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Medea, ¿loca o producto cultural? · Cris Nogal

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De todas las mujeres representadas en la mitología griega, quizá la más enigmática y cuestionada de todas haya sido Medea. Indómita, poderosa, cruel, esta figura encierra poderosos mensajes en su representación que no resultan evidentes a simple vista.

Medea era hija de Eetes, rey de la Cólquide, y nieta del Sol; su línea materna la sitúa como hija de Idía, una de las Oceánides, o bien de Hécate, patrona de las magas. Quizá sea su posición como descendiente de Helio lo que la sitúa entre las figuras más apasionadas de la mitología clásica. El fuego, la irreverencia, la sangre de un linaje tan poderoso quizá sea la causa mayor de que Medea se vea representada con una fuerza y una pasión que no muchos humanos de la mitología poseen.

Personaje imprescindible en la expedición de los Argonautas, Medea es quien logra la victoria de Jasón en sus cometidos mediante ungüentos y embrujos, incluso con el asesinato de su propio hermano. Tras el viaje, Jasón debía desposarse con Medea, pues ésa fue su promesa a cambio de la ayuda de la hechicera. Así se hizo hasta que, años más tarde, Jasón la abandonaría para casarse con Creúsa, princesa de Corinto. La historia, a pesar de la existencia de diversas variantes, es ampliamente conocida: Medea mata a la princesa y al rey a través de unos regalos enviados mediante sus dos hijos; después, asesina a éstos también, como castigo a Jasón por la traición cometida.

En el imaginario colectivo, Medea ha quedado como la representación de la imagen de la locura, de la esposa traicionada y loca de amor que ha llevado su venganza hasta los límites más crueles, antinaturales incluso, cometiendo el acto más atroz que se le podría atribuir a una madre.

¿Cómo pasa una mujer de ser la salvadora, la que conoce todas las artimañas, a ser la parricida por antonomasia, el arquetipo de mujer despechada y perturbada hasta límites inimaginables?

En la tragedia de Euripides, Medea representa lo bárbaro, lo ajeno. El personaje es una muestra de lo que en la sociedad griega se entendía por extranjero: costumbres extrañas, artes sospechosas y comportamientos execrables. Aun así, esta poderosa mujer ha despertado el interés de muchas mentes a lo largo de la historia, pues su fuerza y su poder resultan altamente atrayentes, como demuestran las numerosas versiones y obras artísticas inspiradas en su figura.

¿Es Medea una representación del todo rechazable? ¿El es arquetipo de mujer loca y capaz de todo por conseguir vengarse o, por el contrario, es precisamente un modelo que representa los atributos más alejados de lo que debería ser una mujer ideal, según las construcciones culturales? Su entrega y su devoción no resultan llamativas cuando tienen como fin la ayuda al héroe, no se la ensalza como un personaje generoso y entregado; en cambio, su figura se convierte en central para narrar su declive, cuando su marido la abandona y su comportamiento se vuelve incontrolable. Ésa es la imagen que nos ha quedado de la hechicera: lo reprochable, lo censurable de su conducta. Pero Medea es algo más.

¿Es su actitud reflejo de lo que se considera culturalmente una mujer indeseable, una que no encaja en la sociedad por no aceptar los designios de su marido, que se niega a verse rechazada y relegada cuando sus cualidades ya no son de utilidad? Si nos alejamos de las acciones concretas y nos mantenemos en el simbolismo de lo que la tragedia de Medea refleja, encontramos a un personaje abandonado, roto de dolor por la traición del varón, que se beneficia de lo que ella puede ofrecerle hasta que encuentra a otra mujer que le reportará, como Medea en su día, grandes beneficios. La actitud de Medea es insumisa, rebelde, inconformista y con iniciativa. Habiéndolo dejado todo por amor es rechazada cuando no resulta útil, precioso simbolismo de lo que la sociedad espera de las mujeres: entrega total, belleza y sumisión; y cuando la edad es imposible de ocultar tras los ungüentos y los embrujos de las sociedades modernas, se verán reemplazadas por otras, más jóvenes y bellas. Más “útiles”.

Veo en Medea un estereotipo de mujer que pretende transmitir una enseñanza: la de la obligada obediencia a los designios del destino, a lo socialmente aceptable, a su posición inferior en una colectividad que se mueve en una dicotomía de la que ella no huye, sino que se sitúa en contra. Para ella, las opciones son sometimiento o furia, y Medea elige la furia.

Aunque sus acciones son, obviamente, atroces, el trasfondo de su comportamiento la posiciona como una aguerrida personificación del inconformismo, de la insumisión a un mundo que no le deja opciones y en el que ella misma, con su rabia y poder, se encarga de demostrar lo peligroso que resultan unos marcos tan limitados, abandonada a su suerte cuando ya no tiene nada que ofrecer. Ella ocupa los espacios que le han permitido ocupar, pero no de la forma en que esperaban que lo hiciera.

En definitiva, Medea se aleja de la conducta asociada culturalmente a las mujeres al encontrarse relegada a un mundo que no le satisface, que limita sus opciones y obvia sus capacidades por no resultar ya de utilidad. Tras tantos sometimientos, ninguneos y rechazos, muestra lo peligroso de una estructura en la que las opciones que se le permiten son, tanto para ella como para quienes la rodean, injustas, crueles e insuficientes.

—-

¹ A lo largo del texto utilizo la palabra “loca” con el fin de transmitir la idea de que ese estigma ha acompañado a Medea en la mayoría de sus representaciones, así como para referirme al estereotipo de “mujer loca”, “histérica”, etc.

² Presentada en el 431 a.C., año en el que dio comienzo la guerra del Peloponeso, en la que Corinto era la ciudad culpable del conflicto a ojos helenos.

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