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La ira de Anquírroe · Paquibel Sánchez Rueda

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Ríos de sal recorrían las mejillas de Anquírroe. ¿De qué servía ahora su título? Ser reina del Quersoneso de Tracia no había evitado que el pedagogo asalariado de su hija mandase boicotear el auriga de Driante. Ser esposa de Sitón tampoco había sido persuasión para aquel tirano que decidió atar a su adorada niña a la pira que ahora estaban a punto de quemar, contenedora del cuerpo del pretendiente. Su hija, la misma que se había arrastrado a los pies de Sitón clamando piedad por un crimen que ella no había cometido. Pero, como siempre, los hombres hacían caso omiso a la voz de una mujer que no valía más que para ser objeto de intercambio en los asuntos de palacio. ¿Había sido de ayuda la charla de aquella noche en su alcoba, antes de que su marido se beneficiara de su cuerpo sin pudor ni consentimiento?

Anquírroe cerró los ojos, mirando hacia otro lado, pero escuchando los berridos de su Palene, su preciosa creación, su descendencia. Su otra hija, Retea, tenía los iris fijos en los de su hermana. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal cuando se percató de que ella también lloraba llena de impotencia. Ayudar a su hermana era lo que más hubiera querido en ese momento, pero su padre jamás lo permitiría. Antes la mataría a ella también. Intentó salir del palco en el que la obligaron a quedarse, pero Sitón la agarró del brazo con tanta fuerza que dejó la marca de sus yemas en ella.

—Ni se te ocurra— fue la sentencia que salió de los viejos y resecos labios.

La reina observó la escena. Aquel hombre se había transformado en una aberración para toda Tracia, puede que, incluso, para toda Grecia. No solo llevaba años matando a cualquier pretendiente que osase pedir la mano de Palene, sino que había obligado a Clito, el único y correspondido amor de su niña, a batirse en combate con Driante, ahora muerto y de cuerpo presente bajo los pies de Palene en aquella pila funeraria que estaban a punto de incinerar. Y todo por la estupidez de pensarse el mejor mortal, el único merecedor del amor de Palene. Enfermo es como estaba y es como Anquírroe le veía. Sentía asco y ganas de vomitar cada vez que le dirigía la palabra o percibía su presencia.

—¡Encendedla!

El grito del rey fue lo único que necesitaron los esclavos para acercar las antorchas a las matas secas y la madera que separaban a Palene del cuerpo de Driante, el cual comenzaba ya a rezumar putrefacción. La muchacha se resignó. Sabía que era inútil oponer resistencia. No volvería a arrastrarse jamás.

Palene profirió un grito ahogado, desgarrador, a la vez que alzaba la vista al cielo. ¿Dónde estaban entonces los dioses? ¿Dónde estaba Afrodita, a la que tantas libaciones y rezos había dedicado? Gritó con todas sus fuerzas, sintiendo cómo su garganta se quebraba. Ya empezaba a sentir el calor en la punta de los dedos. Sería doloroso, lo sabía. Solo esperaba desmallarse lo antes posible.

Afrodita apretaba la mandíbula. Su padre la obligaba a quedarse en el Olimpo, a no intervenir ante un acto tan atroz. Ares estaba a su lado, contemplando la escena. Casi parecía disfrutar con la brutalidad de los acontecimientos, aunque en el fondo sentía repulsión por la mala praxis que se dio en el combate de los pretendientes. Hacer trampas no era de su agrado. Pero no decía nada. Nunca decían nada. Zeus era la autoridad.

La diosa entrecerró los ojos. No podría bajar ahí, pero podría otorgarle a Palene un favor. Se concentró como nunca lo había hecho. Sin siquiera pestañear, mandó un mensaje a su hijo, Eros. El joven dios asintió desde la lejanía y bajó, raudo, hasta tener a tiro a Anquírroe. Sus flechas, siempre certeras, dieron de lleno en el corazón de la mujer. El poder de la diosa fluía por sus venas, enfundándole el valor que le faltaba. Se levantó, adelantó sus pasos hasta el borde del palco y gritó con todas sus fuerzas.

—¡Bajad a mi hija de ahí! ¡¡Es una orden!!

Todos miraron al rey, que alargó su brazo para tironear a su mujer; sin embargo, ella fue más rápida y se lanzó contra él, colocando su antebrazo bajo la garganta de Sitón y echando todo su peso hacia delante.

—¡Bajad a mi hija! —repitió con insistencia.

Los guardas avanzaron hacia ellos con la intención de separarlos, pero fueron retenidos por varios pares de brazos: Retea y sus esclavas les hicieron retroceder. Todas eran conscientes de lo que significaba la sublevación, pero no les importaba.

Eros seguía enfundando valor a todas aquellas mujeres por orden de Afrodita. Necesitaban despertar, reaccionar. No podían seguir así, avasalladas, calladas por los hombres que decían quererlas, amarlas. Eso no era amor; eso era sumisión.

Una marea de mujeres comenzó a moverse por las gradas del anfiteatro, gritando que soltasen a Palene mientras la muchacha intentaba escapar de las llamas. Los gritos cada vez eran más numerosos, más altos. Solas eran vulnerables, pero juntas superaban en número a los hombres de la ciudad. Las esclavas se incluyeron en la protesta y ya no hubo vuelta atrás.

Varios grupos se adentraron en la arena, treparon por la pira y soltaron a la chica. Todas se quemaron, pero nada las detuvo: quedarse quietas era morir en vida con ella y no lo permitirían.

Anquírroe soltó a su marido cuando supo que no podría hacerle ningún daño. Clavó sus oscuros iris en los de Sitón, más decidida de lo que jamás había estado, y fue entonces cuando sentenció el futuro del Quersoneso:

—Cuando no paras de azuzar a una leona, al final terminará por darte caza reuniendo a su manada. Aquí termina tu patriarcado.

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