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Pigmalión · Isabel Garcerá Moreno

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Pigmalión era el hábil y talentoso rey de Chipre. De imponente estatura y corazón henchido. Un hombre bueno y trabajador. O, al menos, eso era lo que decían de él sus conocidos. Su oficio consistía en esculpir estatuas de marfil. Todo aquel que veía una estatua que había tocado su cincel quedaba hechizado por los finos golpes de gracia del maestro que había hecho de la figura un ser casi humano.

Sin embargo, Pigmalión no era feliz. La razón de su desdicha se debía a que no encontraba mujer alguna con la que compartir su vida. Para él, todas hablaban demasiado y ninguna de ellas era suficientemente bella. «Si al menos encontrara alguna muda», anhelaba en secreto. Pero luego recapacitaba. Ni aun encontrando a la muda más bella de la polis podría cumplir su sueño, pues jamás sería ella tan hermosa como la más horrible de sus estatuas.

Su alma infeliz lloraba y sufría todas las noches porque no le gustaban las mujeres que conocía. Había recorrido extensos campos y navegado océanos para conocer a las más dulces flores, bellezas salvajes de diferentes culturas y países, y ninguna cumplía con sus expectativas. Hasta que un día prometió que no buscaría más y se centró en su oficio.

El rey empezó a dar forma a una nueva estatua. Esta estaba quedando tan perfecta y elegante que parecía esculpida por un dios. Era todo lo contrario a las mujeres que había conocido en sus viajes. Tan imperfectas. Algunas de ellas llevaban el pelo corto como los hombres, otras eran independientes y les desobedecían. Muchas reían libres. Todas eran grotescas y charlatanas. Eran humanas. Estaban vivas.

En cambio, aun no estando terminada, su nueva estatua era silenciosa, moldeada a su gusto, con las formas que a él más le agradaban. Era portadora de la cualidad más importante para una mujer: la belleza. La inteligencia, el humor, la creatividad, la valentía. Todas eran virtudes de los hombres a las que ellas no debían aspirar.

Una noche cualquiera de primavera, Pigmalión soñó con Afrodita. La diosa del amor. En el mundo onírico vio la oportunidad de pedirle un deseo.

—Oh, Afrodita. Mira qué desgraciado soy, que no encuentro mujer a la que amar. Soy bueno, trabajador, honesto. He buscado hasta en el último rincón del mundo y ninguna es como yo quiero.

En el sueño, Afrodita era una mujer voluptuosa y de mirada feroz. Despierta como un zorrohambriento. Por supuesto, Pigmalión pensó que solo se trataba de una representación porque la  verdadera diosa no podía ser tan peculiar. Afrodita le respondió.

—¿Qué es lo que deseas, Pigmalión?

—Quiero alguien a quien pueda amar. Quizás si esa estatua, que estoy creando de la nada, cobrase vida… Quizás ella me viera como su dios creador y me quisiera como merezco.

—Me conmueves, Pigmalión. Acaba tu estatua y yo te daré lo que te mereces.

Al día siguiente, Pigmalión se afanó en terminar su obra. Golpeaba el cincel con la maceta con suma cautela cuidando cada detalle de la escultura. Se concentró tanto en su arte que sintió cómo las Musas le poseían y su razón le abandonaba. Ya no era Pigmalión, el hombre, el que esculpía; sino que las divinidades de los oráculos le susurraban cómo hacerlo. No cincelaba ya con la vista, sino con el corazón. No podía explicar por qué, pero sabía con toda seguridad que aquella iba a ser su mejor estatua.

Cuando dio su último golpe al marfil, Afrodita apareció de nuevo.

—Bien, Pigmalión. Sal de tu estado de éxtasis y contempla tu obra terminada.

Pigmalión se frotó los ojos, como si acabara de despertar de un largo letargo, y los abrió grandes como satélites.

—Un momento. Eso no es una mujer. ¿Qué clase de broma es esta? —dijo sorprendido observando detenidamente la estatua.

—No es ninguna broma, Pigmalión. —La diosa hizo una pausa—. ¿Acaso yo bromeo alguna vez? —La voz grave de Afrodita retumbó con potencia en el templo al hacer la pregunta. Escudriñó a Pigmalión con sus ojos de cánido insaciable y dobló su tamaño sacándole cuatro cabezas. El rey se asustó y se escondió tras una columna—. Has esculpido lo que realmente querías esculpir.

—Pero esto no es lo que yo deseaba. ¡Yo estaba esculpiendo la figura de una mujer!

—Ah, parece que tu psique te ha traicionado. ¿O quizás no? ¿Qué ha podido pasar? — Afrodita sonrió mientras mordía una manzana.

—¡Has sido tú! ¡Me has engañado!

—¿Tú crees? Yo solo te he dado lo que pediste. Alguien a quien pudieras amar.

—¡Pero yo quería una mujer!

—Ah, vaya. Esperabas esculpir una mujer para que yo le diera vida… —dijo con sarcasmo—. Pero… —volvió a dar un mordisco— ¿Cómo iba a dejar yo que una mujer compartiera la vida contigo? ¡Si tú detestas a las mujeres! Yo soy Afrodita, la diosa del amor, ¿entiendes?

—¡Pero yo no amo a esta escultura!

—Claro que la amas. Sin embargo, no te gusta ninguna mujer viva sobre la faz de la tierra. Si yo le hubiera dado vida a una muchacha para que te amara… Oh, cuán desgraciada habría sido. La habrías tratado como a un objeto. Como a un ser inferior, siendo tú su creador, su dios. Debiendo ella obedecerte. —Afrodita tiró la manzana al suelo—. Pero, no te preocupes, una vez insufle de vida a esta escultura, os uniré para siempre con el lazo del amor eterno.

—¡No le des el don de la vida! Por favor, ¡te lo suplico!

—Ya es tarde. Este es el castigo que te he impuesto por odiar.

El rey vio cómo la diosa desaparecía bajo olas y un torrente de espuma de mar que habían salido de la nada. La estancia quedó en silencio.

Pigmalión miró hacia su creación horrorizado, se acercó y la tocó con la mano temblorosa. Palpitaba. Observó sus ojos infames y, en el reflejo de sus pupilas doradas, se vio a sí mismo. Después de todo, quizás sí fuera capaz de amar a aquel monstruo.

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