pero, en general, son personalidades elusivas, no se dejan atrapar por completo. Hay algo trágico en eso, porque no depende del tiempo transcurrido (por ejemplo, sé más del pensamiento de Agustín de Hipona, del siglo IV d. C.), sino de lo que nos podían ofrecer de sí mismas y de lo que ha llegado también (una obra escasa, nada de textos autobiográficos).

El teatro juega un papel importante pero seguramente no solo como entretenimiento sino como una manera de educar a la sociedad al estilo de Diderot o Goethe en Weimar o en tiempos más recientes de García Lorca. ¿Crees que en el caso de estas autoras este aspecto también les influyó a la hora de escribir teatro?

El teatro tiene en el siglo XVIII un innegable componente didáctico. Los
ilustrados se empeñaron en que fuera el vehículo por excelencia de sus
propuestas ideológicas. Y sabían que uniendo emoción y razón se puede
llegar a un público más amplio.

¿Las obras de estas autoras se estrenaban y tenían éxito y repercusión en la crítica?

Las obras de las aristócratas Rita Barrenechea y María Lorenza de los
Ríos estaban pensadas para estrenarse en los teatros privados de sus
propias casas. Tan solo María Rosa de Gálvez estrenó con éxito sus
tragedias y sus comedias en los coliseos madrileños. Y tuvo roces con la
censura, que consideró inapropiadas algunas de sus obras. Pero lo más
llamativo es cómo moviliza sus recursos personales, en las cartas que
dirige a las instancias pertinentes, para conseguir el estreno de sus
obras. La crítica oficial fue con ella, o bien condescendiente por ser
una mujer, o directamente hostil. El poeta Quintana aludió en un
artículo al meollo de la cuestión: simplemente era cuestión de repartir
con ellas, con las escritoras, la fama (los honores, las oportunidades,
el reconocimiento). Y, claro, los escritores no se mostraban muy
predispuestos a esto.

¿Crees que el público se sentía identificado con los personajes y los temas, para bien y para mal?

En el género de la comedia era más fácil; se trataban temas como el matrimonio o la educación de las niñas. En la tragedia era más difícil; las obras de María Rosa de Gálvez debían impresionar por sus potentes personajes femeninos. Pero una identificación con ellos sería más difícil, porque son mujeres que se ven abocadas a destinos y acciones extraordinarios. Como Florinda, Blanca de Rossi o Safo. El suicidio, por ejemplo, es una opción para ellas.

En aquel contexto, ¿Qué mueve a una mujer a hacerse escritora? La pasión, el sentido de justicia…

Bueno, en todas las épocas hay algo que se llama vocación, una pasión por lo literario, que se sustancia en los actos de leer y escribir. Pero acceder a la autoría es un empeño, significa ser aceptada en la República de las Letras, y sobre todo es una dedicación que se convierte en oficio. De todas las escritoras, solo María Rosa de Gálvez se convirtió en una escritora profesional, una dramaturga de éxito. De modo que, a la postre, solo un empeño sostenido, casi heroico, permitía a una mujer convertirse en autora.

Muchas de estas mujeres el tema del matrimonio está muy presente, seguramente más que en sus colegas varones. ¿Por qué sucede esto?

Porque el matrimonio era la única salida de las mujeres; algo que decidía el resto de sus vidas. Y por las condiciones de ese vínculo en la época: eran los padres los que concertaban los enlaces de las hijas, con hombres muchas veces mayores que ellas. El amor no pintaba nada ahí. A lo largo del XVIII se fue sentimentalizando el matrimonio, hasta convenirse que era necesario que hubiera una afinidad electiva.

Hay una defensa de la soltería por parte de Beatriz Cienfuegos que debió ser sorprendente en aquella época, pero también hay dudas acerca de la identidad de Cienfuegos, ¿no es cierto?

El misterio parece resuelto ya. La catedrática de Filosofía Cinta Canterla la ha identificado como Beatriz Manrique de Lara Alberro, nacida en el Puerto de Santa María en torno a 1714; viuda a los cuarenta y nueve años, se embarca en el proyecto periodístico de La Pensadora gaditana por motivos económicos. No es, pues, un chistoso eclesiástico el que se esconde detrás de Beatriz Cienfuegos. Con lo cual tienen más sentido muchas de las aseveraciones de La Pensadora, una mujer que ya sabía lo que era el matrimonio y no tenía intención de repetir. Por otro lado, la defensa de la soltería también se da curiosamente en un prólogo (que no llegó a ser publicado) de la traductora Cayetana de Aguirre y Rosales, donde dice que el de soltera es el estado más conforme a la naturaleza y en el que no se pierde esa “amable libertad del corazón” como sí ocurre al casarse. Pero el tema no era raro en otros contextos: en Francia y Gran Bretaña, autoras como Gabrielle Suchon y Mary Astell defendieron valientemente su libertad y su autonomía, rechazando el matrimonio.

¿Cómo ha sido el proceso creativo? En tu libro hablas sobre las dificultades de encontrar datos sobre estas escritoras.

Paradójicamente no hay muchos datos personales, tampoco demasiadas obras conservadas, pero sí investigaciones exhaustivas, excelentes monografías que ponen dichos datos en su contexto, y nos ofrecen una visión esclarecedora de nuestras autoras. Hablo de trabajos académicos como los de Mónica Bolufer Peruga, sobre Inés Joyes, o María Victoria López-Cordón, sobre Josefa Amar y Borbón, o de Catherine Jaffe y Elisa Martín-Valdepeñas, sobre la marquesa de Fuerte-Híjar, auténticas joyas.

Entre tus investigaciones históricas como las de este libro y tus novelas históricas, ¿existe una relación? ¿Trabajas en paralelo?

Cada libro, sea ficción, teatro, ensayo o investigación histórica, lo entiendo como una indagación. Y tiene sus tiempos, sus fuentes y sus formas completamente distintos. La primera novela histórica que escribí, por ejemplo, la situé en la Antigüedad tardía. Y la obra de teatro que se estrenará en 2021, Blanco/Weiss, tiene como protagonista a una mujer de la primera mitad del siglo XIX.


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