RETROCESO – Artemisa

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De nuevo, debía meterme en la aplicación para elegir a mi alma gemela. Esta vía de comunicación me arrastraba al pasado, y me imaginaba retratada en un cuadro poco fiel a mi imagen, con un pequeño retoque para el engaño preparado. Estaba dispuesta a viajar a algún reino europeo para impresionar a mi obligado consorte. Y todo ello, acompañado con unas breves notas sobre mi persona, que, exceptuando el linaje, no decía más acerca de mi personalidad.

Me había propuesto entrar los domingos como un hábito más en mis tareas semanales y aunque siempre pensé que no había nadie al otro lado, de repente un día cualquiera, cuando mi paciencia empezaba a declinar, alguien apareció con un tímido «¡Hola!».

Por supuesto, me puse tan contenta como cuando después de un madrugón para ir a pescar, tras  horas y horas sin ninguna alegría, un pequeño tirón en la caña te anuncia una gran victoria. Me encontraba tan nerviosa que me costó contestar. Al final, copie su saludo, para evitar confundirle con mi verborrea.

Esperé, sin separar mi vista de la pantalla, provocando un diálogo. Para mi entusiasmo, llegó respuesta:

—¿Cómo te llamas?

Era como volver a la adolescencia, y aterrizar en una discoteca de los ochenta. Todo empezaba de la misma forma. Parecía que las cosas no habían cambiado. «¡Bien por mí!», pensé. Ya estaba ganando en seguridad. Después de una charla infantil y absurda, rompiendo la timidez, decidimos quedar para conocernos. Me sentía presionada para ofrecer una buena carta de presentación y me adapte a la figura de aventurera. Para ello elegí un restaurante japonés, que por lo visto estaba cerca de su casa. La cita ya estaba preparada y no había vuelta atrás.

Lo tomé, como una oportunidad que te dan y no puedes rechazar. Estaba hastiada de recibir ese tipo de whatapp en el que te recuerdan que las oportunidades no debes perderlas y qué, si tú lo deseas, el universo se alineará contigo para conseguir cualquier meta inalcanzable.

Yo en esas fechas me encontraba sola, muy sola. Había ganado en libertad, pero necesitaba un compañero de la vida a quién comentar mis desatinos, reírme de mis torpezas y brindar por mis éxitos. En definitiva, luchar por desafíos mutuos. Y no estaba dispuesta a perder ese pez.

Aquel día me engalané para sintonizar con el estilo del restaurante con algún detalle oriental. Me perfumé, me remarqué los labios con un carmín rojo bermellón y mi peinado era perfecto, después de pelearme con él.

No quería llegar la primera e hice tiempo. Me acordé de una antigua amiga, muy glamurosa, que siempre me decía que lo mejor se hace esperar, pero gracias a mi impericia, fui la primera.

Y allí estaba en la mesa, sola, esperando, con el estómago provocándome unos gases perturbadores que podrían arruinar mi noche. Para calmar mis jugos gástricos, levanté la mano con decisión, en busca de algún camarero. Necesitaba una copa para empezar a desinhibirme, porque me sentía tan suelta como una pieza de mármol.

Todos sabemos que los primeros cinco minutos son decisivos. En esos instantes interminables, hilvané una conversación en mi mente. No dude en ningún momento en utilizar frases hechas.  Pensaba que si seguía un guion, podría acompasar cada movimiento del contrincante para evitar esos silencios tan incómodos. Estos perturbadores pensamientos se interrumpieron por el corte de una voz grave. Allí, en frente, por fin, estaba mi antagonista.

Se presentó y pude ver a un hombre atlético, fuerte, de mirada decidida, uñas cuidadas, tez oscura y bien afeitado. Rápidamente, le pasé un escáner para detectar cualquier fallo del que pudiera arrepentirme en un futuro, pero sinceramente solo vi a una persona tranquila, por lo que decidí levantar la barrera y dejar fluir una conversación convencional.

La velada se tornó agradable, y a pesar del sabor extremadamente amargo y picante del wasabi, todo fue correcto. Cuando llegamos a los postres, nos trajeron unos rollitos que tenían una pinta deliciosa, y no dude en reproducir una escena sexy, tipo Nueve semanas y media, llevándome el rulo a la boca de forma perturbadora e incluso algo pornográfica, pero en ese momento el rulo, al exprimirse en mi boca, derramó un jugo caliente y pude observar al camarero haciéndome señas, indicándome que era para lavarse las manos. Mi sex-appeal se evaporó como el agua contenida en esa pequeña toalla. Pero a Alex, que así se llamaba mi recién amigo, le había encantado la escenita y parecía que le había subido la lívido. Su mano jugó con mi falda bajo del mantel y se acercó para oler mi perfume como un sabueso. Me susurró al oído palabras obscenas y poco decorosas, pero yo, lejos de escandalizarme, me excité como una pícara jovenzuela.

Mis pensamientos derivaron en un error existencial, parecer lo que no eres conduce a situaciones que no controlas. No obstante, los caminos del señor son inescrutables. En ese momento, mi personalidad se desdobló y estaba descubriendo una faceta de mí que nunca antes había conocido. Era como observar la conducta de otra persona, pero sabiendo que la responsabilidad recaería sobre mi conciencia.

Mientras mis pensamientos se juzgaban unos a otros, mi cuerpo decidió relajarse y disfrutar del momento. Y así fue, como llegamos al orgasmo, con una respiración entrecortada y con ganas de fumarme un cigarrillo.

Después de todo aquello, pagamos la cuenta a medias y nos fuimos. Nunca más coincidimos y aunque aquello supuso un retroceso en mi búsqueda del santo grial, su camino me llevo a una experiencia inolvidable. Aún guardo en mis recuerdos, como un viejo trofeo en una vitrina polvorienta, una de esas personalidades múltiples que me sorprenden, pero me completan.

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