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Medea

Medea

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Sé ciudadana de Menadépolis¿Qué incluye?El mito de MedeaCondiciones

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Las ciudadanas como Medea son poderosas magas de renombre. Su amor por los libros y su pasión por las letras les lleva a ser consideradas brujas eruditas. Su carácter y seguridad en sí mismas hacen temblar ciudades y desinflar la más humana ruindad.

No queremos enrollarnos mucho para que puedas empezar cuanto antes a disfrutar de Ménades. En las pestañas te resumimos lo ofrecemos en esta suscripción y te contamos un poco más de la heroína a la que has elegido. 

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  • El carnet de de ciudadana para moverte libre por los espacios que forman parte de la ciudad.

 

Orígenes

El mito de Medea nos lleva, primero, a la Cólquide, una región situada en la actual Georgia. (Dato primero para entender esta figura: era «extranjera».) 

Hija del rey Eetes (por ello, sobrina de Circe) y de la oceánide Idía, fue sacerdotisa de Hécate. (Dato segundo: era «hechicera».)

Dato tercero...: era «mujer».

 

La conexión griega

Hacía un tiempo ya, Frixo había dejado colgado de un árbol, en una playa cólquida, el Vellocino de oro, que fue protegido por un dragón. A Jasón se le encomendó la tarea de llevarlo de vuelta a Yolco, una ciudad helena. Fue el llamado «viaje de los argonautas». Cuando llegó a la Cólquide y pidió llevarse el maravilloso objeto, el rey Eetes le dijo que lo podría hacer tras superar varias pruebas, la última de las cuales era derrotar al dragón. Medea y Jasón se enamoraron, y esta le ayudó a derrotar al monstruo y a huir posteriormente. Cuando llegaron a Yolco, Pelías, tío de Jasón y rey de la ciudad, no cumplió su parte del trato, que consistía en devolver el trono a su legítimo dueño: Jasón.

 

Mitología

Medea y Jasón, entonces, traman su venganza. Ella le ayuda, una vez más, en sus planes, y enloquece a las hijas de Pelías haciéndoles creer que rejuvenecerían a su padre si lo descuartizaban y después lo cocían. Este muere, así, de sus manos.

Tras esto, han de huir y pedir asilo en la ciudad de Corinto, en la que Medea tenía conexiones políticas. Allí, logran vivir felices unos años, hasta que el rey de la ciudad, Creonte, hace un «juego de tronos»: quiere anular toda influencia de la extranjera y, para ello, propone a Jasón que se case con Creúsa, su hija, lo cual este acepta al ver la posibilidad de cumplir sus ambiciones. Medea, herida, manda a la hija del rey, por medio de los hijos que tenía con Jasón, un manto envenenado, que provoca la muerte de todo aquel que tenga contacto con la prenda.  Así le sucede a Creúsa al ponérselo; así a Creonte, al ir en su ayuda; así a los propios hijos, al portarla.

Los habitantes de Corinto, indignados por los magnicidios, persiguen y apedrean a Medea, que se ve obligada a huir de la ciudad.

 

Mitografía

A grandes pinceladas, lo anteriormente expuesto es el mito que se fijó y que ha llegado a nuestros días en el imaginario común. No obstante, la historia de Medea parece haber sido otra muy distinta:

En los días en los que Jasón pactó su matrimonio con Creúsa, una plaga afectó a la ciudad, llevándose la vida de muchos niños. Los corintios cogieron a Medea como chivo expiatorio y la persiguieron como causante de los males de la ciudad. Mujer, hechicera y extranjera: no había duda. Así, lograron matar a sus hijos en castigo y la persiguieron para lincharla, pero consiguió huir.

Fue Eurípides quien, en su tragedia Medea, fijó el mito, cambiando este final por el anteriormente expuesto por encargo de la ciudad de Corinto, que quería limpiar su imagen.

 

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Medea

Sabemos, por el mito, que Medea fue una mujer enamorada que abandonó todo por el objeto de su pasión: Jasón. Abandonó su familia, abandonó su tierra, y abandonó su tradición, traicionándola para ayudar a ese hombre que, más tarde, la abandonaría.

Sabemos, por el mito, que la búsqueda de Jasón era secundaria, casi una estupidez vista con ojos prácticos: un vellocino que, una vez conseguido, no iba a servir para nada; una búsqueda encargada para quitarle de en medio con el único aliciente de promesas de gloria.

Este era el principio del mito, la piel dorada de un carnero y su consecución, pero la figura de Medea ensombreció a los argonautas, se elevó sobre ellos como un globo aerostático; majestuoso, pero expuesto a todos los ojos, a todas las envidias, a la ruindad de aquellos que excusaban sus fallos en lo ajeno. Tanto, que Eurípides la transformaría en toda una fuerza de la naturaleza, un vigor elemental; alguien que, debido a la humillación y los tratos injustos, explota en una furia sin límite. Esta Medea se situó por encima del bien y el mal gracias al poder creador del poeta trágico, mas el fondo del asunto era oscuro: Eurípides transformó el mito, según algunas fuentes antiguas, por encargo de la ciudad de Corinto, que aún penaba una culpa inmersa en una versión del mito llena de injusticias y asesinatos y que les culpaba a ellos, una culpa llena de los mayores crímenes cometidos por una ciudad embaucada. Algo grave, pesado y apegado a ellos mismos que aligeraron de aquella manera, haciendo culpable a la que con sus pies no tocaba el suelo. A la más expuesta.

Pero ¿quién era en un principio Medea? Se nos dibuja como una persona ajena al mundo racional griego, como una mujer apegada a sus tradiciones y a los ritos de la tierra. Alguien de carácter fuerte, una hija de un rey de un pueblo bárbaro. Alguien que bien podría ser tomada como una hechicera, lo cual así sucedió. Ella y su ascendencia, todas ellas magas de renombre. Alguien que se enamoró del brazo fuerte de un aventurero con cierta nobleza y dignidad, pero que solo demostraba personalidad en la acción. Una mujer que traicionó a su país ayudando a Jasón a conseguir el Vellocino de oro, una mujer a la que Jasón prometió amor por siempre a cambio de sus servicios, promesa que finalmente no cumplió.

A una mujer de tal carácter había que añadirle crímenes, dramatismo, más fuerza. ¿Por qué? Hay muchos motivos. El más importante, la expiación de toda una ciudad. Era sencillo: ella era una mujer, ella era extranjera, ella sobresalía, elementos más que suficientes para que todas las culpas de un pueblo quedaran sobre sus hombros. ¿Cómo fue, qué culpa es esta con la que la ciudad de Corinto quiso, necesitó, cargarla?

Cuenta una de las versiones del mito anterior a Eurípides que Jasón, a su regreso de la Cólquida, no obtuvo el premio por haber conseguido el Vellocino: el usurpador Pelías no quiso cederle un trono que le correspondía. Jasón se vio obligado entonces a pedir asilo en la ciudad de Corinto, junto con los pocos argonautas que quedaban y con Medea y los colquidenses que acompañaron en su huida a la hija del rey. Transcurridos unos años, Creonte, rey de Corinto, consideró oportuno casar a su hija menor, Creúsa, con Jasón; pura política. Este, ante tal oportunidad, abandonó a Medea y a los hijos que había tenido con ella; puro egoísmo escondido tras la cortina de lo conveniente. Medea, sintiéndose traicionada y cada vez más iracunda ante los actos de Jasón, mató a Creúsa y a Creonte; eso, según el mito, porque, para Christa Wolf, de estas muertes tampoco cabe culpar a Medea, pues fueron fruto de la locura de Creúsa. Los corintios, enfurecidos entonces, mancillaron un templo y apedrearon a Medea, quien huyó hacia Atenas en el carro alado que le regaló su abuelo Helios, si bien, ni hubo carro, ni dios alguno, ni tampoco otro sitio que no fuera una gruta donde malvivir. El populacho, aún sin tranquilizar y guiado por agentes difamadores, mató a los hijos de la hechicera. A Medea solo le queda, entonces, la libertad de no sentir ninguna atadura, acaso el poder de la maldición.

Todo lo malo que le ocurrió a la ciudad —hambre, enfermedades, inestabilidad…— le fue achacado a ella y a sus colquidenses: refugiados, primero; extranjeros de costumbres ajenas, más tarde. Fue entonces cuando los corintios tomaron el sencillo camino de culpar a los de fuera, cometiendo toda clase de tropelías y asesinatos con la inestimable ayuda de algún que otro colquidense arribista y lleno de humana ruindad y de odio. Porque todo en esta obra, lo bueno y lo malo, es eso: tremendamente humano. Y tú que estás leyendo esto, por favor, no te sientas tan ajena.

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