MIEDO ESCÉNICO – Nela Escudero

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—¡Ay, tía! Ahí está Diego. Uff, me lo comía con ropa y todo.

—Vamos a pedir una copa y nos ponemos a su lado.

—Espera. —Ana saca un pintalabios rojo del bolso y se lo pasa con suavidad por los labios mirándose en el espejo de la pared de la discoteca—. Ya está, vamos.

Mientras se acercan a la barra los ojos de Ana y Diego se encuentran. Ella le sonríe y Diego la saluda con un movimiento de cabeza mientras recoge su copa y le da un trago.

Cuando llegan, Ana se hace hueco a su lado. Lucía la sigue y para hacer también hueco, de forma poco sutil, la empuja contra él.

Diego aguanta el tipo mientras nota como las caderas de Ana rozan y aprietan su entrepierna.

Después de dos copas más, miradas, baile, charla y flirteo bastante descarado acaban besándose y metiéndose mano en la puerta de la discoteca. Con la excusa de que no hay nada más abierto a esas horas, Diego le propone a Ana tomar la última en casa de él, que está a solo dos manzanas de allí.

Los dos saben que no habrá otra copa, lo que habrá será otra cosa.

Llegan a casa besándose en cada portal. Una vez dentro, Ana le desabrocha la camisa mientras nota la erección de él presionando su pelvis. Él mete la mano por debajo de la camiseta para tocar sus pechos. Van hasta el sofá a trompicones. Ana se sienta y Diego se desabrocha los vaqueros.

De pronto, Ana piensa que esto va muy deprisa y empieza a ponerse nerviosa.

¿Qué ropa interior lleva puesta? ¿Cómo estará el tema por ahí abajo después de la sudada en la discoteca?

Tiene que ir al baño. Se disculpa. Diego le indica dónde es y le pide que no tarde.

En el baño, la cosa se pone peor. Entre los nervios, las copas y el frio que hacía en la calle se le mueven las tripas y no puede evitar tener que sentarse en el váter. Sus tripas gruñen y se mueven, intenta no hacer ruido, pero miles de gases quieren salir a la vez, o los suelta o tiene la impresión de que reventará. Se resigna. Enciende un cigarro y se relaja mientras parte de sus tripas van retrete abajo.

Cuando es capaz de levantarse del váter, se lava como puede porque Diego no tiene bidé y sale de nuevo al salón, con paso inseguro, pero intentando sonreír.

Llevaba meses esperando que esto pasara, lo deseaba desde la primera vez que lo vio, pero él no parecía interesado. Ahora ahí estaba, en su casa.

Él la espera con la camisa abierta, el torso descubierto, el pantalón desabrochado y una enorme erección. La mira con deseo. Es guapo el condenado, piensa Ana…

De nuevo, un dolor de tripas horrible amenaza con hacerle correr de nuevo hasta el baño. Intenta ignorarlo, pero se mueven con tanta furia que cree que hasta Diego desde el sofá podrá oírlas.

Da un paso hacia él. Sus tripas vuelven a rugir y a agitarse. Gira sobre sus talones y regresa al cuarto de baño.

Se sienta otra vez en el váter y pasa un buen rato hasta que es capaz de levantarse. Es imposible, pero ¿cuánto puede cagar una persona?

Cuando regresa al salón, Diego la mira desconcertado, no hay rastro de la erección, se ha abrochado la camisa y el pantalón y se está bebiendo una cerveza.

Ana lo mira, sus tripas vuelven a rugir.

Sin ni siquiera despedirse, camina hasta la puerta, la abre y se va.

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