TREINTA AÑOS DE CASADOS – Mª Paz Osorio Lozano

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Treinta años de casados y hasta hoy no me he atrevido a hacer esto. ¿En qué estaría yo pensando? Así, dormidito te quiero ver. Si me acuerdo de la noche de nuestra boda y me da escalofríos. Yo en camisón, tapada hasta las cejas, temiendo lo que me esperaba y apareciste del baño en calzoncillos, silbando como si fueras de paseo por la Alameda.

Me oyes, lo noto, no puedes ni con el peso de las pestañas pero me estás escuchando. Recuerdo que te dije que estaba cansada, si lo podíamos dejar para el día siguiente. En vez de conquistarme pusiste el grito en el cielo, habías esperado tres años de novios sin poder ponerme una mano encima y con las bendiciones ya tenías derecho. ¡Quédate quietecito, que por más que te muevas hoy no me pillas!

Mi madre de este tema no hablaba, pero la Merceditas que era muy espabilada me dijo que si me relajaba no me dolería, y en las siguientes ya me vendría el gusto. De modo que le hice caso, me tranquilicé para que te despacharas a tu manera. Ni por esas. Fue como si me estuvieras partiendo por la mitad. Tu delicadeza no apareció ni a saludarme. Y sigues intentando alargar las manos. ¡Si con lo que te has tomado no despiertas en dos días!

Ni una sola noche en estos treinta años te han faltado las ganas de tirarte encima de mí. Bueno sí, cuando murió tu madre que en gloria esté y la semana que estuve con los puntos por el parto del niño. Pero después, ni uno. ¡Treinta años! Y si desmenuzo los trescientos sesenta y cinco polvos de cada uno de ellos, no encuentro ni rastro de que me haya llegado el gozo con tus achuchones. Ahora que…, aunque no te lo creas, hallé la manera de satisfacerme. Yo no podía estar escuchando conversaciones de unas y otras sobre cosquillas, roces, repelús ahí abajo y suavecito aquí arriba, quedándome a dos velas. Apenas andaba nuestro hijo cuando se lo pregunté a Merceditas, pues ya sabíamos de su experiencia en estas lides. ¡Con lo que a mí me gusta leer y nunca me dio por coger un libro sobre el asunto! Ella me explico dónde y cómo tenía que abanicarme para notar los mismos placeres que las demás. Se te aceleran los ojos, se nota como se mueven bajo los párpados, te inquieta lo que escuchas ¿verdad? Di con el intríngulis enseguida. En la primera ocasión que me quedé sola seguí al pié de la letra las indicaciones de Merceditas. Del orgasmo que tuve se me nubló la vista. Como te digo: En unos meses manejaba al dedillo ritmos y pausas para alargar mis momentos de goces.

Lo más gracioso es oírte hablar de mujeres con tus amiguetes. Lo macho que eres y lo bien que sabes darnos lo que nos gusta. No sé con cuántas más lo haces ni sus opiniones, pero te puedo asegurar que, cuando estás conmigo, solo me haces pensar en el menú del día siguiente.

¡Ah, sí!, ha sido Merceditas la que me ha dado las gotas para dejarte dormido antes de meterme en la cama. He sentido miedo por si se me iba la mano y te ocurría lo peor, de modo que he puesto unas cuantas menos en el vino de la cena, de ahí tu inquietud. De todos modos, como veo que te enteras de algo, voy a informarte de que tengo hecha la maleta. Mañana temprano seguirás soñado. Me voy con Merceditas. Nos marchamos de esta ciudad retrograda que me ha tenido amarrada a ti tanto tiempo. Hemos descubierto que juntas somos capaces de arrancar más delicias a nuestros cuerpos. ¡Ya, ya!, sé perfectamente que tenemos cumplidos los cincuenta, pero como bien sabes los refranes son sabios y… nunca es tarde si la dicha es buena.

Un comentario

  1. elena dice:

    Muy buen monólogo Mari Paz..

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