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Sin mirar atrás · Silvia Paz

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«¿Quieres arruinar mi carrera o qué?» Mientras descendía a los avernos, esa única frase resonaba en su cabeza. Ofel había olvidado el momento exacto del choque, solo recordaba con cierta confusión la sangre y el dolor; pero lo que más lamentaba era que, antes de que aquel camión invadiese el sentido contrario arrollando su furgoneta, ellas estaban discutiendo. Ya no recordaba el motivo, su memoria se diluía debido al impacto del accidente. Pero sabía que sus palabras habían herido a su mujer. Y no podía dejarla ir así.

Después de aquel exitoso concierto en Barcelona, la vuelta a casa había sido tensa. Ofel empezaba a tener fama en el mundo de la música, por fin, pero la gira estaba siendo extenuante por los viajes continuos y el desorden en los horarios. Tal vez aquello había desencadenado la discusión, lo habrían arreglado con facilidad si no fuese por el accidente. Se habían peleado otras veces. Aunque nunca de aquella manera, con tanta intensidad. No solían gritar. Euri también estaba agotada, pero insistía en ir a cada actuación. Como siempre le decía, caminarían juntas pasase lo que pasase.

Enfrentarse al Señor de la Muerte no fue sencillo.

—¿Por qué debería dejar que te la lleves, Ofeleviewtc? Es una simple humana y además ahora me pertenece.

—Mi destino está unido al de Euri. A cambio prometo serviros fielmente desde la tierra el tiempo que me quede de vida humana.

—Eres la más poderosa de las hijas de tu padre, pensé que serías más lista.

Él comenzó a negar con la cabeza y Ofel enmudeció pero entonces se percató de que tenía su guitarra favorita colgada en la espalda. Debía haber bajado con ella sin darse cuenta. Recordó aquella canción tan triste que Euri había compuesto para ella, la que dijo que nunca cantaría. Su voz y su instrumento resonaron en las rocas con una acústica que ya le gustaría a muchos estudios de grabación. La melodía era tan desgarradora que haría llorar al mismo demonio. Los servidores de la muerte se fueron acercando y arremolinándose alrededor del trono para escuchar.

—Está bien, está bien. Euri aún no ha comido nada aquí abajo así que marchaos, pero que sea la primera y última vez. Ya conoces las normas, no podéis veros en esta oscuridad ni probar agua ni alimento hasta volver al mundo de los vivos.

—¡Gracias! No sabes cuánto te lo agradezco—le dijo haciendo una reverencia.

—Marchaos de una vez.

Cuando consiguió su deseo, pensó que todo sería fácil. Lo había logrado, la había recuperado. Solo debía salir del inframundo sin mirar atrás. El dios le había asegurado que su esposa caminaría tras ella, pero que no debían verse hasta que estuviesen por completo bajo la luz del sol otra vez. Comenzó a deshacer el camino hacia la superficie por una trocha pedregosa, tropezando más de una vez. Y tras la euforia inicial vinieron las dudas.

Pasaron cerca de un grupo de demonios. La increparon, pero no dijeron nada de Euri. Entonces sus miedos se acrecentaron aún más. ¿Y si la divinidad oscura la había engañado?

—¡Rubia! Cañija…¡Eh! Espera.

Echó a correr sin mirar atrás, adentrándose cada vez más en las sombras. Pronto estuvo rodeada de árboles. El bosque brillaba; las plantas no tenían hojas, sino pequeñas llamas azuladas. Pensó en cómo podrían salir de allí lo antes posible, la vegetación era frondosa, parecía un laberinto de fuego y no veía el final. Pero lo peor era su propia mente. Estuvo dando vueltas varias horas sin hallar la salida. De repente, vio un fénix y decidió seguirlo. El ave la guió junto a un río, en cuya orilla había una mujer.

—La muerte es tu destino, Ofeleviewtc . Solo podrás estar con ella si renuncias a vivir.

Ofel se tapó los oídos y siguió caminando lo más rápido que le daban las piernas.

Llegó a una carretera larga, recta y muy similar a la autopista donde la había perdido. Los coches se apilaban destrozados. Tuvo que trepar por ellos en numerosas ocasiones para poder continuar. Estaba agotada y una voz insidiosa le susurraba sin cesar que lo que estaba haciendo era inútil, que no volvería a ver la luz del sol.

¿Realmente la seguía Euri? Sintió de nuevo la tentación de echar un vistazo atrás, cada vez era más difícil resistir.

Aún más sudorosa y cansada siguió su senda. No recordaba que fuese tan larga al descender y temió haberse perdido. Al pasar sobre el puente de un río de lava se dejó caer al suelo, agotada. Respiró unos minutos. Frente a ella apareció un pequeño ser monstruoso con una botella de agua en las manos. Ofel lo miró con los ojos enrojecidos, estaba sedienta. Pero entonces rememoró cómo se despedía Euri de ella cada vez que hablaban por teléfono.

«Estoy contigo».

No podía fallarle. Se levantó apoyándose en un saliente de roca y continuó. Al poco rato, vislumbró un túnel y supo que era la salida. Tras recorrer unos cientos de metros y torcer una curva, había luz al final. Entonces sus temores fueron aún mayores. ¿Y si no había servido de nada? Sacudió la cabeza y continuó. No podía rendirse, no encontrándose tan cerca. Creía en ella, confiaba en ella, siempre lo había hecho.
El amanecer rojizo le inundó los ojos y el aire puro y frío de la mañana la reconfortó. Una mano se apoyó en su hombro. Euri estaba con ella, viva e intacta. Y todas sus dudas se disiparon.

La mujer despertó en un incómodo sillón de hospital, un pitido de la máquina a la que Ofel estaba conectada la sobresaltó. Contempló el monitor con inquietud. Llevaba muchos días junto a esa cama, con miedo a que no despertase. Con miedo de que despertase y ella no estuviese allí, a su lado. Caminaré siempre contigo, le había dicho el día que se casaron. Al coger su mano, Ofel la apretó y entreabrió los ojos.

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