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La Profecía de Medusa · Victoria Ivy

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Esta es la profecía que el gran Zeus llegó a oír un día de labios del divino Apolo:

«Al principio, existía Gea, madre de los primeros dioses y diosas. Estas antiguas divinidades no poseían una sola forma y sexo, sino que se dividieron en mil familias según su propia naturaleza, sus propósitos y voluntades.

Pero ocurrió que Urano, rey del firmamento, envidiaba a las demás divinidades y se dijo: “¿No soy yo más grande y fuerte que todos los hijos de Gea, ya que a todos rodeo? Por esta razón yo debería gobernarlos”. Así que Urano sometió a Gea y toda su descendencia y se alzó como primer señor de un universo hasta entonces heterogéneo, salvaje, libre.

Ocurrió entonces que Urano temió que otro dios le arrebatara el poder. Por eso trató de impedir que naciera Cronos, su propio hijo. Sin embargo, ayudado por Gea, Cronos sobrevivió, tomó una hoz dorada y castró con violencia a Urano para éste que se retirara a las alturas y nunca regresara. Pero después, cuando la anciana Gea le pidió que depusiera el arma, Cronos se negó: lejos de recobrar la cordura, él mismo se convirtió en un nuevo tirano.

Y ocurrió que Cronos, como su padre, temió que su propia descendencia lo destronara, de modo que devoró a sus hijos a medida que nacían. Pero Rea salvó al pequeño Zeus de su padre entregándole una piedra envuelta en pañales, y la anciana Gea cuidó de él. Entonces Zeus creció y, con la ayuda del rayo, destruyó a Cronos.

Pero tampoco Zeus se deshizo del poder que le había sido asignado: nacía así un linaje de dioses masculinos, tan poderosos como desconfiados y temerosos de su propia sombra; con puño de hierro y corazón de piedra.

Zeus fue más lejos aún que sus predecesores e inició una sangrienta guerra en persecución de las antiguas divinidades.

—A partir de ahora —anunció Zeus—, será a mí, y no a la vieja y gorda Gea, a quien se atribuirá el origen de todas las cosas; seré yo a quien se llamará padre de todo cuanto existe.

Tiempo después, por medio de una profecía, Zeus descubrió que una hija suya se enfrentaría a él como él mismo se enfrentó a Cronos. Era ésta Medusa, una alegre niña de cabellos negros hermosísimos, gran nadadora, hija de la asesinada diosa de los mares, Ceto.

Tan pronto como fue consciente del peligro, Zeus tomó a la pequeña Medusa de los tobillos y la arrojó con fuerza desde las alturas del Olimpo creyendo que el impacto contra el mundo de los mortales trituraría sus huesos y acabaría con su vida. Pero Medusa no pereció, sino que fue recogida y sanada por una tribu de amazonas de piel negra de las arenas de Libia. Cuando Zeus descendió al desierto en busca del cadáver, las mujeres le mostraron los restos de un hermoso cervatillo devorado por los chacales.

—Esto es cuanto queda de tu hija, oh, padre de todas las cosas.

Satisfecho, Zeus regresó al Olimpo y, cuando fue adulta, Medusa fue adorada como una diosa-reina por las mujeres de Libia que la rescataron.

Sucedió más tarde que Poseidón se fijó en aquella hermosa reina desconocida y sintió deseos de poseerla. El dios de los mares se hizo pasar por un joven mortal para ganar su corazón, pues de otra forma no habría podido vencerla. Entonces, mediante engaños, Poseidón acabó violando a la reina Medusa aun cuando aquélla se refugió en el altar de Atenea. Y es que Atenea, lejos de apiadarse de una diosa fuerte y bella como ella misma, seguía las órdenes de su padre y volvió la vista a un lado. Atenea, de hecho, castigó a su propia hermana convirtiéndola en un monstruo espantoso con ojos llameantes y cabellos de serpiente.

—¿Quién es ese engendro atroz a quienes las feas y gordas amazonas libias se atreven a adorar como a una falsa diosa? —preguntó Zeus, asaltado por un mal presentimiento, casi mil años después.

—En verdad, no lo sé —dijo Atenea, que había olvidado sus viles acciones.

Muchos guerreros, tanto mortales como inmortales, trataron de exterminar a Medusa en busca de gloria imperecedera. Pero Medusa, valiéndose de la maldición que la propia Atenea conjuró sobre ella, los paralizaba de horror a todos y los convertía en piedra.

—¿Por qué —preguntó Medusa a la inmensidad de las montañas y el desierto—, por qué, oh anciana Gea, madre de todas las cosas, los hombres desean acabar conmigo?

Cuando descubrió el secreto de su destino, Medusa se armó de valor y se preparó para el combate. Gea forjó para ella una hoz dorada como la de Cronos y un rayo todopoderoso como el de Zeus. Entonces Medusa reunió a sus amazonas libias y asedió el monte Olimpo. Larga y cruel fue la guerra y muchas divinidades, hombres y mujeres mortales perecieron. Pero finalmente Medusa atravesó a Poseidón con su propio tridente; partió el cuello de Atenea con un sonoro chasquido y cortó la cabeza de Zeus con su hoz.

—Aquí tienes, oh anciana Gea, tu hoz y tu rayo y los despojos de los Olímpicos. Que los dioses, los hombres y las mujeres se gobiernen a sí mismos y sean libres como al principio de los tiempos.

Entonces Gea hizo sacudir la tierra, y las entrañas del planeta engulleron el monte Olimpo».

—¡Por mi rayo y por mi cetro! —Exclamó Zeus—. No conviene que esta verdad sea aireada ahora que mi hija vive todavía. Yo mismo destruiré a la vieja Gea para que nada cuente a Medusa sobre su poder. Después, engendraré a un gran héroe para que se enfrente a Medusa y nos libre de nuestro aciago destino. Por último, cuando Medusa haya sido destruida al fin, se seguirán contando historias en honor de mi grandeza y la de mis hijos. Pues yo soy Zeus, padre de dioses y hombres, origen de todas las cosas; y mi voluntad es la ley.

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