MI MADRE ROMPIÓ EL ENCANTO – Jenny Guevara Hammond

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Sentado al otro lado del salón, Marcos esperaba a mi jefe. Yo ignoraba su mirada oculta debajo del sombrero de vaquero, mientras me concentraba en el documento que por seguro editaba por la penúltima de la penúltima vez. Cortaba con tijeras fragmentos mecanografiados para añadirlos con pegante a un papel en blanco. Era la tecnología de «“cortar y pegar» de mis tiempos como secretaria bilingüe de un científico australiano. Seguía sus instrucciones de flechas, números y anotaciones a mano, consultando el diccionario para verificar la ortografía del inglés.

Marcos era un hacendado de Guatemala que había llegado al centro internacional, donde se llevaban a cabo investigaciones relacionadas con la modernización de la agricultura en ambientes tropicales. Las edificaciones, alejadas del bullicio de Cali, se desparramaban en una arquitectura moderna, inspirada en la época colonial de Colombia: paredes blancas, techos y baldosines rojos, arcos que se abrían a jardines interiores e inmensos campos sembrados de ensayos de frijoles, yuca, pastos o arroz. El centro acogía el desfile de extranjeros de todas partes del mundo por los anchos corredores. Algunos, como el holandés que se distinguía por su atuendo completo de safari, causaban curiosidad al principio, hasta que llegara uno nuevo.

Cuando levanté los ojos, sus botas puntudas de cuero claro y repujado rojo llenaban mi espacio visual, y el pie de la pierna cruzada relucía como culebra hipnotizada en su rodilla. Él me pilló mirándolo y nos sonreímos.

«Encantador de serpientes» pensé aguantando mis carcajadas.

— El tipo guatemalteco no necesita más hablar with me. Él querer gallinasearte —mi jefe me dijo en su spanglish, confirmándome la sospecha de que yo le gustaba.

La próxima vez que Marcos se apareció por la oficina, alargué la llamada que hacía por teléfono para darle tiempo a mi tiempo y detallarlo en una nueva luz. Me pareció más o menos guapo el mestizo claro de estatura mediana, sonrisa fácil que me recordaba de aquella visión de la culebra en su rodilla…

El domingo, Marcos llegó a mi casa con invitación a almorzar, portando una botella de vino. A mi familia le agradaba que trajera a mis amigos extranjeros, pues les daba la oportunidad de conocer a gentes de otras partes. Veintidós añitos yo tenía, y siendo la única hija y la mayor entre siete hijos, los mantenía curiosos por mi vida sentimental porque hasta el momento nada serio acontecía.

Mi padre almorzó de prisa, pues nada lo excusaría de asistir al partido de fútbol del domingo. Marcos nos encantaba describiendo su mundo, donde él era el rey, y dejaba que mis hermanos se probaran su sombrero de vaquero. Imaginábamos la hacienda de su familia en Guatemala, los caballos y mil cabezas de ganado que rondaban por los campos, siendo esa la razón por la cual él contrataba una asesoría en pastos. El rostro de mi madre radiaba de orgullo porque Marcos comió todo lo que le sirvió, repitió y se soltó en elogios celebrando su culinaria colombiana.

Sin embargo, cuando él se levantó al baño y sus pasos resonaron en el pasadizo, mis hermanos reían a carcajadas por los comentarios de mi hermano Rodrigo: —¡Puede matar cucarachas por los rincones con las puntas de esas botas!

Yos les rogaba que se calmaran antes de que Marcos regresara a la sala, hasta que mi mamá les clavó su mirada fulminante de madre.

—Con el permiso de ustedes, quiero invitar a Jenny a cenar en nuestra primera salida —habló, mirando a mi madre, cuando se despedía.

—Claro que sí. Voy de chaperón —Rodrigo respondió. Por supuesto aquello era su excusa, pues la tradición ya desaparecía. Y así, él justificó la cena en restaurante elegante.

— Muy culto el joven guatemalteco. Ojalá así fueran ustedes… que se riegan con burlas por cualquier pendejada —dijo mi madre.

—¡Ay mamá… imagínalo tirando paso en un baile con las puntas de esas botas! —Rodrigo exclamó.

—Bueno… ahí si le vendría bien al tipo cambiarse de zapatos —dijo ella.

Todos reían, menos yo…

En el restaurante, los vinos nos desinhibieron, y yo encontraba a Marcos más fascinante. Sin embargo, hubiera preferido que Rodrigo no estuviera, pues él siendo estudiante de agronomía le daba más cuerda a Marcos para hablar de su hacienda. Por debajo de la mesa, le di una patadita a mi hermano para que se callara. Entusiasmada en control de la conversación, le describía de nuestra salida con mis amigos a una discoteca para enseñarle a bailar salsa.

—Soy duro para el baile, pero la alegría de los colombianos anima… Yo me casaría contigo — dijo soltando una carcajada.

—No Conmigo. El campo me gusta para ir de paseo. Pero nunca me acostumbraría a tanta quietud.

—Te acostumbras a lo bueno… despertando a la salida del sol… olor del campo… mugido de vacas…desayuno bien temprano.

— Café y pandebono para mí a esa hora —dije yo.

—Y huevos… arroz…tortillas… frijoles…. fruta… tocino…

—¿Almuerzo al desayuno?

—Almuerzo liviano. Con la puesta del sol… cenamos de verdad.

—Tu mamá cocinando todo el día.

—No ella. Las sirvientas.

— Diferente de Cali… — me soltaba a ensalzar mi ciudad natal—, voy a llevarte al centro a callejear entre la romería de gentes. Eso si… sin cadena ni reloj… porque te roban. Me fascina el ruido de sirenas en el silencio de la noche. Debe ser porque de acuerdo a mi madre…. sonaban al mediodía cuando yo nací…

—…Jenny —me interrumpió, tomando mi mano—, voy por esa edad que mis padres demandan muchos nietos de mi parte.

—¿Cuántos? —le pregunté, devolviéndole la mirada enamorada, encantada por la visión de que cabalgamos juntos por el campo, mis botas y sombrero de vaquera…

— En mi casa… de los nacidos crecimos trece.

—¡Trece!

—Sí trece. Cinco varones. Ocho mujeres.

Sentí la patadita de Rodrigo por debajo de la mesa, y se la devolví.

—¿Trece… Marcos? ¡Uy no! Seis más que tiene mi mamá.

—… Nos gustan las familias grandes.

Era mi madre en mis pensamientos quien rompía el encanto arrastrando su prole de muchachitos. Le solté la mano.

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