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¡No lo abras! · Cris Nogal

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Personajes
P.: Padre.
H.: Humana/ Heroína
D.: Diosa

P. -¡No lo abras! (dijo el Padre, escondiendo su semblante autoritario bajo el espesor de sus cejas grisáceas y la canosa barba)

H. -Es mío; he tardado años en conseguirlo. Quiero saber qué contiene. (Se aferra al objeto, tan prieto contra su pecho y cubierto por las telas de su ropaje que no se aprecia, si quiera, su forma)

P. -Te digo que no lo hagas; su contenido deberá quedar oculto por siempre. Terribles temores serán liberados si permitimos que lo que guarda campe libremente por el cielo de los dioses y el suelo de los hombres. El mundo se tambaleará, abocado al desastre, y no hallaremos remedio alguno que permita su recuperación.

H. -Conoces, entonces, su contenido; estás relacionado con él. Veo en tus ojos un destello, el reconocimiento de aquello que quisiste ocultar. He vagado por yermas tierras y navegado extensos mares, me he enfrentado a los monstruos más terribles; el destino que marcaste para mí se me queda pequeño. No condenaré esta vida al silencio ni al olvido, ni vaciaré mi experiencia de motivo y de sentido. La abriré.

P. -En contra de tu destino estarás actuando, si así obras. No fueron hechos para ti los saberes que contiene. Vuelve a casa con aquél que te desposó.

H. –No lo haré. Confíame lo que guarda en su interior. Si no lo haces, a ciegas me entregaré al deseo de saber, como lo sabios que nos mostraron los dones de la naturaleza y los secretos de los cielos. No permitiré que el conocimiento que oculta se silencie para siempre. Descubriré el saber que esconde, pues será mi recompensa a tan largo viaje y tantas penalidades.

P. -Tu expedición fue un error. Conozco bien los desafíos que te asediaron, pues yo fui responsable de todos ellos. Debías retroceder, apartarte del camino al que te encomendaste ciegamente. Tu obligación es la obediencia, el sustento y la compañía, pues no existe en ti la capacidad de la que te piensas poseedora.

H. -No me importan tus motivos, ya no más. Quiso mi sino que todo fuera diferente, y sabía de tu segura oposición. Así como logré salir del laberinto, en el que me encontraba constantemente con un reflejo propio del que sólo deseo huir, valiéndome de mi valentía y mi capacidad lograré hallar la manera de acceder a lo oculto. Tus impedimentos no harán más que encender en mí la llama del deseo.

P. -Pura fortuna, seguro, fue la causa de tu victoria en tales pruebas. Alguna divinidad se situó, sin duda, de tu parte.

H. -¿También cuando, enfrentándome al ímpetu de mi poseedor, utilicé mi astucia para vencer su brutalidad?; no es poca afrenta la fuerza de sus puños y la monstruosidad de su intención. Logré escapar, condenándole a una búsqueda eterna a través de su piel de piedra.

(Aparte) Estoy cansada de la constante humillación, de la intención eterna de doblegarme bajo el yugo cual juguete otorgado por los dioses, sin deseo ni voluntad.

(Dirigiéndose, de nuevo, al Padre) Tus palabras están vacías de mandatos para mí. Ya no recorreré el sendero que me indicaste como óptimo, con la excusa de ser el más adecuado a mi debilidad innata. Me he demostrado tener más fuerza de la que tú y el resto pensasteis; mucha más de la que nunca quisisteis que descubriera. He tomado mi decisión: quiero acceder a estos saberes encerrados.

P. -Los cielos te harán pagar tu pena si lo haces. Recuerda que sus designios siempre son certeros. Así como el pelida cumplió con su destino, y la más fiel de todas cosió y descosió sin descanso, lo que lo oculto entraña se muestra deseoso de ser liberado, tal es su mal genio y su despreocupado deseo.

H. -¿Pero qué hay de mí? No soy, pues, el pelida, pues no hallarás en mí la arrogancia de un guerrero ni el deseo de la fama eterna; tampoco soy la dócil esposa, pues la rueca y el hogar sólo me proporcionan hastío. ¿Quién soy, pues? Quizá dentro encuentre mi respuesta, quizá su contenido me muestre el camino que tanto ansío.

P. -No existe tal camino, pues así fue establecido al inicio de todo. Te condenaré a la pena eterna si me desobedeces. Como el Bienhechor, tu suplicio no cesará y mi intención nunca encontrará satisfacción.

H. -Ya no me importa, pues cualquier condena dotada de verdad es preferible al yugo eterno de la ignorancia, la sumisión y la impotencia. Me he decepcionado demasiadas veces como para que me importe lo que tú puedas hacer.

P. -Ábrelo entonces, y serás maldita para siempre.

H. -Podrás llamarme así, entonces, a partir de ahora. No renunciaré a la libertad de la decisión.

Lo abre, y todas sus expectativas se vieron superadas por lo que vio. Entendió, por fin, la verdad que había estado oculta, la que el Padre tanto luchó por esconder. Y entendió el porqué.

Al momento, unas cadenas brotaron del suelo, como enredaderas metálicas que apresaron su corporidad. El dolor en sus muñecas era soportable, pues, por primera vez, su espíritu era libre. Su mente conocía la verdad. Y todo su cuerpo, toda su esencia, aunque maldita, fue libre.

Aparece la Diosa en un carro alado, y con su ímpetu destruye las cadenas recién forjadas y libera a la injustamente presa.

D. –Tu curiosidad nunca debió ser castigada, sino tu deseo de libertad recompensado. No puedo eliminar la marca de la infame condena que ha sido infligida a tu cuerpo, pero sí animar a tu espíritu a la continuación de su empresa. Que los peligros que has vencido hasta ahora no caigan en el olvido, que no se haga la noche sobre tu ansia de libertad; que el yugo no sea un collar maldito anclado eterno a tu cuello. Te libero, como tú misma hiciste antes que yo.

La Diosa se aleja en su carro alado. El Padre se retira, airado. Ella avanza hasta salir de escena.

2 commentarios

  1. Alazne dice:

    Me encantó!!! El precio de la libertad al desobedecer es ganarse la enemistad de quien sujeta nuestras cadenas.

  2. Alaz alaz dice:

    Me encantó!!! Al desobedecer, el precio de la libertad es ganarse la enemistad de quien sujeta nuestras cadenas.

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