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Pandora · Marta Martínez Rodríguez

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Escribo allí donde las palabras
no se detuvieron frente a los cuerpos
donde pasaron sin previo aviso,
corrompiendo siluetas y sonidos
de mujeres, sirenas, esclavas;
mitos, cargados de miedo.

Ojalá las voces nos atraviesen
para vernos más allá de la penumbra
y construirnos nítidas, no borrosas.

Fabricamos velas con la cera de
las guerras,
luchadas contra hermanas invisibles:
pandoras, brujas y amazonas.

Para darnos luz nos abrazamos,
sin que nadie nos vea
aprisionando la sabiduría
en el hueco de una hoguera
donde quemamos antiguos libros
que permiten solo enmudecer.

No nos nombran, estamos muertas.

Es en la sombra
donde parimos nuestras tierras,
las cosechas
aún están en las tinieblas:
suelos fértiles que pretenden ser destruidos
antes de nacer.

La historia de las mujeres
está parpadeando,
entre-líneas se leen los rostros
que han sido vistos, pero no retratados.

Lo prohibido no está en nuestras manos
pues, al igual Pandora, si queremos
conocerlo, tenemos que pasar por el hilo
que enreda, habla, comenta:

Si la maldad es curiosidad,
el conocimiento es el infierno
donde el demonio tiene
por supuesto, rostro de mujer
que quema, enciende, arde.

Arde,
que se pudran entre cenizas
las leyendas que hablan de nosotras.
Sin consultarnos se cuelan
por las rendijas de la sociedad contemporánea
haciéndonos creer que no somos esclavas del pasado.

Arde,
de la mano de todos los hombres que se creyeron
tus dueños y que ahora aunque muertos te odian.

Las llamas que aún no prenden
se transforman en culpa:
auto-daño asegurado, lesiones
continuadas hacia una misma
¿Por qué hiciste esto?
¿Por qué?¿Por qué? ¿Por qué?
las preguntas se transforman
en balas que penetran hasta doler.

Queremos tragarnos la culpa,
bajar con ella por la garganta, pasando
desde el esófago hasta el vientre.
Abortando, la basura repleta de odio
que pusieron en nuestras bocas
sin consultarnos.

Sabemos lo incómodas que somos
cuando hablamos,
nacemos del rol que nos habéis adjudicado.

Nuestras labores domésticas
se amplían más allá del
lavar, tender y cuidar.
Pasan por escurrir la rabia
y extinguir el sufrimiento
hasta que no caigan gotas
hasta que no se sienta nada,
ni ese olor podrido
de humedad haciendo
ruido.

Moldear los trapos hasta
que sirvan de vestido,
de traje holgado por donde
cuelguen los límites
construidos, sujetados
por manos que nos son propias.

Maldición, a la autoridad
que nos resulta extraña;
nos descolgamos de nuestros
hilos, por atarnos a aquellos
donde somos presas
y estamos adaptadas.

Dolor, daño, sufrimiento
es la condena de la mujer durante
el paso del tiempo.
Sujeto de prueba, anónima,
reclusa. Objeto de sumisión
y de lucha.

Dolor, daño, sufrimiento
aprieta con nervio,
que el temblor
sea tan fuerte que no se note
el viento
que azota rostros viejos,
arrastra nombres y enfermedades,
pobrezas, clases, racialidades;
quedando sólo la esperanza
de que puede llegar un alivio
que invite a empezar de nuevo.

Como un monstruo nuevo,
renaces del margen donde
maestros dedican su vida
a intentar describir lo quieta
que eres, lo bella que estás
cuando no estás.
Tu presencia
solo puede ser
nombrada por las lenguas
del odio, la envidia
o el placer de retratar
desde una dominación divina.

Dicen que eres deforme en tu integridad,
no tienes forma de mujer
ni de nada que todavía
pueda reconocer.

Tu forma es horriblemente
invisible, por eso ahora,
cuando te noto moverte
no puedo nombrarte.
Desde lejos te llamarían
loca, enferma mental,
fea, inconsciente.

Eres deplorablemente nueva,
tu fabricaste tu cuerpo,
le diste palabras a tus movimientos
eres socialmente inadaptada
una mujer que no se contempla
desde una sociedad esclava.

Palabras que hacen guerras,
construyen una realidad ajena
realidad porque nace,
aunque resulte extraña, desde
las mismas tripas de las que
se habla.

Un imaginario colectivo
de mujeres ideado por hombres.
Si se piensa desde el lenguaje
de la opresión,
el rito será destruirlo.

Hay que romper la tradición,
el mito, la aberración.
Hay que romper sin avisar,
la alternativa será
degenerar, des-normalizar
crear desde cero
sin cimientos que abanderen
el patriarcado, el miedo.

Una realidad común
con palabras de mujeres,
desde todas las variedades
de mujeres, para todas
las categorías de mujeres.

Abrazar el cielo,
extender los dedos,
para tocar en lo ajeno
quemaduras,
marcas que son
ladridos, golpes.
Pedazos de heridas
invisibles que claman
parir de nuevo realidades
extremas,
vestir el desnudo
con ropas recién fabricadas.

Pero duele, pelear con una misma
luchar contra la herida
que quiere hablar
pero sólo puede gritar,
callar, llorar
en nombre de
la culpa, la exigencia,
el auto-castigo, la
comparación,
y todo bajo control
bajo la dictadura del
estereotipo, bajo el mando
del dolor.

Pelea, pero la lucha es contigo,
no contra ti.

Somos también desde otro ángulo,
que nos observa.
No logramos vernos en unidad,
si no es por miradas ajenas
que nos contemplan las espaldas.
Miradas que también nos narran,
nos ayudan a comprender
lo que la verdad ignora.

Necesitamos que las voces
que cuentan historias sobre nosotras
que nos incluyen en sus discursos,
en sus frases y memorias;
lo hagan desde el conocimiento,
la empatía que supone reconocerse
también en ese espejo de donde
sale un común reflejo.

Hay sombras que solo otras
pueden ver.
Entonces, para conocer la mía
necesito preguntar a aquellas
por donde tampoco pasa la luz –
todo lo que la existencia
ha estado narrando a sus espaldas.

Las mujeres, no somos un añadido
ya estábamos antes de que nadie
se encargará de nombrarnos.

Escribir sobre mi piel es reconocer
la tuya, hermana, maestra, compañera;
puedo verme sola,
puedo verme
si me señalas, desde la nada
desde el inicio compartido.

2 commentarios

  1. Jose dice:

    Me encanta 💕

  2. Mariló dice:

    Que bien escribes Marta. Con tanto sentimiento y amor. Te quiero.

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