LA PUTA FOTO – Ana Pellicer

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Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota
Ángel González

 

Dos poetas famosos sonríen a la cámara, epatantes, ante la tumba de Antonio Machado en Colliure. Es el turismo progre-oportunista que en esta ocasión ella no mira de lejos y con cierto desprecio irónico, sino que se le clava en el corazón.

No buscó esa foto ni ese encuentro virtual, simplemente aparecieron. Sabe bien que corre riesgos en esta realidad múltiple y líquida.

El depredador posa sonriente frente al símbolo de todo aquello que no es. Se encara, retador, frente a la honestidad de quien murió ligero de equipaje. Incluye esa tumba en su circuito mediático de las reivindicaciones manoseadas y falsas. Es esta la conversión perversa de los símbolos que originalmente fueron nobles. Ahí está él, en Colliure, transformando el santuario en parque de atracciones trágico. Colliure como souvenir. Todo es obsceno, claro, pero lo retuitean con fervor sus devotos seguidores.

Esa noche, una cualquiera, se ha abierto su particular caja de los truenos mientras miraba twitter con desgana y sin mucha atención. De pronto, aparece todo su dolor de golpe y golpeando. Llegan los fotogramas escondidos del pasado y se ve en un colchón tirada en el suelo del estudio con su bebé recién nacido porque molestaban en el cuarto matrimonial y en la cama oficial. Se ve despreciada y ridiculizada por sus restos de sangre, por su barriga de recién parida, por la leche que chorrea a todas horas de unas tetas gigantes. Sucia, le decía, dejas todo manchado, le decía, qué asco, le decía. Vuelve también esa sensación de dolor perpetuo y de angustia punzante (en la vigilia la sentía por estar despierta, al acostarse, por el miedo a no poder conciliar el sueño y por la certeza de que llegarían los insomnios que le parecen infinitos). Regresa a su cuerpo ese miedo físico que paraliza y cuya sensación creía haber taponado. Ese cuerpo suyo que fue un escenario y también un campo de batalla. Ese cuerpo que parece la deconstrucción de todo lo esperado. Así que todas esas sensaciones vuelven de manera inesperada ante el fogonazo de una foto y el malestar de un día sencillo pero regado de malos humores que parecían anunciar la debacle.

Algún botón se ha pulsado dentro de ella. Algún espacio que permanecía escondido pero estaba vivito y coleando porque ha sobrevivido a las terapias, a los nuevos amores, a la vida cotidiana obligatoria. La puta foto que lo activa todo y que hace volver todos los recuerdos como un torrente ácido que provoca daño físico y taquicardia.

Se toma la tensión, entre neurótica e hipocondriaca, y está bien. Ese cuerpo está sano según las reglas científicas de medición, se dice. Respira, estira los músculos, túmbate en la cama, deja hablar al cuerpo, no lo calles, déjate llevar, esta vez sí, porque no importa que te oigan, llora sin parar como a arcadas —llorar a arcadas, eso se puede, es lo contrario de llorar bajito y seguido—, déjate llevar, vomita todo el llanto como en un cataclismo, no sientas vergüenza de lo irracional o inoportuno o absurdo de este llanto, déjate llevar y abandona la pésima costumbre de pedir disculpas siempre. Todo esto se dice y se habla a sí misma con calma y con firmeza. Porque recordar el dolor también protege. Porque necesitamos entender el daño y reconocer el miedo.

Y sí, quiere recrearse un buen rato en esa puta foto que lo encierra todo: el deslumbramiento, la seducción por la palabra, la sensibilidad máxima de un buen poeta y luego el abandono, la chulería, el desprecio y también su intento de ser fuerte tal y como los cánones entienden la fortaleza, de sobreponerse siempre con una sonrisa. Se propone empezar de nuevo una etapa feliz —poner el taxímetro a cero— solo para para que todos la crean feliz, porque de tanto intentarlo sentía serlo a ratos, resemantizando permanentemente palabras y memoria. Y decide cancelar definitivamente esa pesada culpa de haber sembrado tanto miedo y tanta lástima a su alrededor. Esa culpa que ha sorteado convenciendo a todos de que ya no era una preocupación sino una fiesta.

La puta foto es un espejo en el que se mira llena de cicatrices y es también el lugar que ya no quiere habitar pero que la explica muy bien y que confirma quien es y cómo se ha construido.  La puta foto son todas sus marcas.

Pero ya. Ahora sabe que debe exigirse franqueza absoluta. Va a pensar en lo que merece y elije.  Esta vez sí, se deja llevar y seguirá vomitando llanto sin pudores, dueña de su cuerpo y de sus fluidos viscosos, dueña de toda su rabia contra todos los impostores que pisotean la tumba de Machado, hasta que se quede dormida.

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