JAZZ – Belén Rodríguez

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El calor de la sala al entrar me empuja, me echa hacia atrás. Me marea el olor a sudor y lágrimas. La tristeza me repugna. Pero a pesar de ello, entro. Es difícil creer que yo esté aquí y tú ahí. Un vidrio, una mampara y frío a pesar de este sofoco.

Entre el murmullo distingo el sonido de una trompeta. Hace unos años no me hubiera dado cuenta. Es posible que lo dejaras escrito en alguna parte, dicho a algún confidente, a algún amigo de los que yo ya no conozco que, si morías antes que ellos, pusieran jazz en tu velatorio. A mí me lo confesaste aquel verano en que yo no sabía nada de música ni de muchas otras cosas que, a pesar de la noche, la música disco y las canciones del verano, Louis Armstrong era tu músico favorito. Puede que cambiaras de opinión, tus favoritos de entonces, tus favoritas, yo, éramos perecederos.

Tu madre no me ha reconocido. “Ángela”, le he dicho y ella ha repetido en un susurro “Ángela, hija, ¿cómo estás?”, sin saber en qué rincón de tu biografía ubicarme. Colegio, barrio, instituto, universidad, trabajo, otros. Han pasado muchos años por ella, por mí, por ti, y han dejado cicatrices que nos han vuelto irreconocibles. Y mientras me coge de la mano, a mí, una perfecta desconocida que seguro que quería a su hija, pero sin imaginarse cuánto, me susurra “parece que está dormida”.

Y lo parece. Dormida, con los labios pintados de rojo como cuando nos íbamos a la cama sin quitarnos el maquillaje después de la fiesta, repasados una y mil veces a lo largo de la noche para borrar los restos de los besos de cualquiera. A mí ni siquiera me gustaba aquel color, parecer un semáforo prohibiendo y al mismo tiempo atrayendo a los moscones pegajosos que nos sobaban por debajo de la ropa diminuta, que yo odiaba y a ti te fascinaba, y nos atragantaban con sus lenguas de oso hormiguero. Vamos a hacernos las calientapollas, que les encanta, me decías, cuando a mí ni siquiera me gustaban las pollas. Pero a ti sí y por eso claudicaba. Porque esos ratos en casa de tus padres sin padres, tú, yo y los sobones, todos desnudos, todos confundiéndonos, buscándote a oscuras siguiendo tu risa estridente, y tocándote, y lamiéndote mientras me dejaba tocar y lamer aunque no fuera por ti; aquellos fines de semana solas, aquel verano entero, a mí eso me compensaba todas las pollas que me tuviera que comer en nuestras orgías de adolescentes. Y con eso fui feliz un tiempo, un verano.

Estás tan delgada, tan desmejorada, tan translúcida, que casi podría ver a través tuyo como nunca supe mirar. No te hace justicia la camisa blanca que te han puesto. ¿Cómo se elige la ropa de un muerto? Estás tan pálida. Me gustaría desabrocharte los botones y comprobar si sigues sin tener marcas del bikini en tu pecho reconstruido. Llegué a aprenderme el original de memoria. Su tamaño, sus lunares e incluso su textura, cuando podía compartir tu piel con los babosos que insistías en tirarte conmigo cerca. Me lo dejaste claro al comienzo del verano: que había que colocar la toalla siguiendo al sol y quitarse la parte de arriba del bikini para no tener marcas. Así que me dejaba untar la espalda con aquella crema que olía a petróleo (“nos vamos a poner negras”, insistías) sin protección solar ni emocional, mientras aplastaba mi pubis para apagar el deseo de abalanzarme sobre ti y lamerte todo el cuerpo. Y para no llorar hacia dentro, como decías que hacía. Oigo tus palabras mientras me tragaba las lágrimas “lo que te pasa a ti es que no lloras lo suficiente, por eso estás tan tensa”. Porque también me lo dejaste claro desde el principio, que sólo se jugaba cuando tú querías y a lo que tú querías. Y durante aquel verano aquello me valió.

Ha cambiado la música. Tu madre se ha ido con otra mano. No quiero mirar a quién pertenece, por si la conozco. Prefiero no comprobar en lo desconocidas que nos convertimos cuando terminó aquel verano y luego el otoño y el invierno, y otro verano, y tuve claro que sólo estaría a tu lado mientras tú decidieras qué partitura se tocaba. Ahora suena Ella Fitzgerald. “Su favorita”, oigo decir a una persona que está a mi lado. Tu favorita. Seguramente la admiración, como el deseo, se podía compartir.

 

Un hombre de luto profesional ha entrado discretamente diciendo que ya es la hora. Las personas de alrededor se acercan a mirarte y a tocar el vidrio helado mientras yo me alejo. Te llevarán al crematorio donde te convertirás en cenizas que echarán después al mar. El mismo en el que yo me bañaré con la esperanza de que algo de ti se me quede pegado en la piel untada con crema que no proteja del sol ni de tu cuerpo.

 

Un comentario

  1. Miguel dice:

    Maravilloso relato, enhorabuena

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