MALEABLE – Elena Carrasco

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Soy blanda y mullida. No se hagan ilusiones, no por eso pueden desacreditarme tildándome de condescendiente. Acostumbrada a acoger el cuerpo cansado y el alma extenuada, creí que mi destino guardaría para mí noches valientes y siestas tempestuosas. Tuve mala suerte.

La pareja que me compró para refugiar su desamor entre sábanas era joven, preparaban la boda y con ella una vida de calvario.

Cada noche se acostaban sobre mi acolchada superficie, esperando ella un poco de ternura, resoplando él una obligación que le venía grande. El tipo necesitaba estar acompañado y nada más. Hay personas que se venden por no dormir solos, de esa clase era el marido de Irene. Vago hasta para dar los buenos días.

Ella hizo un pacto con el diablo, se autoconvenció de que colgarse a un hombre del brazo como si fuera un buen bolso debía ser el único proyecto de su vida, hasta que conoció a Marina.

Sincera, irreverente, chula y palabrotera. Se escondían en el dormitorio para hacerse confidencias para mi deleite y espabile de la dueña de la casa.

Nunca había tenido un orgasmo. Marina puso el grito en el cielo, «eso hay que arreglarlo ahora mismo, no pretenderás depender de cualquier gilipollas para pasarlo bien». Desconocía la amiga las cabalgadas breves y patéticas de los tortolitos, una eyaculación precoz o desidia del macho, la aceptación victimista de ella, con lagrimitas en silencio que me dejaban húmeda y cabreada.

Las siestas prometían, varios cacharros eléctricos recorrían el cuerpo de Irene, se oía el jadeo que nunca llegaba a nada más que a un ejercicio físico extenuante.

La frustración desapareció un día de septiembre, a las cuatro y veinte de la tarde. El calor pegajoso todavía, adhirió su cuerpo a la tela que me cubría, la abarqué con toda mi complicidad. La chica balanceaba la pelvis, fija la mirada en unas imágenes pornográficas en el móvil. Desnuda, la protagonista de la pantalla, se masturbaba delante de un hombre que la miraba sin tocarla. Se fundió con las imágenes, el sexo entre las manos, los dedos sabios buscaron la ocasión y ahora sí, un suspiro hondo la salvó dentro de su propio naufragio.

Desde entonces el entretenimiento no me ha faltado, mujeres y hombres a los que no conozco visitan mi superficie flexible, dúctiles la voluntad, el ansia, las lenguas y la voz. La piel guarda memoria del placer, la práctica acrecienta un mundo al que ella tiene derecho, la experiencia es una maestra privada portentosa. Irene no ha vuelto a llorar.

Un comentario

  1. Mª Paz Osorio dice:

    Me encanta. Un dominio perfecto de las palabra, muy bueno.

    Mª Paz

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