LA LAMBADA – Eva Navas

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Irene y Silvia habían quedado para cenar como cada primer fin de semana de mes.

—Silvia, ¿qué te parece si vamos a tomar un mojito al mismo bar del mes pasado?

—¡Mojito, ya! tú lo que quieres es ir a ver al morenazo cachas de sonrisa profidén, jajaja.

—Me has pillado —dice riendóse—, llevo todo el mes ensayando salsa con tutoriales de YouTube.

Riéndose entraron en el bar donde a través de la tenue luz comprobaron que la pista de baile estaba bastante concurrida.

Mientras les preparaban los mojitos escudriñaron a los bailarines hasta que dieron con su bailarín preferido.

Movía sus caderas al son de la música mientras su pareja de baile, una mujer de edad indeterminada, iba manoseado todos sus músculos.

Él no paraba de mirar a Irene mientras movía su cuerpo de forma sensual y ella bebía cada vez más rápido el mojito debido a los nervios que sus miradas le producía.

—Irene, prepárate que viene hacia aquí sonriendo.

—¡Joder, qué nervios! ¿Qué hago? —dijo sorbiendo un gran trago a través de la pajita mientras se giraba hacia él.

El macizorro de sonrisa perfecta cogió la mano de Irene y tiró de ella hacia la pista de baile mientras le daba a Silvia su vaso.

Le agarró de la cintura con fuerza y la atrajo hacia su cuerpo introduciendo su musculosa pierna entre las suyas, comenzando a mover sus caderas al son de la lambada.

El calor empezó a cubrir todo su cuerpo, no sabía si por el efecto del mojito bebido casi de un trago, por la sonrisa de dientes perfectos o la pierna que tenía entre las suyas.

La excitación crecía por momentos, cuando el macizorro comenzó a acariciar su espalda y ella comprobó la dureza de sus brazos al agarrarse fuertemente a ellos.

Sus miradas se encontraron, sus sonrisas se ensancharon muy cercanas.

Irene no podía más, quería probar sus labios cuando el se acercó a su oído para hablarle.

—¿Te gusta? —le preguntó él.

—¿Qué? —preguntó ella reprimiendo una carcajada.

—¿Qué si te gusta la lambada? —repitió él con su voz de pito.

Irene comenzó a reír a carcajadas.

Eran tan fuertes que tuvo que parar de bailar y reclinarse hacia adelante sujetándose la tripa por el dolor que sentía al reír tan fuerte.

El macizorro de sonrisa perfecta le miró con el ceño fruncido y con su voz de pito le gritó antes de irse:

—vete a tomar por culo, gipollas.

Irene se marchó con Silvia sin poder parar de reír.

 

 

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