NATA MONTADA – Ana Grandal

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—No te muevas, tengo una sorpresa para ti.

Me acerco a la nevera y cuando vuelvo, J. no ha cambiado de posición. Desnudo, tumbado boca arriba sobre la cama y con una erección que no le ha bajado ni un ápice, mira con curiosidad el objeto que sostengo en la mano. Un bote de nata montada en spray.

Mientras lo agito me coloco a horcajadas sobre sus rodillas, retiro el capuchón y presiono la boquilla. Un moño de nieve rizada aterriza sobre su glande y el pene se convierte en un árbol de Navidad de tronco grueso y copa achaparrada. Me inclino sobre él y pruebo su dulzor con la punta de la lengua.

—Mmmm, qué rico.

Con los labios cerrados empujo el cono esponjoso. Voy abriendo la boca y bajando la cabeza para distribuir la cremosa sustancia por la superficie del miembro. Subo y desciendo otra vez, pero la textura ha cambiado. La delicada estructura se ha colapsado, dejando una pátina pegajosa de glucosa translúcida. En el siguiente vaivén desaparece toda evocación a un delicioso postre y en mi paladar se mezclan el sabor salado del sudor de su pubis, el fluido caliente que rezuma desde su sexo y restos empalagosos de azúcares en una amalgama repugnante. Le doy otra oportunidad a mi experimento fallido, pero temo que el asco acabe por hacerme vomitar. Me retiro con una sonrisa de circunstancias que parece real.

J. alarga el brazo.

—Déjame probar a mí.

—No, no hace falta…

Pero ya ha agarrado el bote e intercambiamos los cuerpos de lugar. Empiezo a transpirar, nerviosa. J. traza un camino de nata desde el monte de Venus, con una parada que construye una pagoda en mi ombligo, y termina entre los senos. Acaba coronando mis pezones con dos graciosas volutas. Doy un respingo por el rastro frío que toca mi piel y por el bochorno venidero en cuanto J. comience a lamer.

Inicia el trayecto despacio, recreándose en esparcir pinceladas blancas hacia los lados de mi tripa que luego borra de un lengüetazo. Observo cómo tuerce ligeramente el gesto. Succiona la pirámide sobre mi ombligo con cuidado de no rozar la carne. Con un breve suspiro ataca la etapa que me cruza el torso. La ruta ha empezado a derretirse y se desparrama en regueros viscosos y malolientes. Según va acercándose a mis pechos le va resultando cada vez más difícil disimular sus muecas. Antes de llegar a la meta, alza el rostro y me mira con la expresión demudada.

—Vamos a darnos una ducha, anda —le anuncio, bajándome del colchón con cuidado de que no resbalen más gotas pringosas sobre las sábanas.

«Y, de paso, a hacer unas gárgaras», añado para mí.

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