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La constelación de la novilla · Marilar Aleixandre

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propriaque exterrita voce est
«y se llenó de terror por su propia voz»
OVIDIO, Metamorfosis, I, 638

 

Tomaron la leche por semen,
al llamarla toro.
Confundir pueden, ojos inexpertos,
vaca y toro amasados
con tizones de estrellas.
Y si despeñándose por el horizonte
veían al violador, no a la violada,
si Aldebarán era el ojo que acecha a Europa
no un río de lágrimas desbordando las manos del padre,
nada tiene de extraño. Es difícil interpretar los signos
a tantos años luz.

Aunque Ío llegó a reina de Egipto,
y los fieles calzados con sandalias de papiro
quemaban resinas en su honor,
él se daba mucho pisto,
primero entre los dioses,
poco importan sus méritos:
forzar unas docenas de muchachas,
empuñar un rayo de tres puntas,
lo de siempre, alboroto y chulería.

¿Era un buen amante o solo un presumido?
Ío podría contarlo, mas
no tuvo oportunidad,
todavía fresca en la hierba la sangre al desflorarla
Jove tuvo que embutirla en un cuerpo de vaca,
hurtándola al enojo de Juno,
y después regalársela. ¿Cómo podría negar
a aquella con quien compartía lecho
obsequio tan insignificante como una vaca?
(así dice el poeta).

Una vaca no es una fruslería,
una vaca rubia
suspendida sobre las tierras del Oeste
—le dicen Touriñán, pero no por causa del toro—
vertió su leche subiendo como espumas,
al pie del cabo. Hierve sin reposo
peligrosa leche de la vaca sidérea
donde naufragan dornas y países imaginados.

Aterrada por el sonido de su voz,
el sonido de la propia voz es temible,
hay quien huye de él toda la vida
y muere sin escucharlo.
¿Y qué decir de la propia imagen disconforme
reflejada en el agua? Pues aunque tú sepas
que no eres una vaca,
vaca es como te ven los demás
y no puedes ser algo distinto
de aquello que los otros ven.
Novilla blanca o tal vez rubia,
bebiendo aguas cenagosas, comiendo
hierba oh tan amarga.

Una novilla o moza no puede andar sola,
Argos el de los cien ojos es su vigía
o carcelero,
la prisión no necesita barrotes;
el dogal no guarda la honra perdida,
solo la decencia familiar;
si dos ojos duermen noventa y ocho curiosean.
Pero una historia engañadora,
contada por Mercurio,
apaga uno a uno los cien ojos,
una historia infectada
contagia el sueño al pasmarote de Argos, lo lleva
del sueño a la muerte.

Cuidado con las historias
narradas por falsos pastores
liantes que aún llevan en los pies la marca de las alas,
pastores de cabras limpísimas de origen aérea
que no sueltan cagarrutas;
la flauta de cañas que tañen es un señuelo
destinada a que Argos pregunte por su origen,
una excusa para narrar el cuento.

El cuento,
un chismorreo,
una de esas patrañas,
otra aventura de Pan, empalmado por la quemazón,
persiguiendo a Siringe,
y ella huyendo por la única vía (falsa)
camino de la torpeza vegetal
en un haz de cañas, dejándole en las manos
el caramillo.
Desventurada Siringe, por no follar con el dios,
tendrá que aguantar sus babas
una eternidad.

Pero el cuento no ha sido contado
por amor a la historia,
una vez duerme a Argos,
Mercurio lo degüella
tiñendo de sangre las peñas,
Argos, invoca el poeta, una sola noche
se adueña de tus cien ojos.
Poco tienen de edificante
las historias clásicas, ni envidian
a las teleseries la mezcla de sexo rápido
y muerte a cámara lenta.

Juno, encolerizada por los celos,
en uno de sus arrebatos envía una Furia,
otros dicen que tábano, en pos de Ío; arpía o aguijón
tanto da
¡Pobre de mí! ¿Hay por ventura algo peor
que esconderse en un cuerpo de vaca?
llora Ío a la orilla del Nilo y Jove,
(al fin siente compasión) la saca
de la piel de novilla.

No se pierde, de Jove,
simiente ninguna,
por eso la Vía Láctea
difícilmente podía ser orgasmo a chorro,
sino leche o tal vez calostro,
tras el nacimiento de Apis, el dios buey.
El calostro guarda poderes de antiguo,
también encierra riesgos,
aquí no se puede tirar,
mas en Eire sería la única ofrenda,
derramada en las raíces del majuelo,
capaz de apartar los diablos
de las novillas.

Quién sabe a que tábanos o furias
a qué diosa enojada
a qué dios incontinente
lanzó Ío el calostro
escribiendo un rastro
a través de los meteoros.
Muge, Ío, muge como la vaca de Fisterra
no temas a tu voz,
unos mareantes han de tomarla por señal
de escollos y bajíos, rachas de nordeste y brumas
otros vendrán
atraídos por su canto
a los inseguros oleajes de leche.

Muge desde lo alto, entre capricornio y los gemelos,
que una vaca no es tan poca cosa,
diremos las nacidas en mayo
bajo la constelación de la novilla.

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