«Escribo en nombre de quienes sufren, en nombre de quienes tienen hambre, en nombre de las inocentes víctimas del inmoral tráfico de un matrimonio concertado, en nombre de las mujeres a quienes arrancaron el corazón y que no se atreven a quejarse puesto que la sociedad las deshonrará condenando a regañadientes a sus agresores… Mujeres, vosotras, devoradas por la necesidad de amar, de actuar, de vivir, ¿permaneceréis en silencio y siempre apartadas?… La mujer (la mitad de la humanidad) ha sido expulsada de la Iglesia, de la ley, de la sociedad. Mujeres, hermanas nuestras, ¡no hagáis oídos sordos a nuestra llamada! ¿De qué os lamentáis ya que obedecéis?… Es fácil ceder, es fácil callarse, es el precio de estar tranquila y de ser honorable… Pues bien, ¡os digo que hay triunfo en la lucha!… En nuestra triste sociedad, la mujer es paria de nacimiento, sierva de condición, infeliz por deber… La mujer no nació para ser esclava, ¡sus derechos son los mismos que los de los hombres!… Uníos todas para reclamar justicia, y la obtendréis. Que no decaiga nunca vuestra protesta, que sea la de todas las voces, que tome todas las formas… Estad siempre juntas y preparadas para responder unas por otras, veréis hasta qué punto sois fuertes».

 

 

Ésta es la apasionada arenga con la que, en 1845, la filósofa francesa de ascendencia peruana Flora Tristán rompía el silencio impuesto a las mujeres trabajadoras, discriminadas doblemente por su sexo y su condición de obreras. En La emancipación de la mujer la autora instaba a luchar por la educación del proletariado y enlazaba la lucha de género con la de clase, al considerar inseparables la emancipación de la mujer y la liberación de la clase trabajadora: los obreros no podrían librarse de la alienación y la explotación sin tener en cuenta las demandas de la mujer, que es la mayor paria de la sociedad, y la conquista de sus derechos. Flora Tristán se convirtió así en la primera mujer en hablar del socialismo y de la lucha de clases, mucho antes que Karl Marx, hasta el punto de que a ella se le atribuye la autoría de la consigna: «¡Proletarios del mundo, uníos!».

Feroz crítica a la religión y a quienes la imponen y encendida proclama contra la situación de injusticia vivida por colectivos históricamente oprimidos, La emancipación de la mujer no es solo un ensayo valioso por anticipar el moderno pensamiento feminista y animar a las mujeres a dejar de ser esclavas, a decidir por sí mismas, a ser libres. Además de todo ello, la autora lleva a cabo una reflexión muy profunda sobre la opresión del ser humano en general, enmarcado en el contexto de la religión, la organización política del Estado, el sistema capitalista y la propiedad: el dios de Flora no es el de los antiguos patriarcas, sino el dios de la justicia, del amor y de la libertad, por lo que sus ideales utópicos abogan por una renovación profunda de la estructura eclesiástica y de los pilares de la religión tal y como nos la han transmitido.

Considerando la rebeldía como una virtud de origen divino, el discurso de Flora Tristán, de una vigencia pasmosa pese a los siglos transcurridos, continúa siendo apasionado e inspirador y contiene una fuerza y una verdad que dan, todavía a día de hoy, sentido a los conceptos de sororidad, resistencia e indignación contra el sistema capitalista y patriarcal.

(Publicación en febrero de 2019, traducción del francés de Julie Delabarre)