SIETE DÍAS – Ana Veiga

Descarga PDF del relato


Estoy loca, pensó. Estamos bien.

Clara se levantó de la cama y se quitó el pijama tras una semana en una especie de coma depresivo. En mitad de la pandemia, no podía evitar poner el foco en su relación de pareja porque era lo que veía todos los días sobre la mesa. Y era justo en lo que menos quería pensar. Estaba más ansiosa que nunca así que, casi a diario, se embutía a donuts a escondidas de su novio para calmarse.

La ansiedad, se decía.

Aunque cada mordisco aumentaba ese dolor en el pecho que la partía en dos y le había vomitar un poco de alma cada mañana.

Es una puta pandemia y tengo suerte de estar bien.

Aunque en realidad, no se sentía bien. El hecho de esconderse para comer hacía que se sintiera aún peor y cada vez más lejos de él y de sí misma. Solía acostarse sola en la cama mientras él se quedaba viendo series en otra habitación y empezaba a contar los días que llevaban sin follar. Un, dos, tres… el límite que se había puesto era siete. Siete días sin que le apeteciera follar y sin insinuarse. Si pasaba de la semana, empezaba a replantearse si su relación estaba sana. Muchas amigas le habían dicho joder, no está nada mal para llevar diez años juntos. ¿No estaba mal?

Barruntaba constantemente si era normal. Si el sexo semanal era normal, si su peso era normal, si lo era su profesión, sus aficiones, sus ganas de comer, su desgana de salir, su aversión a las multitudes, su perro dependiente, sus libretas sin usar, sus sueños sin cumplir… si ella era normal.

Es normal agobiarse en el confinamiento, repetía como un mantra.

Pero en el fondo sabía que esto venía de antes. El mantra no contenía la sed de respuestas a las preguntas que se amontonaban en su cabeza en círculos concéntricos. Así que Clara trataba de centrarse en una única idea para intentar reducir la ansiedad: tenemos una vida sexual saludable.

¿La tenemos? La tenemos. ¿Seguro? espetaba una voz interior.

Se había marcado ese listón pero, en realidad, follar los sábados no le parecía suficiente. Quizá no era cuestión de cantidad sino del poder de decisión, de saciar los instintos y no de impostarlos. Normalmente la intimidad física no llegaba cuando ella quería sino cuando él lo deseaba. No es que la forzara, sino que ella se ofrecía y él rechazaba y la dejaba anhelando el contacto humano hasta que él le rozaba un muslo o una nalga y le miraba con cara de ¿vamos? Ella iba, porque necesitaba ese contacto aunque quizá no en ese momento sino tres días atrás.

Se deslizaba en la cama y se desvestía completamente. Él hacía lo propio en su lado de la cama. Quítate los calcetines, susurraba ella intentando dulcificar el tono para que la llamada de sirena surtiera efecto. No lo hacía. Ya sabes que si no tengo frío. A veces esto era un juego entre ellos como quien inicia una pelea de cosquillas. Otras, solo era otra forma en que Clara sentía que no la escuchaba; o peor, que la oía pero ignoraba.

Ambos entraban en la cama deshecha de varias noches. Dios, otra vez no ha hecho la cama; bueno, venga, céntrate, Clara. Y empezaba el ritual como siempre, con su un, dos, tres propio de un vals aprendido hace una década.

Bajo la sábana, él acercaba la apretaba contra sí. Le daba un beso, sin lengua, pulcro, mientras bajaba la mano hasta su clítoris y empezaba a rozarla despacio. Ella le pedía un poco de lengua; a veces tenía suerte, la mayoría no. Él desplazaba su dedo arriba y debajo de su sexo mientras Clara lo rozaba con la mano en la barriga. Ay estás muy fría, chillaba él. Ella siempre había tenido las manos frías, así que acabó por no intentar tocarle. Algún día que las notaba más templadas, hacía pequeños acercamientos a su pene aún flácido. Mejor no, prefiero tocarte yo que tú me haces daño. Y ella sentía que no sabía, que no podía, que no debía… que su objetivo en el baile erótico era ser objeto pero no sujeto. A veces, era un alivio porque eso le permitía ser egoísta y centrarse en su propio orgasmo que —sí, por suerte— conseguía casi cada vez. Otras, minaba su ya tocada autoestima.

Todo era peor los días de sol, cuando los rayos de luz diurna se filtraban en la habitación a través de las persianas. Como vivían en horarios inversos —él era ave nocturna y ella necesitaba la luz como el comer del que tanto abusaba—, solían follar por la tarde. Clara intentaba que fuera lo más tarde posible para que entrara menos claridad y él viera su cuerpo lo menos posible.

Espera, déjame coger un poco de sábana que tengo frío.

No era frío sino vergüenza. Cuando se acostaba, siempre trataba de taparse con una sábana la zona de los michelines. Si no funcionaba, estiraba el brazo para que tapara la visión de la zona abdominal mientras recogía la punta del pie para que la pierna se estilizara. Puede que él la quisiera pero ella no se quería y mirar su propio cuerpo era su mayor inhibidor del deseo. Bastaba un vistazo a su muslo de talla 48 para que se le quitasen las ganas de seguir acercándose a él. Pero no se lo decía, porque temía que esta explicación provocara en él la misma reacción y los siete días pasaran a catorce.

Entonces terminaba el baile y Clara se iba a comer, escondida, en una esquina de una cocina a oscuras mientras él se limpiaba y se ponía un capítulo más en el salón. Faltaban siete días para el próximo encuentro. Estoy loca, por qué me preocupo, siete días es lo normal. Y se ponía el pijama una semana, hasta que él le decía de nuevo ¿vamos? Y ella iba.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Ménades Editorial te informa de que los datos de carácter personal que nos proporciones rellenando el presente formulario serán tratados por Ménades Editorial, S.L. como responsable de esta web. La finalidad de la recogida y tratamiento de los datos personales que te solicitamos (nombre y correo electrónico) es únicamente gestionar los comentarios que realices en este blog y jamás serán compartidos con terceros (salvo requerimiento legal). Legitimación: Al marcar la casilla de aceptación estás dando tu legítimo consentimiento para que tus datos sean tratados conforme a las finalidades de este formulario descritas en la política de privacidad. Como usuario e interesado te informamos de que los datos que nos facilitas estarán ubicados en los servidores de Factoría Digital (proveedor de hosting de Ménades Editorial) dentro de la UE. Ver política de privacidad de Factoría Digital. Podrás ejercer tus derechos de acceso, rectificación, limitación y suprimir los datos en editorialmenades@gmail.com, así como el derecho a presentar una reclamación ante una autoridad de control.