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Rea · Nieves Sevilla Nohales

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Estaba embarazada por sexta vez y un placer íntimo, que emergía de lo más profundo de mí naturaleza me embargaba por completo, como si se hubieran citado para el evento todos mis atributos personales. Tú sabes, Cronos, que en ese estado me implicaba, más que en ninguna
otra situación, con los ciclos que tienen lugar en mí misma y en cuyo devenir interviene mi símbolo por excelencia: la luna.

Sin embargo, a pesar de esa plenitud estaba aterrada.

Cuando pienso en lo que soy y en lo que represento, me resulta muy ridículo tu discurso sobre el predominio de la semilla. Imagínate una semilla en una piedra o en un metal; incluso en el oro o en el diamante más puro, una semilla no tendría nada que hacer. Una semilla necesita un seno del que no dispone el portador. Así que no presumas, Cronos; sin mí, sin la Tierra, no habrías podido tener seis hijos y tampoco te hubieras podido comer a los cinco mayores, insensato.

Observaba a mis hermanos, los titanes. Océano me resultaba atractivo, pero tú supiste cortejarme. Yo, titánide inexperta, me sentía halagada y orgullosa en tus brazos de titán, al que le atraían sobremanera todas y cada una de mis cualidades. Con tu magnífica hoz, forjada por nuestra madre, Gea, creciste hasta lo más alto. No en vano era la hoz de la victoria; la hoz con la que seccionaste los genitales de nuestro padre, Urano. Nos liberaste, Cronos. Te elegimos rey y yo me convertí en tu esposa y tú en mi esposo.

Yo había oído decir que los hijos preferidos de las madres no suelen ser buenos compañeros, por las implicaciones psicológicas que les confiere esa predilección. Y tú eras el favorito de Gea. Por eso, caprichoso y despiadado, te comiste a nuestros cinco hijos. ¿Y con qué derecho? ¿Eh? ¿Acaso pensabas que te pertenecían? Ser el favorito te convirtió en un titán inestable; porque no todo el mundo iba a reír tus ocurrencias ni te iba a dar tantos y tantos mimos, ¿no te parece? La inseguridad era la razón de tu canibalismo. Temías que tus hijos te hicieran a ti lo que tú le habías hecho a nuestro padre. Los hijos aprenden con el ejemplo. Así que no sé porqué luego te sorprendiste.

En el sexto embarazo, Cronos, me resultaba imposible soportar por más tiempo aquella  tiranía. Habías devorado a nuestras tres hijas: Hestia, Deméter y Hera y a nuestros dos hijos: Poseidón y Hades. Crecían en tu interior, pero yo no los veía crecer. No pude amamantarlos, ni cuidarlos, ni acariciarlos, ni besarlos. Esta madre que te habla se hallaba en el umbral de la desesperación y decidió pedir consejo. ¿Y a quien mejor que a Gea? Ella me comprendió al instante, pues tú sabes muy bien que había vivido una historia similar. Se solidarizó conmigo y urdimos un plan para que no engulleras a nuestro sexto hijo: Zeus.

Cuando nació te presenté una piedra envuelta en pañales. Y eres tan bruto, Cronos, tan primitivo, que te la tragaste sin pestañear, como si se hubiera tratado de un simple hueso de aceituna.

A Zeus lo ocultamos en una cueva en Creta, en el monte Ida. ¡Que no se entere Cronos! ¡Que no se entere Cronos! Los coribantes permanecieron alerta y a la menor sospecha danzaban y hacían sonar sus instrumentos para que no lo oyeras llorar. Creció, se convirtió en un joven valiente y apuesto y, como las profecías se cumplen, urdió un plan contra su padre. Para liberar a sus hermanos te dio un bebedizo, preparado por Metis, y los vomitaste siendo ya adultos. Al fin volví a ver a mis retoños. El llanto y la risa, sin distinguirse el uno de la otra, estremecieron mis entrañas. Los besé y los abracé largamente hasta que se sació un poco mi frustrado amor de madre.

El resto ya lo sabes. Nuestros hijos vencieron en todas las contiendas. Zeus, dios supremo, fundó la dinastía de los Olímpicos, y ejerce su poder con éxito.

Tú te exiliaste en Roma. Yo también viajé hasta aquella tierra extranjera tan próspera y acogedora para encontrarme conmigo misma. Y en ella me he instalado. Aquí se me identifica con la Magna Mater a quien se le erigen hermosos templos y altares. Me llaman Cibeles y se me
venera con una pasión tan intensa que supera la que recibía en mi amada Grecia.

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