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La soledad es fea. Y tú no lo eras · Miriam Beizana Vigo

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No te alejes del camino. No tardes. No te adelantes. Sé puntual. Espera dentro. No en el quicio de la puerta. No en la acera de enfrente. Dentro, resguardada, no levantes mucho la mirada. No te expongas. Que no es seguro. Que eres importante. Y como a todas las mujeres importantes, alguien quiere hacerte daño.

Paula sabes que tienes que obedecer. Consultas el móvil, con los auriculares de última generación inalámbricos de los que tanto fardas en clase. Aunque allí eres una más. Escuchas música trap, en tu cuenta Premium de Spotify, por supuesto. Está llena de ti tu playlist. Eres tú misma. Y mascas chicle, sin azúcar. Estás obligada a cuidar la línea, la boca, la belleza. El uniforme del instituto privado bilingüe en el que estudias se ciñe a un código de vestimenta estipulado. Detestas el uniforme, no os permite ser diferente.

Te están mirando, las cuidadoras. Ni tu madre ni tu padre parecen poder encargarse de ti por si mismas. Ellas te acompañan a todas partes, son como una especie de guardaespaldas, pero su título oficial es el de ayudadoras. No estás segura si las amas o las detestas, apenas hablas
con ellas, pero te otorgan el privilegio de no estar nunca sola. La soledad sabes que es fea; y esta no es una palabra pueril. Intentas cruzar el recinto. Y una de ellas se te acerca, sin apenas hacer ruido. Casi podías haberte olvidado de que estaba ahí.ç

—No puedes salir —te dijo.

La ignoraste. No te impidió dar un paso al frente, pero aparecieron las demás compañeras como si quisieran rodearte. Te incomodaste o te resultó divertido. El trap seguía en tus oídos.

Cómo pudo ocurrir lo de esa furgoneta y el secuestro. Tampoco estuviste demasiado asustada. Era una probabilidad para la que ya te habían preparado. Ser la hija de Diana y Zalo conllevaba riesgos. El dinero y el poder siempre conllevaban riesgos. Y la belleza, exacto. Y tú lo eras, lo
eras porque no estabas sola. No estás atada ni amordazada, tan solo encerrada en una habitación. La ventana está tapiada y la puerta cerrada con llave. No has intentado abrirla. Sigues con la misma ropa de hace dos días, hace cuarenta y ocho horas que tu familia no sabe nada de ti. La prensa y las redes sociales se han colmado de tu fotografía. Y tú, en cambio, te sientes tan libre. Vendrán.

Hugo es tu tío y te ama. Te lo ha dicho desde que has llegado y, pretende, que te enamores de él. Algo en esa actitud depravada te despierta una compasión absurda y te preguntas si estarás siendo víctima de algún síndrome de Estocolmo. Hugo no es un secuestrador que busca dinero, no es un admirador secreto. Tampoco alguno de los poderes fáticos que busca derribar el imperio de Diana&Zalo S.L., (como se refiere tu tío al matrimonio millonario de tus progenitoras). Solo es un amor depravado.

Te está envenenando. Lo sabes. Las pastillas van disueltas en la sopa, que no está deliciosa pero tampoco es vomitiva. Te da igual y comes. Fue tu responsabilidad, dejaste atrás a tus protectoras, a tus guardianas. Lo consideraste divertido. No tenías miedo a que ocurriera esa
situación Y ocurrió.

Es un veneno peculiar, te dice Hugo. Para que tengas que regresar siempre. Porque te quiere, dice. Porque siempre te ha querido, dice. Porque vas a ser siempre suya, dice. No opones ninguna resistencia, no sientes dolor, ni angustia. Eso parece desafiar a tu secuestrador, a tu tío. Siempre a la sombra de Zalo. Estar en el lado equivocado escuece, quieres decir. Pero no dices nada. Bebes la sopa, te envenenas. No sientes nada.

Te despiertan de noche. Te das cuenta, cuando revientan la ventana, que el cielo está despejado, que huele a verano y sientes paz. En cambio ellas, las cuidadoras, vienen abrigadas.
—En la ciudad es invierno —te dicen.
Entran. Te miran, te tocan, te palpan. Te preguntas si estás bien y parecen quererte. También están enfadadas porque estás en esa situación por desobedecer. Notas los dedos en tus mejillas, un tanto ardientes, casi sonríes. Te invaden las ganas de abrazarlas, pero repites y repites que estás bien y no estás asustada.
—Nos envía Diana —te cuentan—. Para que vuelvas a casa.
—La sopa —refiere otra.
—No vamos a dejarla aquí.
—Es Hugo —indicas.
Te miran de hito en hito. La sopa es un veneno que te mantiene ligada a él para mantenerte con vida. Debes regresar de vez una vez al año. Traerás contigo el calor y la luz. Dejarás tras de ti el frío y la oscuridad.

Tu madre ya lo sabe y tus ayudadoras también. Les sujetas las muñecas y tiemblas, tiemblas muy poco.

Estás hermosa. Más hermosa desde que ellas han llegado.
—Zalo nos despidió, nos culpó de todo. Cuando Diana dijo que la culpa la tenía Hugo se negó en redondo. Pero sabíamos que estarías aquí.
Acariciaban tu pelo. Lo volvían brillante y sedoso.
—Estaremos contigo, Paula —te aseguran, al unísono.

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