HUEVOS Y MIEL – Solène Delrieu

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Esta historia ocurrió en el verano de 2019, en una pequeña ciudad del norte. Camilo y yo deambulábamos por el centro, titubeando en medio de una noche sin estrellas. Justo alcanzábamos la fachada silenciosa de un bar cuando de repente se abrió una discreta puerta de madera color verde agua. De la boca de un edificio antiguo se escapó una mujer joven, con el cabello corto y una cara de rasgos finos. Atravesó la calle sin mirar atrás hasta alcanzar la otra acera y empezó a sollozar. Mi embriaguez se desvaneció y me acerqué a ella. «Oye, ¿estás bien?». Me abrazó con fuerza al reconocer con alivio a otra mujer frente a ella. «Gracias, no puedes saber cuánto me asusté», susurró en mis rizos. Nos despedimos de ella y luego empezó a rebuscar febrilmente en su móvil. Intentó llamar dos veces, sin éxito. Con determinación observó la oscuridad. Se echó a correr bajo la llovizna.

Sole conoció a Adrián en una biblioteca. Era un edificio curioso que se elevaba como una gran flor de metal entre los inmuebles. Un día se sentó un chico a su mesa: era mayor que ella y se estiraba a menudo, mirando el cielo con una sonrisa vaga. Sole no conseguía concentrarse y se le erizaba la piel al sentir la sensualidad tranquila que desgajaba. Empezaron a conversar sobre una banalidad y al constatar su ineficiencia mutua, se fueron a tomar un té: ella era romántica y muy pronto quedó fascinada por Adrián y su mirada brillante. Era arquitecto, tenía un discurso comprometido sobre las mujeres, le decía a Sole que era inteligente para su edad, y como ella había viajado mucho. Ambos se reían con espontaneidad y decidieron volver a verse. Al día siguiente pasearon a lo largo del canal de la ciudad y ella quiso descubrir el piso en el que vivía, justo debajo del ático de un viejo edificio. Entusiasmada, propuso que se quedara a dormir con él la misma noche: el sexo fue intenso y duró más o menos todo el fin de semana. Adrián tenía un apetito voraz. Sole, en los albores de sus veintitrés años, apenas empezaba a explorarse: antes poco sabía dejarse ir y sentir placer, y a menudo había fingido el goce para complacer al otro. Adrián la superaba en técnica y en experiencia, la manipulaba en todos los sentidos, la tomaba por todos los huecos y jugaba con ella como si fuera una muñeca. Ella miraba atónita esos nuevos experimentos: a veces lo disfrutaba, a veces volvía a sentir cierta inercia. «¿Quieres mi polla?» susurró una voz en su cuello empapado de sudor. En su pasividad tierna logró rechazar la voluntad imperante del macho y explicó que no se sentía a gusto con ello. En sus piruetas frenéticas Adrián intentaba excitarla con un erotismo algo grosero que la incomodaba, pero también se reían y conversaban mucho en la cama: ella acariciaba su rostro con dulzura y jugaba con los rayos del sol.

Sole sentía prisa por ver a Adrián de nuevo. Dos semanas transcurrieron y llegó el calor de agosto. Era la víspera de su cumpleaños y una vez más subió la escalera polvorienta que conducía al ático del inmueble. Adrián la recibió, sonriente y sexy, y pocos minutos después Sole estaba desnuda, apretada contra la pared. Sintió molestia por tal precipitación, pero no protestó: él le había preparado una cena de cumpleaños y comieron mucho, agotando dos botellas de vino mientras ella le contaba sus proyectos y hablaban de arquitectura. Surgió la noche calurosa y en la mente de Sole resonaba alguna melodía extraña, un zumbido fuerte que invadió sus adentros cuando se tragaron digestivos perfumados. Embriagados en una vacilación suave, probaron una miel que Adrián tenía resguardada en un armario, como un secreto. De pronto, en un recuerdo borroso Sole ya estaba en la cama y Adrián, con grandes gestos dramáticos le repartía miel en todos los pliegues de la piel, en sus cuatro labios, y con los ojos exorbitados agarró un frasco de aceites esenciales y recorrió el vientre, las nalgas y las piernas de Sole con sus dedos. Ella estaba cansada, no participaba mucho en el juego y pidió ducharse. La miel resbaló hasta sus pies. Mientras se secaba y volvía a la cama, el zumbido en su mente se hizo más fuerte. Los minutos siguientes fueron opacos. «No». Su voz sonaba segura y su ebriedad había desaparecido. Él estaba de pie. «¿Cómo?». Sus ojos exorbitados se cubrieron de un velo oscuro. Hubo algunos segundos de vacío. «¿A que no quieres? ¿A que no quieres?», empezó a proferir con una voz amenazante. Desnuda y tumbada sobre la cama que olía a miel y a hierbas, Sole sintió su corazón inquietarse. Con un tono desdeñoso, el hombre soltó: «Lo que hay entre nosotros dos lo podrías tener con cualquier otro. Podrías cruzar la calle y meterte con cualquier otro». En un ademán rabioso tiró la manta sobre Sole para que se cubriera el cuerpo. Mientras sentía el pánico en todos los poros de su piel, trató de comunicarse con el desconocido y habló de violencia verbal. En su vaivén nervioso él no le prestaba atención y a veces se paraba para acercarse al rostro angustiado de la chica, diciéndole con suavidad: «Ey, ¿Qué te pasa? ¿Seguro que te sientes bien?». Sole estaba casi a punto de concluir que se enfrentaba a un desequilibrado crónico cuando Adrián dijo tener hambre y desapareció en la cocina. El olor a huevos se propagó en el piso, ahora morboso y hostil. Entre tanto, ella pensó a toda velocidad en cómo escaparse. Volvió Adrián, borracho e inútil, desnudo e incapaz, y sin decir una palabra, se durmió en las sábanas húmedas. El sagaz instinto de Sole le dio de pronto el último empujón, la última fuerza. Se vistió en silencio y se precipitó hacia la puerta de entrada. Bajó la escalera a toda velocidad. Salió a la calle. Era una noche sin estrellas.

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