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Mientras sigas a Artemisa · Violeta F. Sánchez Osuna

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Calisto, la del bello rostro, regresa a Pelasgia. Apenas era niña cuando había huido de la brutalidad del rey Licaón, su padre, cuyo fanatismo era tan exacerbado que ni los de su propia sangre estaban a salvo. Había buscado refugio entre las doncellas cazadoras, compañeras de Febe Artemisa, donde encontró la paz y la libertad que ansiaba. Solo una cosa les era requerida: como sirvientas de la diosa virgen, debían permanecer castas.

Artemisa es dulce con quienes la veneran, pero temible con quienes la ofenden. Para dejar su hermandad, las doncellas, antes de que la pasión las consuma, deben ofrecerle sus cabellos y sus túnicas virginales y abandonar la vida silvana. Invertir el orden pueden ser fatal. Artemisa es bondadosa, pero también la más vengativa de entre los olímpicos.

Mientras las muchachas de su cortejo la sigan, nadie les hará daño. La resplandeciente las protegerá de sátiros y centauros. Si no incumplen sus votos, la de ojos de corza les tenderá la mano. Mientras sigas a Artemisa, ningún mortal puede herirte.

Pero aquella, la de aquella noche, no había sido Artemisa.

Calisto no tuvo miedo cuando la despertó una mano sobre su hombro.

—Ven conmigo— susurró la divina cazadora.

Y Calisto la siguió hasta lo más profundo de la floresta. Dicen que mientras sigas a Artemisa, ningún mortal puede lastimarte. Pero la de aquella noche no había sido Artemisa. Tampoco un mortal.

Antes de que pudiera reaccionar, y demasiado lejos del campamento como para que eso sirviese de algo, la ninfa se encontró con el rostro barbudo de un hombre, pero tan parecido en rasgos y complexión a su amiga que no podía tratarse de otro que su padre: Zeus, el soberano de todos. Calisto sintió un terror mayor que cuando se encontraba con Licaón.

Durante semanas que se convirtieron en meses, la del bello rostro intentó ocultar a sus compañeras lo que había ocurrido, pero un vientre cada vez más abultado comenzaba a delatarla. Temía abandonar el grupo, pues quedaría a merced de la cólera de Hera, esposa de Zeus. Si la reina descubría (que lo haría, siempre lo hacía) de quién era el vástago que crecía en su interior, Calisto estaría perdida. Pero quedarse suponía exponerse a la ira de Artemisa, que podía ser más temible.

—Recuerda el castigo a Acteón por descubrirla en el baño —había dicho Opis—. Hizo que sus propios perros lo devorasen. ¡O el de Ctesila, muerta en el parto por incumplir un juramento!

Morir en el parto. Artemisa era también la protectora de los embarazos y los niños. ¿Y si era así como la castiga, condenando a su criatura a la muerte con ella?

—¡Ruégale perdón! —recomendó Aretusa.

¿Perdón? ¿Qué había hecho ella? No fue Calisto quien quebrantó su voto, se lo rompieron. Ella se defendió contra quien ni Febe tiene posibilidades.

—Es tu castigo por seductora —Aura siempre hacía gala de su superioridad y falta de sensibilidad.

Eso era imposible. Jamás lo había visto hasta aquella noche. ¿Cómo seducir a quien jamás has dedicado una palaba, un gesto, una sonrisa?

Debía huir. Esconderse de Artemisa y de Hera, ocultarse. Quizás volver a casa fuese una solución. Quizás el sangriento fervor religioso de su padre aplacase a las deidades rencorosas…

El sol ya se había ocultado, no podía avanzar. Haría noche junto a un manantial, estaba agotada y sedienta. La fuente le recordaba mucho a aquellas donde Artemisa disfrutaba bañándose. Calisto juntó las manos y se llevó un poco de agua fresca a la boca. Sobre la superficie de ese remanso cristalino se reflejaba una luna creciente, casi llena.

Algo se movió de entre los arbustos. Calisto se puso rápidamente de pie, alarmada. Está sola. Nadie podía protegerla. Una cierva joven saltó de entre las matas y se plantó frente a ella. Una cierva plateada.

“Te cacé”.

La del bello rostro sintió que el estómago se le volvió del revés. Vomitó el agua que había aliviado su sed, quedando el amargor de la hiel. El cuerpo entero le hervía, sus miembros se dislocaban, aumentaban de tamaño, en volumen. El pelo rubio y esponjoso se le encrespaba y endurecía, cada vez más oscuro, cubriéndole todo el cuerpo. El perfil se le alargaba, los dientes se afilaban. Gritó, pero solo un rugido acudió a su garganta. Cayó al suelo, agotada, a cuatro patas. Ya no era humana y nunca más lo sería.

Estaba perdida en su agonía, no comprendía el castigo. Sabía que Artemisa la encontraría, pero no esperaba ese fin: transformada en una monstruosa osa.

—Querida mía, mi amiga, mi hermana de caza— la olímpica, dejando su forma cervina, pasó sus firmes brazos en torno al cuello de la bestia, hundiendo amorosamente el rostro en el denso pelaje. —Sé lo que pasó. No puedes seguir con nosotras, pero no te voy a abandonar a la merced de Hera. Mi madre también sufrió en sus propias carnes su ira, tan solo contó con la ayuda de su hermana. Tu hermana de caza no va a abandonarte a ti tampoco. No tengo poder sobre la soberana del Olimpo, pero mientras tu hijo dependa de ti, estás bajo mi protección, la de la diosa de los embarazos y los niños. Después, dependerás de ti misma. Adiós, querida amiga. Que Tique siempre te sonría.

No era una maldición. Era una bendición. No tenía que volver con Licaón. Ahora era la criatura más poderosa del bosque, ni hombre ni fiera podrían hacerle frente. Estaba, de momento, también protegida también del odio divino. Bajo esa apariencia, Hera no podría reconocerla…

La luna creciente, casi llena, se reflejaba en la fuente. La luna creciente de las doncellas. La luna llena de las madres. Mientras sigas a Artemisa, no hay nada que temer.

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