POROMPOMPERO – Princesa Consuela

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Ni nunca me había ocurrido, ni hubiera nunca pensado que me podía ocurrir. No es que, entonces, fuera la más pródiga en experiencias, pero algunas, incluso algunas memorables, habíalas.

Tampoco le había ocurrido a ninguna de mis amigas —que yo supiera—; aunque, si lo callaron como yo lo callé, poco conocimiento compartido se podía haber generado. Ves, ¡tenemos que contarnos las cosas! Sí había oído hablar algo de forma accidental —creo que por redes sociales, creo que por Barbijaputa, bendita—; quizá eso me salvó de, al menos, un shock anafiláctico.

Cama de 90, tarde calurosa de verano. Allí estábamos, él y yo, al final de episodio sexual espectacular, un polvo de órdago; un polvazo, que se dice; un sexo bien conectado (y eso que llevábamos muy poco tiempo conociéndonos) que remató con un orgasmo conjunto en el que cornetas, clarines y timbales detonaron en silencio explotando de triunfo y placer.

Ese pedazo de coito pasaría a los anales de la historia, pero por otro motivo. Y es que en medio de los susurros de satisfacción y jadeos finales que comenzaban a estrecharse tras el clímax, sucedió. Al extraer su pene de mi vagina, sucedió. En el mismo momento del desarraigo, sucedió: un pedo. Un pedo vaginal. Un pedo vaginal con redoble y tirabuzón, sonoro, como un altavoz de festival de verano. Un pedo e-n-o-r-m-e, como la vergüenza ajena de cuando Pérez Reverte habla o escribe en Twitter, o apela a sus cojones; o sea, cada vez que habla o escribe en Twitter; o sea, mucha, e-n-o-r-m-e —que por otro lado, «dime de qué presumes y te diré de qué careces»; pero no es este el momento, saquen a ese señoro de mi coito—.

Se escapó. Él solito. Por mi vagina. Un pedo, un cuesco, una ventosidad alisia. Me quedé paralizada —«¿He sido yo?»— de la sorpresa; mis ojos se abrieron como platos hondos y a punto estuvieron las lentillas de caérseme. En un gesto mecánico, me llevé las dos manos a la boca. Él, sentado sobre sus rodillas, quitándose el preservativo, no me miró a mí, sino a la comarca de dónde había salido semejante estruendo, levantando mucho las cejas. Sonrojada, yo le miré a él. Atónito, él me miró; parecía pensar: «Todo eso… ¿¿de ahí??». Y casi a la de tres, nos echamos a reír, mientras yo, eso sí, tapaba con mis manitas el orificio por donde tal ventisca se había atrevido a asomarse.

Como os dije, nos estábamos conociendo, y no habíamos tenido tantas experiencias juntos; por mi cabeza pasaron, por ello, cientos de pensamientos-tipo: dudas, ganas de huir, ganas de culpar al otro por una extracción demasiado súbita o abrupta, ansia absoluta de desaparecer. En mi perspicacia, solo acerté a decir que había sido «sin querer» (¡y tanto!). En sus risas y mi vergüenza, traté de incorporarme. Y en ese mismo momento, ¡champán final! Una segunda flatulencia, del tamaño de la península ibérica, pero más agudo, hizo su aparición. De nuevo, risas él, vergüenza yo; diversión él, sonrojo la menda. Fingí que también me provocaba risa y me vestí rápido; fui al baño y, después de orinar, me miré los bajos: ¿habría algo mal colocado ahí? Así, a simple vista, no parecía haber nada raro…

Corrimos un tupido velo a aquel episodio mediante un acuerdo tácito aunque, creo recordar, no volvimos a acostarnos hasta el día siguiente, y con bien de cuidado. He de añadir, para tranquilidad de todas, que los pedos vaginales no huelen, lo cual es un alivio, y también, en defensa a mi persona, que esa fue la única vez que me ha ocurrido tal en 35 años. Me alivia, al menos, no llevar una gaita en el coño.

También os confieso que ojalá me hubiera ocurrido cuando el otro, un otro que conocí en un momento un poco infausto de mi vida, uno que se decía novelista y amante del realismo con el que fui a «dormir-solo-dormir», intentó metérmela estando yo eso, dormida. Hubiera sido una especie de venganza biológica por una intrusión no permitida, o la transformación de mi vagina en un huracán para echar fuera a todo intruso no esperado (ni deseado). Por suerte, él no lo consiguió —por desgracia para él, soy la princesa del guisante— y me desperté cuando me bajaba las bragas, empalmado y situándose, y le aparté en una especie de amago primero, y una onda vital después. Supongo que midió fuerzas, y entre eso y la borrachera, se giró y me dejó de molestar. Y yo seguí durmiendo… seguí durmiendo en su cama, porque no me di cuenta, hasta años después, que ese tío, realmente, me había intentado violar.

¿Ves? Tenemos que contarnos las cosas.

 

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